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  Bienvenidos a su trampa

  "Si tenemos suerte, los Enríquez-Ominami, los Arrate, los Zaldívar, los Navarro y todos los disidentes, acaban de encontrar una llave mágica para que finalmente los partidos los tomen en cuenta y escuchen sus propuestas. Conquistar a parte de esos casi cuatro millones de votantes y llevarlos a las urnas. Llevarlos, no empujarlos como hasta ahora se ha hecho en Chile"....

Domingo 1 de febrero de 2009

En qué estaría pensando la clase política chilena cuando decidió aprobar la iniciativa de inscripción automática y voto voluntario?

Sólo ellos pueden saberlo. Pero después de ver cómo los senadores se repartieron los recursos que dejaron sus colegas designados cuando se terminó con esa detestable institución, o de leer cómo se subieron la asignación para la bencina, o de verlos grabando un spot para el Canal de Fútbol a la hora de las sesiones, poca confianza tengo en la famosa y remanida "vocación de servicio público".

Basándome sólo en mi maliciosa forma de ver el mundo y apoyándome en la experiencia, sospecho que lo que hay detrás de esta iniciativa es el pánico y la desesperación.

Porque hasta ahora, los dos grandes bloques políticos de este país se habían enfrentado en un escenario más o menos conocido. Dos bandos de votantes, identificados con la izquierda y la derecha, fieles a su militancia, pertenencia o simpatía.

O mejor, fieles a sus antipatías ya que la consigna es no votar por el otro, aunque no parezca tan malo. En el medio, un pequeño grupo de indecisos que, pese a los esfuerzos de ambos conglomerados, no han demostrado ser suficientes para dar vuelta una elección.

Pero ahora las cosas han cambiado. Por primera vez desde 1989, la Concertación ve amenazada su hegemonía y la Alianza puede oler el triunfo.

Lo malo es que ninguno de los dos puede asegurar nada si se mantiene el actual padrón electoral. ¿Por qué? Bueno, básicamente porque ese padrón no ha cambiado significativamente desde que votamos por el Sí o el No.

De los 12 millones de chilenos en edad de votar, sólo poco más de 8 millones se ha inscrito. De los cuatro millones restantes -un tercio de los potenciales votantes- el 80 por ciento son menores de 30 años.

Y para cortar el nudo gordiano y romper el empate y la incertidumbre, nada mejor que convocar a esa enorme masa de posibles partidarios. Y ahí está el error que los pierde.

Porque si esos jóvenes no se han inscrito en todos estos años, es simplemente porque la así llamada clase política no los convence. Porque están hartos -como muchos de los que sí estamos inscritos- de ver las mismas caras, las mismas discusiones, las mismas excusas, el mismo descaro y las mismas promesas cada vez que se acerca una elección.

Pero claro, todo este asunto esconde una trampa. No alcanza con que se dicte la ley sobre voto voluntario. Además hay que aprobar otra ley orgánica. Y eso podría tomar meses.

Pero aunque nuestros legisladores se den maña para darle largas al asunto y llegar a los próximos comicios en las mismas condiciones que la anterior, la suerte ya está echada.

La ley tendrá que ser aprobada algún día, si no lo hacen ahora, todos confirmaremos que lo único que hay detrás de las latas sesiones de nuestros representantes es la simple y pura maniobra para proteger sus intereses o los de sus partidos, que no es lo mismo pero es igual, tal y como una enorme cantidad de ellos lo han hecho hasta ahora.

Y si por el contrario, la aprueban, tendrán que salir al pizarrón en diciembre para ver cuántos de los que solíamos votar, asumimos de una buena vez que nada va a cambiar no importe quien llegue, y en lugar de mamarnos la canícula estival, nos quedemos en casa haciendo un buen asado.

Y -lo lamento, pero tengo que decirlo- ese es el mejor escenario posible. Porque el voto voluntario abre además una puerta a lo nuevo, a los aires de cambio, a la renovación, pero también al caudillismo y a las mareas de nuevos votantes, cansados de la inconsecuencia.

¿O no recuerdan cuánta gente se inscribió para votar por Obama? Y, en el otro extremo, ¿no recuerdan cómo arrasó Hugo Chávez en la elección contra los candidatos del Adeco y el Copei? Llevando miles de votantes que no ejercían su derecho a las urnas, así ganó.

Y me pueden decir con mucha razón que Chile no es Venezuela ni Estados Unidos. Pero no pueden negar la posibilidad de que algo pase.

Si tenemos suerte, los Enríquez-Ominami, los Arrate, los Zaldívar, los Navarro y todos los disidentes, acaban de encontrar una llave mágica para que finalmente los partidos los tomen en cuenta y escuchen sus propuestas.

Conquistar a parte de esos casi cuatro millones de votantes y llevarlos a las urnas. Llevarlos, no empujarlos como hasta ahora se ha hecho en Chile.

Si la mano viene mala, alguno de ellos o cualquier otro, podría convertirse en un caudillo emergente que desordenara todo el naipe y terminara con el orden que tanto tiempo y sufrimiento le costó restaurar a este país. Y en ese caso, los que ahora tienen la batuta tendrán la culpa.

Pero eso no parece importarles. Hace treinta y tantos años lo hicieron. Algunos de aquellos y muchos de sus sucesores están hoy en el Parlamento, y todavía se culpan mutuamente, mientras nuestra frustración crece a la par de su autocomplacencia.

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