El Presidente de EEUU ha enviado al Congreso un primer presupuesto fuertemente reactivador en el corto plazo, pero que también se plantea financiar reformas sociales y energéticas en un horizonte de una década y disminuir el déficit. Éste prevé tanto un mayor gasto como una nueva carga fiscal de tipo redistributivo. Obama ha cifrado el déficit fiscal en 1,75 mil millones de dólares (más de diez veces el tamaño de la economía chilena), un 12,3% del PIB, es decir, el nivel más alto desde 1942. La perspectiva es reducir este déficit hasta 533 mil millones de dólares hacia 2013, equivalente a un 3% del PIB.
El Presidente propone rebajar impuestos para 95% de los trabajadores, retrotraer las tasas de impuestos a la renta de los más ricos a los niveles previos a los recortes de Bush, disminuir exenciones tributarias y usar esa recaudación proveniente del 2% de individuos de más altos ingresos para sus planes sociales. El Gobierno de Obama quiere incrementar los ingresos del Estado en unos 318 mil millones de dólares en los próximos diez años, con lo que se financiará más educación pública y la mitad del fondo de reserva de 634 mil millones de dólares con el que quiere transformar el sistema sanitario y avanzar a una cobertura universal de los seguros de salud (15% de los norteamericanos no tiene ningún seguro). Las nuevas cargas fiscales sobre las empresas y especialmente las más contaminantes permitirán, por su parte, financiar el desarrollo de energías renovables y reducir las emisiones de carbono.
Los recortes militares son severos. El sistema de defensa antimisiles será el primer afectado y el programa de modernización del Ejército sufrirá fuertes recortes. El Gobierno espera que el costo de las guerras en Afganistán e Irak ascienda para este año hasta los 140 mil millones de dólares, frente a los 190 mil de 2007. Para 2010, la Casa Blanca prevé una partida de 130 mil millones de dólares, mientras que los costos anuales para los sucesivos años caerán hasta sólo 50 mil millones de dólares.
Probablemente ayudará a la aprobación del nuevo presupuesto el que dos días después de su presentación se conociera que la economía estadounidense se contrajo 6,2% en el cuarto trimestre de 2008, el peor registro desde 1982. El plan de estímulo de 837 mil millones de dólares previamente aprobado el 10 de febrero en el Congreso equivale por su parte al 5,6% del PIB. Éste es ligeramente superior al Plan Marshall de 1947 para reconstruir la Europa de posguerra, cuyo monto fue de 13 mil millones de dólares en cuatro años, un 5,4% del PIB. En cambio, el New Deal de Franklin D. Roosevelt para sacar a EEUU de la depresión tuvo un costo equivalente en 1933 al 5,9% del PIB. Roosevelt puso en marcha un segundo plan en 1935 para construir aeropuertos, puentes y edificios públicos, con lo que lo invertido por el Estado se elevó a 6,7% del PIB.
Detrás de estas cifras están el retorno de la economía política y de las ideas keynesianas y poskeynesianas: la economía de mercado engendra crisis periódicas; el déficit fiscal no desplaza en las recesiones la inversión privada; un incremento de la demanda no produce necesariamente un alza de precios; el alza de salarios no provoca fatalmente un aumento del desempleo ni una disminución de utilidades; una menor tasa de ahorro no provoca en el corto plazo una caída de la inversión y del crecimiento ni aumenta las tasas de interés; la flexibilidad generalizada de los precios no lleva necesariamente a un equilibrio óptimo; las instituciones y los actores sociales no deben ser concebidos como imperfecciones, sino como organizaciones que suelen aportar una forma de estabilidad al sistema económico, y en todo caso existen y determinan las relaciones de poder en la sociedad, ante las cuales los ciudadanos no permanecen indiferentes y actúan colectivamente.
Está de vuelta un consenso perdido en las últimas décadas: las opciones de política económica, aunque complejas, son propias de la plaza pública y no de los tecnócratas, a los que nunca debió dejarse el cuasi monopolio de las decisiones por una razón muy sencilla: cuando son dogmáticos y arrogantes se equivocan más que el resto del mundo. Y más vale tener razón aproximadamente que estar equivocado de manera precisa, como lo ha estado, aunque no es novedad, la tecnocracia neoliberal en esta crisis. Definitivamente, la intervención del Estado -que debe realizarse de manera cuidadosa, aunque contundente- no es parte del problema, sino que es parte de la solución.