
Domingo 22 de febrero de 2009
El martes, con su mano izquierda, Barack Obama rubricó la ley que según él debería ser "el principio del fin de la crisis". El plan, por un monto de 787 mil millones de dólares y aprobado después de tensas negociaciones, intentará crear unos cuatro millones de puestos de trabajo en dos años. El 35% de esa suma está reservado a rebajas de impuestos, mientras el resto está destinado a nuevas inversiones en infraestructuras y ayuda social. Obama se ha empeñado en actuar rápido para sacar adelante este plan que, como era de suponer, ha recibido críticas por parte de los republicanos porque significa un gasto excesivo de los fondos públicos, mientras al otro lado se le reprocha exactamente lo contrario. Todos tienen derecho a emitir sus dudas y críticas, pero hay un sector que, al menos por unos meses, debería hacer prueba de pudor. En varias cadenas de televisión del mundo, analistas que ciertamente están vinculados a corredoras de inversiones y calificadoras de riesgo todavía tienen las patas para cuestionar y enjuiciar las iniciativas del nuevo Gobierno, así como los planes concebidos por otros gobernantes para atenuar la crisis. En este coro incluso escuchamos la queja de un "experto" en cuanto a que Timothy Geithner, el secretario del Tesoro, seguramente sabía mucho sobre economía política pero carecía del olfato necesario para entender la mecánica del juego financiero. Hay un ejército de embargados y millones de cesantes que están conociendo amargamente la fineza de estos especialistas que aún hoy se permiten torpedear las ideas que desde la política se barajan para mitigar el descalabro creado por ellos mismos. A estas alturas, la gigantesca tozudez de esta fauna sólo puede encontrar algún tipo de explicación en su enfermiza soberbia. En el libro "La arrogancia de la finanza", Henri Bourginat y Eric Brys sostienen que los miembros de esta casta trabajan en función de una borrachera técnica y una avidez desmesurada. Los profesionales de este mercado han hecho de "la finanza por la finanza", algo parecido, guardando las distancias, a "el arte por el arte". Tomando como aval seudoteorías científicas, los expertos en ingeniería financiera han pretendido tener los instrumentos para domar los riesgos, algo que no corresponde en absoluto a la realidad. La lectura de este texto permite intuir que son peligrosos porque están dopados y ensimismados en sus convicciones. Más que proponerle planes económicos habría que recetarles algún tratamiento para sus patologías. Este discurso dominante ha estado tan presente en los medios durante las últimas dos décadas que ha logrado instalarse como una verdad absoluta. Hace una semana en un programa radial español "Hora 25" tuvimos la oportunidad de escuchar una larga entrevista de la Presidenta de Argentina realizada en Madrid. La conductora, bastante contaminada con el discurso financiero, preguntó a Cristina Fernández si el Gobierno trasandino estaba en condiciones de garantizar las inversiones privadas. Sin exaltarse, la Mandataria simplemente respondió si no debía ser al revés. Es decir, debido al caos generado por el sistema financiero, sería más conveniente que ese sistema diera garantías a los gobiernos. La señora "K", remató exclamando que ya era tiempo de terminar con el ambiente de permanente sospecha que el mundo privado ha sabido crear, promover y sostener hacia los poderes públicos. Esta debería ser la tónica de las respuestas para ese universo de arrogantes. //LND