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  Lo que nos dijo el referéndum

  A decir verdad, lo único que Chávez ganó el pasado 15 de febrero fue una muestra más de la confianza de la mayoría de su pueblo y la posibilidad de continuar en su lucha en las mejores condiciones posibles. Un paso más en un largo camino para el que no existen recetas y donde nada está garantizado, algo que a la propia izquierda le cuesta a veces trabajo comprender.

Domingo 22 de febrero de 2009

A pesar de ajustarse a lo establecido por la Constitución de ese país, de haber transcurrido en completa normalidad y de que tanto los contendientes como los observadores internacionales reconocen la legalidad de sus resultados, si nos guiamos por la forma en que ha sido tratado por la mayor parte de la prensa internacional, pareciera que el referéndum venezolano del pasado 15 de febrero constituye un atentado contra la democracia.

Ya estamos acostumbrados a que ocurra de esta manera, porque las elecciones en Venezuela y en otros países de América Latina han dejado de ser un evento social que solo sirve para perpetuar el statu quo, no importa quien resulte ganador, y se han convertido en acontecimientos de vida o muerte para los procesos transformadores en curso, reflejando una realidad muy compleja que se llama "lucha de clases", aunque para algunos el término resulte obsoleto o de mal gusto.

Mirado de esta manera, los resultados del pasado referéndum confirman la tendencia predominante, no exenta de contratiempos o retrocesos, del avance histórico del movimiento que encabeza Hugo Chávez desde hace una década.

En esta contienda electoral el Sí obtuvo casi el 55% de los votos, aventajando un 10% a sus opositores. Lo que algunos medios de prensa denominaron una "victoria cerrada", en cualquier otra parte hubiera sido calificado de triunfo "por goleada": basta recordar que Obama apenas obtuvo un 6% de ventaja sobre su oponente republicano y tal resultado fue considerado casi un mandato concedido por el pueblo de Estados Unidos.

Respecto al referéndum de 2007, los votos chavistas aumentaron un 5,56 por ciento, lo que se relaciona con la disminución del margen de abstención, indicando que su potencial de votantes, cuando es efectiva su capacidad de movilización, es superior al de la derecha.

También demostró que los votos contra Chávez no son necesariamente a favor de sus opositores, según Henry Ramos, secretario general del Partido Acción Democrática, los principales partidos políticos opositores apenas alcanzaron un 15% de los llamados "votos lista", dígase vinculados a uno otro partido, y ninguno de ellos obtuvo más de un 6%, lo que indica la precariedad de esta opción, incluso entre los que difieren con el proceso.

La oposición plantea que tal resultado es consecuencia del manejo apabullante de los medios de información por parte del gobierno. Pero un estudio realizado por "El Observatorio de los Medios", a solicitud del Consejo Nacional Electoral, señala que la cobertura mediática claramente favorable al No alcanzó un 79%, mientras que el Sí apenas contó con un 21%. De cada cien artículos publicados en la prensa nacional, 77 fueron a favor del No, y la televisión hizo lo mismo en el 73% de los casos.

A pesar de sus tremendos recursos y el apoyo recibido por Estados Unidos, las amenazas de la revolución bolivariana no radican, por tanto, en una oposición que no tiene otro mensaje que la vuelta al pasado, sino en sus propias debilidades y en la fragilidad de las estructuras políticas que la sustentan.

Cuando Chávez habla de que las prioridades inmediatas de su gobierno están relacionadas con la seguridad pública, la lucha contra la corrupción, el mejoramiento de los programas sociales y la mejor articulación de la participación popular, sabe bien de lo que está hablando, porque en ello radica la consolidación de la revolución que pretende llevar a cabo.

Es cierto que son problemas endémicos de la sociedad venezolana, cuyos principales responsables son precisamente sus opositores. Pero ello no es consuelo, la revolución se hace para resolverlos y de ello depende su supervivencia.

No puede ser de otra manera, ya que hace diez años, ni Chávez era Chávez. Los que votaron por él entonces solo sabían lo que no querían, por lo que el proyecto del socialismo del siglo XXI ha tenido que construirse día a día, en la teoría y en la práctica, venciendo no solo a sus opositores, sino a la ignorancia, el recelo y el oportunismo dentro de sus propias filas.

A decir verdad, lo único que Chávez ganó el pasado 15 de febrero fue una muestra más de la confianza de la mayoría de su pueblo y la posibilidad de continuar en su lucha en las mejores condiciones posibles. Un paso más en un largo camino para el que no existen recetas y donde nada está garantizado, algo que a la propia izquierda le cuesta a veces trabajo comprender.

Si vuelve a ser electo en el 2012 será porque lo hizo bien y así lo reconocen los que algunos consideran "turbas", pero que gracias a la revolución bolivariana no sólo se han convertido en electores, sino en sujetos de su futuro. Quizá en esto consiste la verdadera democracia. //LND

* Doctor en Ciencias Históricas, profesor de la Universidad Arcis.

 

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