
Domingo 22 de febrero de 2009
Las películas de época, especialmente aquellas estilo Jane Austen, son siempre iguales: su gracia está en la puesta en escena, el decorado, los vestidos y los castillos. A eso hay que sumarle un par de diálogos sobre las restrictivas costumbres y alguna pasión prohibida, pero en lo formal, ninguna novedad. Entonces ¿Por qué hacer nuevamente una película sobre la realeza del siglo XVIII? Saul Dibb encontró la respuesta en uno de los pasatiempos más adorados de su Inglaterra natal, el gusto por la genealogía y el chisme real.
Dibb promociona a "La Duquesa" como el film que revela la valiente vida de la tátara tátara tía de Diana de Gales y hay que reconocer que resulta interesante ver las coincidencias entre familiares separados por un siglo y la sutileza con la que su director es capaz de trasladar la opresión del siglo XVIII para que sea perfectamente comprensible hoy.
La historia es verídica, Georgina Spencer, la protagonista de la cinta, fue pariente de Lady Di y para su época, una mujer con agallas y discurso político. Pero "La Duquesa" es también una película que tiene elementos más que suficientes para entrar en la categoría de aceptable y hasta entretenida.
En la cinta, Lady G (Keira Knightley), se casa a los 17 años con el duque de Devonshire (Ralph Fiennes), un hombre mayor y misógino que sólo veía a las mujeres como un recipiente para cargar hijos, ojalá hombres. Como la mujer no le da herederos al trono, comienza a tener amoríos en frente de sus narices. Invita a vivir a su amante al hogar y no hace intentos por desmentir el hecho que es el único hombre de Inglaterra que no adora a su esposa. Ella mientras, se interesa en asuntos políticos, debate con pasión sobre la libertad y ve su poder como una herramienta para posicionar ideas progresistas en el conservador Londres, hasta que se enamora del general Charles Gray, mantiene un secreto romance, queda embarazada, su marido le quita a la hija y tiene que vivir fingiendo que es la amable esposa del duque.
En apariencias es igual a las cintas del género. Pero es a la vez más crítica sobre las apariencias, el deber y la virtud de los personajes reales. No tanto por lo que dice, pues prácticamente no hay discusiones pontificadoras sobre el tema, si no por lo que no dicen. Los personajes se la pasan mordiéndose la lengua y apretando los dientes. Lejos de todo barroquismo, Dibb construye su cinta de manera calma y elegante. Los dramas son privados y silenciosos. La decisión de mostrar las pasiones como ausencia, dota a "La Duquesa" de un extraño aire de asfixia, que es perfecto para comprender los dobleces morales. Hasta los romances prohibidos se sienten mutilados de antemano, fríos y calculados.
La carencia emotiva y la pulcra dirección podrían parecer errores de alguien que no comprende la naturaleza de un film de época, siempre lleno de llantos acongojados y giros rococó, pero termina por envolver en ese ambiente silencioso, aceptado y estoico. Nadie se siente totalmente malo, ni perfectamente bueno, Dibb no juega con el facilismo de las categorías morales. Es una cinta que revela una foto en la que todo pasa bajo la superficie, a punto de emerger, y eso es un logro.