
Domingo 22 de febrero de 2009
La primera vez que fui vi a un león fue hace más de treinta años, en el Zoológico Metropolitano. Recuerdo que vine a Santiago con mi madre a hacerme unos exámenes para el asma. En esa época, a finales de los setenta, la ciudad estaba más contaminada que ahora, por lo que la estadía me hizo bastante mal. Quizá por eso, o a la espera de los exámenes que se habían retrasado un día, mi madre nos llevó a mi hermano y a mí al zoológico, y yo, pelusón, agarré un palo y empecé a molestar al tigre a través de la reja hasta que ocurrió lo esperable: rugió.
Desde ese día les tuve miedo a los tigres, a tal nivel que ni siquiera podía ver los comerciales de Esso en que salía el maldito felino. Con los años, toda mi mala suerte se la atribuí a ellos. Si no me iba bien en una prueba en el colegio era porque había visto un tigre en alguna parte: en un videojuego, en una polera o en la tele. Hoy, en cambio, estoy grande, tengo cuarenta años y puedo enfrentarme a ellos. Y no sólo a ellos, sino también a los leones en un safari extremo y cayendo la noche. Por eso estoy aquí, en Parque Safari, a más de una hora de Santiago hacia el sur. Hoppe, eso sí, desistió de venir. Según él, sigue de vacaciones; según yo, es un miedoso.
La entrada a Parque Safari se parece mucho a "Parque Jurásico", de Steve Spielberg, aunque los carteles se parecen más a "Madagascar". Sin ir más lejos, unos pasos más allá hay una gigantografía de un león, que luce un collar como de hiphopero con las letras PS.
-¿Es socialista? -le pregunto a Maritza, nuestra guía en esta primera etapa del safari.
-No, pero se presta para confusiones, especialmente en época de elecciones.
Maritza nos enseña tortugas de agua, monitos, papiones, un puercoespín punk, avestruces y una osa que se frota desesperadamente contra la reja.
-Se llama Sonia, la recogimos de un circo y cuando se baña es todo un espectáculo -dice Maritza.
Cuando nos detenemos frente a la jaula de dos tigres, yo me echo hacia atrás, pero sin miedo, sino que con precaución.
-Uno de ellos está en recuperación. Cuando esté bien tenemos planeado organizar un safari de tigres.
-¿Nunca se les ha escapado un animal? -consulto al observar la fragilidad de las jaulas.
Maritza contesta que no, un "no" lleno de tranquilidad pero que a mí me inquieta, porque siempre hay una primera vez. Bueno, Maritza nos conduce al chofer, a la fotógrafa y a mí hasta donde está el propietario de Parque Safari, Iván "Bam Bam" Sánchez, quien está sentado a pocos metros del restaurante Deliciozoo.
El cazador furtivo
Más que el dueño de este parque de 22 hectáreas, Iván Sánchez parece un cazador furtivo. La camisa abierta deja al descubierto un colmillo de león que luce a modo de trofeo. Al escuchar la primera pregunta, se echa para atrás y, agarrando un puro imaginario, cuenta que un chico que trabaja con él le dijo: "Don Iván, ¿en qué estaba pensando cuando se le ocurrió soltar a los leones?". La imagen del cazador furtivo ríe espasmódicamente. Luego se calma y dice:-No, pero más en serio, yo siempre tuve el sueño de participar en un safari en África. Como no pude cumplir ese sueño, decidí hacer este safari acá, en plena Sexta Región. Y no me equivoqué, porque ha sido todo un éxito. No sólo cumplí mi sueño, sino que además estoy cumpliendo el sueño de muchos chilenos y extranjeros de vivir un safari.
Iván sigue y relata que, entre las personalidades que han venido, están un hijo o sobrino de Horst Paulmann y la madre de Cecilia Bolocco, junto a su nieto Máximo Menem.
-Pero sin duda la experiencia más fuerte fue con el señor Paulmann. Todo empezó cuando le comenté a mi hijo que sería bueno hacer un safari especial en mi camioneta Hummer. Pero mi hijo agarró vuelo y subió al tiro la información al sitio web. Al otro día me llamó este señor Paulmann y reservó un safari en mi Hummer, pero yo ya me había arrepentido.
Iván agrega que su Hummer vale entre treinta y cuarenta "palos", mientras que los jeeps en los que entran al recinto donde están los leones cuestan sólo uno.
-Cuando llegó el señor Paulmann le comuniqué que el safari especial se había cancelado porque la camioneta no tenía las protecciones, cosa que era una mentira. Pero el caballero insistió y al final me señaló a dos niños, uno de los cuales tenía síndrome de Down. Me enternecí y decidí ingresar. Pero al hacerlo, los leones desconocieron al vehículo y se lanzaron encima, mientras el niño intentaba sacar la mano para tocarlos.
-Me distraigo con lo del niño y por un segundo mi mente recuerda la tapa del último libro de Pablo Paredes: "Mi hijo Down".
-¿Sabe qué ha sido lo más anecdótico? -pregunta retóricamente Iván-. Una vez vino el programa "La ley de la selva" y me convencieron de que sería bueno soltar a un león que venía de un circo, que era bien simpático, hacía gracias y todo. Bueno, lo entramos y en un principio no pasó nada, incluso salimos en la tele. Pero al mes, el macho alfa de la manada lo mató. Y otro incidente, por decirlo así, fue cuando la policía nos avisó que una persona quería lanzarse a los leones. Pero eso es difícil, porque las puertas de los jeeps se cierran por fuera.
Iván nos invita un churrasco al restaurante del parque. Cuando comemos, nos comenta que cada león come entre tres y cuatro kilos de carne diarios, pero que hay un día en que no comen y otro en el que sólo le hacen al hueso.
-No me gustaría hacer el safari cuando no han comido nada -dice el chofer, y luego todos reímos nerviosamente.
En todo caso, la gente de los supermercados me coopera advierte Iván, y yo me pregunto cómo es eso de que le "cooperan" . Lo que pasa retoma él atento a mis gestos es que cuando la cadena de frío está a punto de romperse, me avisan para venderme la carne.
Entonces el chofer, la fotógrafa y yo quedamos mirando nuestros churrascos.
El safari
Luego de advertirnos que no debemos preocuparnos, porque los leones viven al interior de un cerco electrificado, Iván agrega que esa es la única manera de tenerlos, porque él y su familia viven inmediatamente al lado. De ahí nos lleva hasta donde se encuentran los jeeps Land Rover que se usan para los safaris. Se ven algo sucios, pero con las protecciones que hablaba Iván, cuestión que no me tranquiliza nada.Antes de subirnos a lo que será un safari extremo, vale decir en un jeep en el que sólo nos separará de los leones un techo enrejado, observo a una familia en otro safari del mismo tipo hay dos jeeps equipados así, los otros tres son normales pedirle a un chofer que les tome una fotografía. Parece ser que la consigna aquí es "los que van a morir te saludan", o eso pienso cuando junto a mis acompañantes entramos al jeep.
-Dios no quiera que les pase algo -pide Iván "Bam Bam" Sánchez.
-Súbete tú entonces -replico.
-¿Ah, como aval, decís? No, no, eso es otro precio.
-Pero no estamos pagando nada.
-Por eso.
Al acomodarnos, pienso que esta vez somos nosotros los enjaulados.
-¿Les dijeron las reglas?- pregunta un empleado del parque con simpatía- . Esto es un safari fotográfico. Nada de toquetear ni picotear a los leones.
El jeep comienza a andar. Juan Pablo es el chofer y el Pelado el copiloto. Ambos se ven muy relajados. Cuando estamos a punto de entrar al recinto de los leones, una especie de embarcadero terrestre con dos puertas y en el que caben dos vehículos, Juan Pablo dice:
-Chiquillos, ¿les advirtieron que a veces los leones se orinan y defecan sobre los jeeps?
La fotógrafa se espanta cuando cae un chorro sobre ella.
-Calma, es sólo agua -comenta el chofer, que pronto se transformará en protagonista de esta parte de la historia.
Cuando traspasamos esa especie de embarcadero, divisamos a dos leones, Cónsul y Cleo, los dos mayores, juguetear entre ellos. Se ven grandes. El Pelado nos dice que pesan más de doscientos kilos cada uno, y enseguida saca el brazo del jeep y tira dos pedazos de carne: uno sobre el capó y otro arriba de nosotros. Al lado va otro jeep. Ambos vehículos funcionan como equipo: se ponen uno al frente del otro para que la gente pueda fotografiar a los leones.
-El Cónsul fue el que mató al león de "La ley de la selva" -cuenta el Pelado- . Y el que está allá tendido es el más chico. Se llama Tambor.
Cónsul, el macho alfa, es el primero en abordar el jeep de al lado, y luego hace lo mismo con el nuestro. Al verlo subir por el capó me tiro hacia donde está la cabina, único lugar cubierto del jeep. Cónsul avanza hasta el techo y comienza a comer del pedazo de carne. El chofer, con valentía o torpeza, no sé bien, pone su dedo para ayudarle a comer el pedazo de carne que se ha ido cayendo entre el enrejado. El dedo del chofer, que de cuerpo entero bien podría ser alimento para una semana para estos felinos, hace contacto con la lengua del león.
-No deje tanto tiempo el dedo -advierte Juan Pablo-, porque con diez lamidas ya le puede sacar sangre. Esa lengua es como lija.
Mientras esto sucede, yo permanezco en mi cobijo, haciendo todo lo posible para que esto pase pronto. Al parecer nada ha cambiado desde mi visita al Zoológico Metropolitano hace más de treinta años. Aunque, pensándolo mejor, sí: ahora también le temo a los leones. Y no me importa que la fotógrafa, el chofer o los trabajadores del parque se rían de mí o crean que soy un cobarde.
-A propósito, ¿saben cómo se llama el periodista? -pregunta el chofer- . León.
-¿En serio? responden al unísono desde la cabina, cuando Cleo y Cónsul han descendido ya del vehículo.
-Sí susurro finalmente cual gatito, con la confianza de que por fin todo ha pasado. //LND