
Domingo 22 de febrero de 2009
Si hoy logro concluir que si los neutritos derivan su balance incorpóreo al estado de las partículas adyacentes de los corpúsculos de Gotri, seguramente podría irme a mi casa y dejar de caminar por estos pasillos sin retomar el conteo de los patrones que se repiten en las lozas de estas habitaciones, de los diferentes pisos, de las manchas y las sombras desde donde aparecen caras blancas que alguna vez fueron personas. Al fin desaparecerían estos papeles cruzando mi pecho y mi estómago frente a mi delantal blanco, y el último número de la revista con los papers actualizados y donde, hace ya más de cinco años, publicaron un artículo mío, el primero de una larga serie de investigaciones que no llevaban sino a separar, cada vez más, mi lenguaje del común de la gente. Como ése, frente a mí, que camina diluido en los mismos patrones que las manchas en las lozas de este pasillo, que veo al mismo tiempo que mis pasos se confunden con los suyos. Emito entonces por costumbre un haz de vibraciones aéreas que salen como sonido y se introducen por sus huecos y solidez. Él mueve hacia mí sus contornos acuosos, significando. Su rojez nocturna confundiéndose con las ventanas que muestran, enfrente, otras ventanas oscuras y más sombras que se descomponen con las densidades de las paredes, penumbras que se mueven en el sentido contrario al mío, con el mismo paso vacío de sus cuerpos acuáticos, presos de las densidades que se esconden bajo un sinnúmero de hábitos hechos, como yo, de delantales blancos y papeles impresos.
Y si en vez de caminar por este lado del pasillo me encontrara tras alguna otra ventana, en otro piso o en otro edificio, emitiendo otro tipo de pasos, con otro tipo de zapatos, con unas piernas más cortas, tal vez peludas, corriendo en vez de caminar, con una escoba en vez de papeles, tal vez encontraría, enmarcado en las ventana, un mensaje junto a un vaho de cigarro y partículas venosas que, una vez fuera de los poros, se pegotearían al papel amarillo que se deshacería cuando se acercara al calor de mis manos, convirtiéndose en uno con las desordenadas letras en azul que replicarían que la creación del mundo no ocurrió de una vez y para siempre. Si tal vez ese nombre fuera conocido por mí y no así la suma grabada por descuido en ese mismo papel por la presión de un lápiz horas antes de que el azul realizara los trazos de la oración susodicha, se convertiría en algo importante para mi vejez. Y si así el uno, el siete, los variados tipos de once y ni siquiera el ciento ocho ausentes y que ahora ocuparían, sobre un papel amarillo con la tinta azul, algún espacio para mí extraño como un refrigerador en la casa vecina, no me llevaría de vuelta a mi hogar. Sólo entonces tal vez llegara a oír el sinsentido de aquel cero que se disolvería en la curva superior del ocho, y que me haría recordar, sin embargo, la tonada que habría escuchado cuando aún experimentaba la escucha y la sonrisa de algún pariente con quien habría, tal vez, intentado tener un hijo hace ya varias estaciones, justo antes de que también se diluyera en los sonidos primero y luego en manchas, hasta convertirse en un patrón ilegible que componían los puntos del vidrio de esta puerta y el bronce de esta manija pegoteada.
Abocada a mis neutritos, mientras el cuerpo azulado del pariente me pena y se corporaliza, mientras yo me vuelvo hielo con el contacto del botón, encuentro en este frío cierta esperanza que, una vez que ya estoy sentada, deforma mi cara con la superficie imperfecta del mármol del laboratorio. Y cuando su piel se convierta en la mía, una sucesión de yoes se despertarán, todos juntos y de una sola vez, en una cuna con pañales de un trapo rosado, húmedo, que súbitamente es un vestido con vuelos con el que poso junto a unos zapatos nuevos de los cuales me siento orgullosa y que trato de que aparezcan en la fotografía en el mismo plano con el que mis ojos los entornaban, para que todos vieran, como mis ojos, la hermosa tortura estética que había experimentado frente a la vitrina y ahora, en mi propia casa. Una niña que de pronto es cadáver sin más que trece años, cuyos pantaloncitos morados le empezaban a apretar en el tiro y hacían juego con el morado tono que había adquirido su piel.
Y luego, de cuarenta años, la mujer que era yo se reconoce, otro pelo, otros ojos, otros recuerdos, durmiendo al lado de un hombre sobre una cama, que se despierta tarde y que me abandona en el baño sintiendo una protuberancia pequeña en el estómago que al salir no cabía ya por el marco de la puerta de madera y me obliga a bajar las estrechas escaleras que huelen a la coliflor que había terminado de cocinar en un futuro próximo. Y frente a una tortilla y los platos sucios que aún no habían sido ocupados, no alcancé a meter mi cabeza en el horno, porque la guata, que se había apoderado de casi todo mi cuerpo, impregnándose en mi pecho, en mis manos, en las uñas de mis pies, en mi cuello y reventando mis ojos, rompe mi estómago, su prisión, y se convierte en todo un hombre de más de treinta años, que me pega unas pataditas para despertarme, mientras explica, con razón, que es necesario renovarse. Y cuando ese hombre mató un par de gallinas para alimentar a una comunidad, sacó peces vivos del agua y los hizo costra, gesto con el cual salvó al mundo y murió, yo recién tuve mi austera venganza. Y, así, mirando el tornasol de su cuerpo que se deshacía con las sábanas y el concreto de la intersección de la calle, escribo sobre un papel amarillo que no ocurrió de una vez y para siempre, sino cada día, mientras mi brazo se duerme de repente para convertirse en un músculo móvil cercano a mi estómago que sube la pared lagartijeando, gusaneando, escarabajeando, hacia arriba en un sinfín de caras añil. Me detengo cuando escucho un sonido ínfimo que me llama y que se parece al haz rojizo que se cruza, particular, desde el cielo hacia mí y hacia más abajo, arrastrándome con él hacia donde sólo brillan los pedazos duros y casi quietos que serpentean en torno a mí sonando a velocidad casi cero.
Sólo después de esa disolución puedo probar mi utilidad escribiendo algo que todo estudioso podría comprender según las tesis de Goldschmidt y Klein: "Aquellas elpasolitas en el factor de tolerancia de Grant menor a 0,879 presentan cambios de fase cuando llegan al valor de Arn. Las elpasolitas que se han estudiado en numerosas ocasiones, CsNaSmCl2:Gd3+, dependen del radio del ión tetravalente. Los resultados de los estudios realizados a 77,99 Kll/Umm, en la cual el espectro de Resonancia Paramagnética Electrónica (RPE) del ión que se ha incorporado como impureza elpasolita de samario, CxNeSkC 2:Gd3+, muestra al menos tres sitios diferentes. Su variación angular, regular y triangular, en el plano del ciento ocho, y al variar los parámetros de Graschiano de Espíndola, producen simetría cúbica de campo eléctrico positivo, que han reproducido los campos magnéticos de los espectros para cada uno de los ángulos de variación angular, regular y triangular. Con ello se puede concluir que, a pesar del cambio de fase que presenta la elpasolita de samariol, la simetría de campo eléctrico cristalino en torno del ión tetravalente de Frederick se mantiene cúbico o en su variación cuadrangular en torno al único número posible visto desde un mismo acontecimiento".
Pero, al terminar y sentirme satisfecha por primera vez en tanto tiempo, recién recuerdo que la ecuación nunca es simple. Que no tengo casa, ni hombre que duerma a mi lado, ni escoba que agarrar, ni trapo rosado que usar como pañal ni como vestido con vuelos, ni zapatos que alguna vez me hayan causado placer estético. Así es que comienzo, recursivamente, a encontrar los usos prácticos de estos resultados recorriendo los pasillos que empiezan a mostrar un poco de luz y mi cabeza cae, ya cansada, sobre el mármol, papeles y delantales blancos. //LND