
Domingo 22 de febrero de 2009
La Habana es bella hasta el mareo. Llegamos a ella tras varios años y está distinta. Tiene el rostro cambiado, hay cierto aire de cambio en la fachada de los edificios y quiere uno que no sea solamente fachada.
Venimos a la Feria del Libro y he tenido la suerte de una antología de tantos años escribiendo teatro que me ha demostrado la meticulosidad y el detallismo de su editor, algo tan cubano como ese manejo vertiginoso y agudo del lenguaje. Ernesto Fundora, el editor quisquilloso pero siempre con sentido del humor, tras un intercambio frenético de mails, corrigiendo cada coma, resulta ser un brillante muchacho de 25 años que ya ha editado justamente 25 libros. Su editorial me publica en su biblioteca de clásicos y siento el paso de los años. Nos hospedamos en el legendario Hotel Nacional, donde han pasado desde Jorge Negrete hasta Naomi Campbell. Somos un batallón de escritores para defender un pabellón instalado en la feria que se deja desplegar en el fuerte más grande que construyó la corona española en América. Hace un calor húmedo, exquisito después del frío de Madrid, y nos encuentra una fila enorme en la Feria. Hacen cola desde las 7 de la mañana para entrar a las 10 a recorrer el sitio del evento. Caminamos cerro arriba para poder cruzar a través de los muros coloniales hacia los bodegones donde se alojan las distintas representaciones. Chile por todas partes.
Llegamos al segundo día y ya hay libros casi agotados. En el camino del aeropuerto al hotel el taxista nos dice que la Feria había terminado el día antes. El error era obvio, la ceremonia de apertura la confundió con la clausura. Vagamente nos enteramos de los desaguisados diplomáticos que siempre provocan las declaraciones de Fidel Castro así como los comentarios de autores como Roberto Ampuero.
La fuerza de las paradojas de Cuba nos ciega a toda otra cosa, nos torna insulares, atrapados por una mirada que va y viene desde la cirugía vascular gratuita al sueldo mínimo con que sobrevive gente de la brillantez de nuestro editor. Nos invita a su casa en Santa Fe, al este de una ciudad que, vedado el crecimiento en altura, crece desmesuradamente en extensión. Nos ofrecen un banquete familiar. Han tirado la casa por la ventana. Su padre es médico pero se ha convertido en sacerdote yoruba. Las paradojas vuelan entre los chistes políticos que me recuerdan como criticábamos solapadamente en dictadura, entre la esperanza y el desaliento. Las carcajadas son varias, siempre mirando ese mar de La Habana que nos acompaña. Desde la Feria del Libro vemos el mar entre la multitud que se sumerge, literalmente, en pilas de libros. Magníficas antologías de cuento, teatro y poesía chilena son arrebatadas por el público. Para entrar a las librerías, los extranjeros tenemos que cambiar nuestro peso convertible, casi homologado al dólar, por el peso cubano. Las sorpresas son tremendas: hay libros que valen menos que un dólar. Y grandes. Y bellos. Están Bruno Schulz, Rubem Fonseca, Gonzalo Rojas, Eugenio Barba y nombres que se amontonan y catálogos que están agotados con tiradas de cada libro de cinco mil ejemplares. Paradojas y paradojas. Colas para comerse un helado en Coppelia, colas para entrar a Random House, la más larga de todas. Fiesta invencible, como el Festival del Cine de La Habana. Avidez de saber, de dejar de ser doblemente isla, pasaportes que se quiere funcionen como tales, sensación de futuro y proyectos para la generación más joven como nuestro editor, sensación de humor muy cubano en otras edades. La Habana bella, bellísima. Mi pasión por las letras cubanas intacta. No alcanzo a ir a ver la casa de Lezama Lima. Encuentro ediciones de nuevos autores. Arturo Arango, Leonardo Padura, el melancólico Abilio Estévez. Están Damaris Calderón, que presentará la antología de poetas chilenos, y mi amiga Vivian Martínez, que presenta la antología de teatro que hizo junto a María de la Luz Hurtado. Autores nuevos, jóvenes, nada de clásicos. Amigos de siempre, bella Habana. Reinaldo Montero presenta mi libro con un texto donde toda la sonoridad de la síncopa percusiva es frase y ritmo y puntuación y danza de las sílabas sólo posible en Cuba. Nos vamos tras el ron y el mojito y el daiquiri. Ni un solo día de playa. Nos interesa La Habana fuerte, olorosa y dolorosa, la que nos marcó toda la vida, la inolvidable, la de tanto libro y tanto sueño y tanta historia. La que provocará un día un estallido de narraciones y poemas y mientras tanto espera celebrando 50 años de la Revolución. Dieciocho ferias del libro. ¿Cuándo, Cuba, cuándo? Quiero volver, siempre, a cómo dé lugar. Ver cada portal, cada piedra, mirar ese mar, el fortín, la gente, la gente, la gente. //lnd
* Director de la carrera de Literatura de la Universidad Finis Terrae.