
Domingo 22 de febrero de 2009
Por un azar del destino, me tocó estar en San Francisco el año 1977, cuando tenía 27 años. Viví de cerca lo que sucedía en la comunidad de Castro (barrio emblemático de la cultura gay) en donde se desarrolló la historia política de Harvey Milk, pero, lamentablemente, debo señalar que Milk, "no me reclutó". Es más. Nunca oí hablar de Harvey Milk, cuando aquel activista de los derechos de los homosexuales ya iba hacia el poder político y a su inmediato asesinato al año siguiente. San Francisco, por entonces, bullía a sexo libre, no sólo por parte de los gay sino también a través del movimiento hippie, y para un hombre joven proveniente del oscuro Chile, no parecía posible que aquella forma de vida pudiera convertirse en real lucha, un paso más en el escenario de los derechos humanos. Hay algo que no se ha dicho respecto a la importancia histórica de "Milk": dos años después, un poco más al sur de San Francisco, en Los Angeles, el doctor Michael Gottlieb atendería el primer caso de un enfermo con la pérdida de sus defensas inmunitarias. Es por eso que "Milk", pese al tono épico, heroico, de su historia, puede resultar, al mismo tiempo, desalentadora. Cuántos de esos miles de jóvenes a los que Milk sí reclutó, a quienes les pedía contar su verdad, no fueron cayendo uno tras otro en la década del 80, víctimas de la pandemia del siglo. Treinta años después, el último de los prejuicios aceptados, la homofobia, sigue actuando ya no con la fuerza pacotillera de una Anita Bryant, sino con la voz más autorizada y aterradora de un Benedicto XVI.
Jorge Marchant Lazcano, autor de "Sangre como la mía".