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  Momento Kodak

  Momento Kodak

  En Hollywood, quien se gana un Oscar puede morir tranquilo. O por lo menos eso es lo que nos quieren hacer creer. David Fincher, Danny Boyle, Gus Van Sant, entre otros, postulan al calvo dorado en dirección. Para llegar ahí tuvieron que cambiar de registro, dejar la experimentación y entregarse al sistema.

Domingo 22 de febrero de 2009

Hace varios meses que los organizadores de los premios Oscar vienen prometiendo que esta entrega será diferente a las anteriores. Toda una estrategia -comercial y publicitaria para cautivar el interés de una audiencia que no sólo no ve la emisión televisiva, tampoco fue al cine durante el año para ver a los favoritos de la academia.

Algunos le echarán la culpa a la crisis, otros a las débiles propuestas, pero la academia, es decir más de 6 mil personas ligadas a la industria, ve y premia con un criterio de sillón: aquello que está en las salas comerciales o que las mismas distribuidoras les envían a modo de cortesía. No es de extrañar entonces que la selección final sea una muestra del statu quo de lo que se proyecta en Estados Unidos.

Es cierto, los Oscar no son un festival de cine, no tiene espíritu por los descubrimientos, los hallazgos, lo experimental o la innovación. Ganar una estatuilla es ganar por consenso. De hecho, si pusiéramos juntos a todos los directores que este año están nominados a alguna de las categorías importantes, la foto que obtendríamos nos daría luces sobre una coincidencia importante, allí estarían sonriendo aquellos que se entregaron a las clásicas definiciones de lo que es "oscarizable": sendos dramas, reconocimientos póstumos, transformaciones físicas y una que otra cinta que tenga como tema la diversidad sexual o la tolerancia social.

Pero si mirásemos detrás de la foto, veríamos como estos personajes que hoy caminan por el teatro Kodak con el discurso en el bolsillo y que nunca imaginaron caminar por la alfombra roja más institucional de todas, tuvieron que cambiar de registro, entregarse al sistema y fabricar sueños a la medida de las necesidades para estar ahí.

CÓSMETICA BARATA

La mayoría de los nominados a mejor director, hicieron nombre en la década de los 90 con una filmografía alejada de los cánones de la industria. David Fincher, por ejemplo, hizo reputación por ser oscuro y políticamente incorrecto en cintas como "Alien 3" o "El club de la pelea". Incluso luego de haber dirigido "Los siete pecados capitales" y recibir una serie de cartas donde se le recriminaba la excesiva violencia, dijo "No quiero los fans que pueda tener Tom Hanks" y hoy, curiosamente, está nominado a mejor director por "El extraño caso de Benjamín Button", sobre un hombre que nace viejo y que ha sido comparada estilísticamente con la cándida "Forrest Gump". O Danny Boyle, quien mostrara en "Exterminio" la paranoia social por la idea del contagio, haciendo una cruda crítica sobre la violencia social, llega a los Premios Oscar con "Slumdog Millonaire" una película ingenua y hasta cursi sobre la esperanza que pueden tener incluso aquellos, que se mueren de hambre en los barrios pobres de Bombay, porque cualquiera puede ganar un concurso como ¿Quién quiere ser millonario?

El caso de Gus Van Sant también dice mucho sobre donde está el interés de los Oscar. Las independientes "Paranoid Park" o "Elephant", recibieron en el Festival de Cannes del 2007 y 2003 prácticamente todos los premios importantes, pero ninguna nominación a los Oscar de esos años. Pero es con "Milk", sobre el primer político en reconocer abiertamente su homosexualidad en Estados Unidos es que Van Sant se encumbra como un director reconocido, siendo que es su cinta más tradicional y tibia. Cosa parecida sucedió también con el todavía más experimental Darren Aronofsky (quien no está en la categoría) que pasa de las cerebrales maquinaciones de "Pi", a los viajes lisérgicos de "Réquiem por un sueño" a un drama humanista como el de "El luchador", que le valió a Mickey Rourke la nominación de mejor actor.

Coincidencia o estrategia, tan sólo en la superficie estos premios parecen mostrar cierta renovación. El signo de buena salud de ver por primera vez a directores con filmografía más osada, no representa que haya primado este criterio en la selección. Las cintas por las que aparecen sentados en primera fila son, no sólo convencionales y fabricadas milimétricamente para triunfar de forma industrial, son también las menos representativas de su carrera y las más alejadas de su registro. El recambio es nominal, no formal, porque si bien no estarán nerviosos aquellos de siempre Scorsese, Stone, Allen, Eastwood, Spielberg, Cameron- estos "nuevos" directores podrán sudar la gota gorda sobre qué filmarán próximamente, pues un Oscar puede ser un premio, pero es también una especie de cárcel que determina sobre todo en tiempos de bajas audiencias hacia donde encumbrar la dirección. LCD

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