
Domingo 22 de febrero de 2009
"Nos vamos a tener que ir a cagar de hambre de nuevo a Puerto Montt". La frase, llena de hastío, desesperanza y rebeldía, sonó pesada en boca de un chaitenino que se negaba a abandonar su casa después que el volcán volvió a lanzar al cielo toneladas de ceniza. Era parte de los 81 habitantes de la que fuera una de las ciudades más hermosas de Chile, hoy reducida a un fantasma ceniciento, un pálido y ruinoso reflejo de lo que alguna vez fue. Ignoro si ese chaitenino abandonó el lugar o si es uno de los 23 adultos y tres niños que quedan, que pese a la erupción se resisten a dejar el lugar donde nacieron y crecieron.
Tampoco sé si esos resistentes han sido instrumentalizados, si tienen algún interés económico, político o si son simplemente unos cabezas de piedra que se niegan a entender razones. Porque si alguien ha probado tener razón es el Gobierno, que se ha negado terminantemente a refundar Chaitén en el mismo lugar donde estaba. Las 30 millones de toneladas de material piroclástico expulsadas el jueves, que bajaron hacia el valle con temperaturas de hasta 500 grados centígrados y velocidades de 200 kilómetros por hora, son el argumento más contundente para justificar la decisión oficial. Por si eso fuera poco, las grietas del domo son una opresiva amenaza que se cierne sobre una ciudad inerme y semimuerta. Si el domo colapsa completamente, el material incandescente recorrerá los 12 kilómetros que separan la cumbre del volcán de la ciudad en menos de diez minutos. Chaitén está muerto. Aunque todavía tenga cierta apariencia de vida.
Pero en esa nube de ceniza algunas cosas se han vuelto difusas. Los contornos se han borrado y las líneas que demarcan nuestras visiones se pierden o se vuelven sinuosas. Porque si un señor que ha vivido toda su vida a los pies del volcán insiste en que no se quiere ir, eso forma parte de sus derechos. Pero quedarse con sus hijos, ya no. A fin de cuentas el gobierno, presidente pro tempore del Estado, ese Leviatán creado para protegernos de nuestra propia anarquía, tiene el deber de velar por la seguridad de los ciudadanos. Y si esos ciudadanos son menores de edad, con mucha mayor razón. El imperativo corre por igual para el niño de Chaitén como para el torpe fundamentalista cristiano embobado por una sacerdotisa que se niega a enviar a sus niños a la escuela, o para la pareja de drogadictos que compran pasta base en lugar de leche para su hijo. Pero aunque no tenga derecho a no hacerlo, y no pueda evitar llegar hasta ahí, tampoco puede traspasar ese límite.
O no debería. El hecho es que en las palabras al menos ya lo hizo. Cuando el vocero dice que ese gobierno no puede permitir que chilenos se pongan en riesgo por su propia voluntad, está simplemente invadiendo un ámbito de decisión que no es suyo, que le está vedado por naturaleza. Porque el asunto ahí pasa a ser personal. Bajo esa razón trastocada y retorcida, los bomberos voluntarios estarían fuera del sistema. Y los periodistas no podríamos cubrir guerras ni desastres naturales, ya que ponemos nuestra en vida en riesgo voluntariamente. ¿Y quién es el gobierno para decidir cuando es legítimo y cuando no? ¿Es una cobertura noticiosa más importante que la raigambre, la pertenencia a un lugar en el cual has nacido y vivido siempre? Si usted ve mañana a un niño ahogándose en la playa, ¿pedirá permiso al Ministerio del Interior antes de tirarse al agua y arriesgar su vida voluntariamente para intentar salvarlo?
A la hora de los discursos todos dicen respetar las libertades personales. Este mismo Gobierno ha hecho de esa libertad personal en el terreno valórico una de sus banderas y la batalla por la distribución de la píldora del día después lo demuestra. Pero a la hora de los hechos, en medio de la nube piroclástica, termina imponiéndose la ética moralista de "yo sé mejor que tú lo que es bueno para ti".
Pues bien, puede que yo, que usted, o que el señor ministro no estemos de acuerdo con alguien que quiere quedarse a vivir a los pies de un volcán en erupción. Pero una vez hechas todas las advertencias, esgrimidas todas las razones, agotadas las súplicas; la decisión personal es irrebatible. Algo de eso me lo enseñó una octogenaria señora, que habitaba otra ciudad fantasma. Una ciudad donde los árboles, después de veinticinco años, horadaban las paredes de las casas, levantaban los cimientos y las calles con sus raíces, penetraban los techos de madera y los pisos de concreto. Ella había vuelto a la ciudad que la vio nacer y donde había enterrado a su esposo. Había arreglado la casa, desmalezado el jardín, podado los arbustos, plantado una huerta y criado sus animales de granja. Allí había elegido vivir y morir, aunque el solo nombre de la ciudad fuera sinónimo de muerte, de destrucción y de desolación. La señora se llamaba Yevgena, y la ciudad, Chernobyl. //LND