
Miércoles 1 de abril de 2009
La percepción de que los profesores y profesoras tienen de su propio estatus y valoración en la sociedad es débil y no está a la altura de la importancia estratégica de su misión profesional. Es la impresión que queda tras analizar algunas de sus respuestas a la encuesta CIDE 2008. La mayoría de los docentes perciben que en su entorno el prestigio de su profesión es igual -o menor- al de un profesional de nivel medio (enfermeras universitarias, ingenieros de ejecución, auditores); cerca de un tercio cree que es comparable al de un profesional técnico. No conocemos datos de años anteriores, por lo que es difícil evaluar si el prestigio está en proceso de pérdida, ganancia o estancamiento.
Esta visión de los docentes tendría una base objetiva en los salarios que reciben ante otros profesionales. Pero la profesión docente es una de aquellas en que el capital cultural siempre ha sido más importante que el capital económico. Es decir, su prestigio se basa más en el saber que manejan que en los bienes materiales que poseen. Según la encuesta citada, 59% de los docentes perciben que son apreciados en su entorno social por su nivel cultural. Si bien es la mayoría, un importante 40% está en desacuerdo con tal percepción. Es lo que perciben ellos: ¿qué pensará la gente del nivel cultural de los docentes? La población general es hoy más escolarizada que antes -cada vez lo será más-, por lo que el capital cultural de los docentes necesita un incremento permanente y, al parecer, hoy no estaría haciendo una diferencia significativa con el resto en amplios sectores de la sociedad.
Nuestros docentes no se sienten valorados. Sólo 22% de ellos sienten que la sociedad valora sinceramente la profesión; la gran mayoría siente lo contrario. Hay muchos significados y preguntas sobre esta percepción que quedan abiertos, imposibles de profundizar en una encuesta: ¿hay un discurso social de valoración de la profesión que no es sincero?, ¿no se valora la profesión docente o no se valora a aquellos que hoy la ejercen? Como si esto fuera poco, 82% de los encuestados perciben que las autoridades nacionales del Mineduc no han valorado sinceramente su trabajo profesional.
Desde la década pasada, la política pública ha mejorado las condiciones laborales de los docentes en relación con la depresión en que estuvieron en los '80, y ha tratado de fortalecer el contexto de su formación inicial, consciente de su importancia para el país. Pero su impacto en la valoración social de la profesión, a juzgar por los afectados, es dudoso. Pese a todo, la inmensa mayoría de los docentes declara sentirse satisfechos con su profesión. Incluso no pocos desearían que sus hijos o nietos sigan sus pasos. ¿De dónde obtienen esta satisfacción? Para algunos puede ser el salario que reciben (32% declara sentirse satisfecho con él). Para otros, puede ser la relevancia nacional de la educación, o la participación en el crecimiento y progreso de tantos niños y jóvenes. O quizás la declaración de satisfacción esconde una autoafirmación forzada y la voluntad de no dejarse vencer por la desconfianza de los demás.
El país no puede permitirse una profesión docente sin prestigio social. El debate en torno a aquel punto de la LGE que permitiría a profesionales sin estudios de pedagogía enseñar en la educación media, demuestra que para un amplio sector de la población los profesores han llegado a ser prescindibles. Es hora de tomar medidas más audaces de revaloración de la profesión. ¿Por qué el país no puede comprometer a mediano plazo una remuneración mínima más sustantiva para los docentes? Un piso más alto y un techo más sensible al desempeño. Este aumento no generaría de por sí una mejoría de la práctica actual de la enseñanza, pero sería una señal para reclutar mejores candidatos a la profesión y desencadenaría un círculo virtuoso de calidad profesional, prestigio social y progreso de la educación.