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  La conciencia tecnocrática como ideología

  Mil 300 millones de pobres tienen que sobrevivir con ingresos inferiores a un dólar diario. La diferencia de ingresos entre países era de 3 a 1 en 1820. La brecha aumentó a 11 en 1913 y a 72 en 1992.

Jueves 12 de febrero de 2009

Un reputado economista chileno que participó en las discusiones del Foro Económico Mundial (FEM), celebrado hace dos semanas, dijo a CNN en Español que la crisis no se puede atribuir a fallas en la economía de libre mercado, sino que a las deficiencias regulatorias.

Éste es un juicio compartido por muchos economistas, analistas, columnistas y hombres de negocios. Los jefes de Estado presentes en el FSM expresaron lo que ya habíamos escuchado tantas veces: que las regulaciones estatales eran necesarias, en especial en tiempos de crisis.

Esto no es lo mismo que afirmar que nuestra tarea fundamental es imaginar las medidas que nos ayudarían a cambiar el sistema, como lo sostuvo el líder del Movimiento sin Tierras de Brasil en el Foro Social Mundial (FSM) realizada en esos mismos días.

Si los economistas del FEM y los jefes de Estado -en apariencia con muy distintas inclinaciones políticas- no asumen esa tarea es porque, de acuerdo con sus valores, el sistema capitalista no es una materia debatible.

Esto confirma lo que había dicho en mi columna anterior: los "economistas puros" no están libres de los juicios de valor.

Las críticas de los "detractores" de la economía-mundo capitalista que tenemos la osadía de buscar el origen de la crisis en la lógica de un sistema que ya ha existido cinco siglos, no seríamos serios, porque nos aprovecharíamos de ella para dar rienda suelta a nuestros "prejuicios".

Para los economistas puros abandonar los supuestos de rentabilidad y riesgo que sostienen el sistema entraña desconocer las cualidades benefactoras del mercado libre para generar riqueza y bienestar universal.

Alegan que el progreso de los indicadores económicos y sociales, observado en algunos países de ingresos medios y bajos debe atribuirse a la aplicación de algunas reformas pro liberalización económica.

Éste es el caso de China e India, en los que se concentra la mitad de la población mundial. El Center for Economic and Policy Research sostiene que asociar de manera mecánica liberalización económica con progreso es un error.

Cuando se comparan los últimos 25 años (1980-2005) con las décadas anteriores (1960-1980) se comprueba una dramática disminución en la tasa de progreso de los indicadores económicos y sociales para la vasta mayoría de los otros 90 países en que esas reformas fueron aplicadas.

Además, China e India no liberalizaron sus economías de una manera ortodoxa. Cifras de la ONU también demuestran cuán alejados estamos del bienestar universal prometido por el sistema.

Las 225 personas más ricas del mundo concentran una riqueza comparable a la que poseen 2 mil 500 millones, esto es 47% de la población mundial. Mil 300 millones de pobres tienen que sobrevivir con ingresos inferiores a un dólar diario. La diferencia de ingresos entre países era de 3 a 1 en 1820. La brecha aumentó a 11 en 1913 y a 72 en 1992.

¿Puede esperarse una reducción en la desigualdad y pobreza si nos limitamos a la elección de cuánto Estado y cuánto mercado es la mejor combinación para que el sistema capitalista cumpla sus promesas?

No. A menos que asumamos la crítica a la razón de su existencia, esto es, el proceso incesante de acumulación de capital desacoplado de una concepción del orden normativo deseable para todos.

Éste es el primer paso para lograr un entendimiento democrático consistente en subordinar la economía al servicio de las necesidades de toda la humanidad.

Esto significa, como ha dicho Habermas, un radical rechazo a la "conciencia tecnocrática", la cual se ha convertido en el capitalismo tardío en la fuente de legitimación ideológica a la que el sistema económico y político debe apelar para ocultar sus contradicciones. La conciencia tecnocrática ha perpetrado un acto de violación de la conciencia moral.

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