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  Illahuapi, casi una isla

  Illahuapi, casi una isla

  En el extremo oriental del Ranco irrumpe entre sus aguas una península que casi parece isla, don que le valió su nombre en mapudungún. Sin el glamour de Lican Ray, Villarrica o Pucón sin embargo ofrecen un turismo étnico para degustar un sorbo de la cultura huilliche.

Jueves 19 de febrero de 2009

La micro demora casi dos horas desde el pueblo de Lago Ranco, colindante a orillas del lago homónimo, para internarse entre grandes acantilados de la enorme cuenca lacustre: mucho monte con verdes bosques y un constante sube y baja.

La belleza natural de esta enorme comuna de la Región de los Ríos asombra aun así a los pasajeros del microbús y parecen no inmutarse ante la excitación viajera del visitante que pasa pegado a la ventana con la cámara en la mano. Sus rostros morenos, curtidos y sonrientes se conocen desde hace tiempo y entablan conversaciones y risas cómplices.

El vehículo se enfila durante dos horas a la sección más oriental de la comuna sureña hasta llegar a Illahuapi, uno de los sectores con más identidad patrimonial de todo el lago Ranco.

Un mundo diametralmente distinto aparece desde que se desciende del bus. La tranquilidad del campo es ineludible. El paisaje, lleno de ondulaciones, pequeñas zonas boscosas y panorámicas sobre el lago, sobrecoge e invita a perderse por los pequeños senderos de tierra que rodean la península de Illahuapi.

Su nombre significa "casi isla" en mapudungún y lo es prácticamente. Este aislamiento y poderío escénico es lo que ha provocado que personajes conocidos, como el arquitecto Borja Huidobro, se hayan convertido en los flamantes vecinos de unas 150 familias mapuche-huilliches que desde siempre viven en la zona y que desde hace un par de años decidieron abrir su comunidad a los visitantes de verano.

El turismo étnico, como se ha bautizado dicha modalidad, va mucho más allá de un mero concepto. Se convierte en una experiencia de conocimiento mutuo entre los anfitriones y los turistas.

Telares y comida

La riqueza de Illahuapi va más allá de la naturaleza que la rodea; el verdadero tesoro es su gente. Orgullosos de la herencia cultural que detentan y conscientes de que son los garantes de mantener el legado de su raza, la comunidad se ha organizado y logrado concretar una serie de actividades de las que los viajeros son los más beneficiados.

El Lepún, por ejemplo, es una de las ceremonias más atractivas. Se trata de una trilla que se realiza soltando yeguas en una medialuna, mientras la casi isla se vuelve una fiesta en pleno mes de febrero. La recuperación de las antiguas tradiciones ancestrales, como es la molienda de trigo, han provocado que este enclave se sitúe como uno de los lugares más potentes para empaparse de la identidad de este pueblo originario.

Igualmente es posible visitar alguno de los talleres artesanales abiertos siempre al visitante.

En ellos se aprende del telar mapuche, del cual las mujeres locales son maestras. Técnica aprendida de generación en generación, utilizan lana de oveja que es teñida con tintes vegetales, proceso completo que se efectúa a mano y en que el contacto y conocimiento de la tierra son fundamentales. Así lo destaca Paulina Chiscao mientras hace en el telar un chal multicolor. Hay de todo: guantes, gorros, bufandas y mantas. También se pueden observar a las artesanas en cestería que trabajan la planta del coirón, característica por sus hojas duras y punzantes.

Significativo valor agregado es sentarse en la mesa de la cocinería de la comunidad. Es acá donde aparte de las comidas tradicionales, los anfitriones entregan una cantidad de historias locales que se enlazan entre seriedad y risotadas.

El menú es variado desde un trabajado asado al palo, sopaipillas y catutos con abundante pebre, cazuelas de pollo y para tomar el afamado muday, hecho de fermento del trigo. Aparte lo deleitan con un jugo compuesto de salvia, romero, menta y miel. ¿Postre? "bolas de indio", que no es ni más ni menos que unas pelotas de chancaca en leche.

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