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  Que febrero sea eterno

  Quizás lo frustrante es que esta capital no es Buenos Aires y no hay nada que hacer el domingo en la madrugada. Pero los que nos quedamos en febrero, con calor, miramos las repeticiones de Conan O'Brien a la madrugada. Y todo es un tema.

Domingo 22 de febrero de 2009

Hay una sociedad secreta, que solo los santiaguinos conocemos, que se desenvuelve una vez por año, lejos de los tacos, escapando de Viña y su histeria estival. Este es un club de amigos que se apodera de los bares aprovechando que, a falta de petulantes, la atención se vuelve realmente personalizada vive en febrero. Esta ciudad es un regalo cuando sus habitantes se alejan a las playas a botar cáscaras de melón con vino y otras delicadezas por el estilo. La contaminación disminuye, caminar se vuelve hermoso y las plazas sirven para invitar a la novia de turno y jurar ese amor eterno que probablemente se acabará la próxima semana. Un misántropo como yo, además, aprovecha la temporada para trotar por lugares que en otras épocas evadiría, sólo por el miedo a que alguno de esos jubilados que se sientan a leer el diario me golpee por culpa de la estafa que han sufrido de manos de su AFP (cuestión que comprendo perfectamente: abuelitos, provoquen un desorden antes que nos pegue a nosotros). Incluso me tomo el tiempo de respirar hondo.

Subir el cerro San Cristóbal y lanzarse a la piscina Antilén puede transformarse en el resort más cercano a la oficina jamás construido. Visitar los museos siempre cerrados en nuestra mente por culpa de nuestra propia ignorancia, caminar por un mercado de neoartesanía indie con diseños de videojuegos en tela como la feria nómade que se instala cerca del Forestal, la belleza y el progresismo de José Miguel de la Barra, incluso el centro de noche, es una obra de arte, una Nueva York dormida.

Quizás lo frustrante es que esta capital no es Buenos Aires y no hay nada que hacer el domingo en la madrugada. Con un amigo terminamos jugando Xbox y mirando Supercool en DVD: tras horas buscando un antro para dialogar, lo único abierto era el Quickdrop del Blockbuster. Pero los que nos quedamos en febrero, con calor, miramos las repeticiones de Conan O'Brien a la madrugada. Y todo es un tema.

Al fin y al cabo, aunque deteste a mucha gente, amo esta ciudad. Toda mi infancia fui al sur de vacaciones y a pesar de lo divertido que era lanzarle maíz a los pollos a horas en que debieran haber estado durmiendo (una ociosidad grotesca que sólo la bondad de mis parientes puede perdonar), o correr de noche por caminos de tierra buscando algo en el universo, nada se compara a la urbanidad, al cemento, al avance del hombre que construye y modela su propio universo conduciendo el destino. Muchos hippies odiarán todo esto y en la página web evaluarán mi columna con un -2, pero creo que no entienden. No entienden el sentido humano de poder crear con sus propias manos asentamientos para poder vivir y seguir progresando. No significa, claro, rellenar de represas cada río posible, pero ese odio a la ciudad me molesta. Yo creo que todo tiene su espacio.

En febrero, ese espacio se manifiesta. Los malls se transforman en templos (sí, del consumo) solemnes, y hasta resulta divertido ir a probar tecnologías. Ir al cine a las 2 de la mañana. Con espacio, sin colas. Mientras en Viña todos, apretujados, pelean por ese glamour de medio pelo y tanta tontera junta. Viva la ciudad. Acá nos quedamos. //LND

 

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