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Lunes 13 de abril de 2009
Esta reina de corazones los tuvo bien puestos y me enseña para demostrarlo una larga cicatriz que le recorre la mano: uno de sus cuatro hermanos ordenó a la niña que le preparara la bañera, y cuando ella se negó le sacudió con la escoba que Corín agarró hasta romper la caña del mango y abrirse la mano con un chorro de sangre. No me da más detalles, pero yo apuesto a que no lloró. Hoy entre la diálisis y el dictado de sus novelas le cuesta recibirme en el piso donde acumula nietos, fotos y recuerdos frente al viejo puerto de Gijón.
-¿Por qué todas sus novelas transcurren en Malibú y no en Algete?
-Era un viejo truco para despistar a la censura, porque con Franco todo era pecado y si mis novelas se hubieran desarrollado en España, los censores me habrían dejado sin argumento. Además, no quería llenar mis tramas de militares y curas, porque eso era España.
-Así que... ¡a California!
-Yo creo que el censor llegó a pensar que Corín Tellado era extranjera. De ese modo, donde tenía que ir un cura ponía yo a un pastor protestante y así colaba en mis tramas un montón de divorcios, abortos e infidelidades y algún beso. Y muchas insinuaciones.
-¿Los besos de la española no entraban?
-No pasaban censura. Y así tenían con Franco a las pobres mujeres de la España profunda, que no se enteraban de nada. Por eso a muchas sólo les quedaban aquellas novelas mías de entonces para saber qué era la vida... ¡Yo les enseñaba a amar! ¡A soñar!
-No sólo en España...
-¡En todo el mundo! ¡Si viera mi correo! ¡Yo sí que soy universal! Me llegan las cartas desde Canadá, Estados Unidos, Sudamérica. He dado nombre a muchas Corines.
-Es usted, después de Cervantes, la autora en español más vendida de la historia...
-He dedicado mi vida a escribir, que ha sido mi amor, mi orgullo, mi todo. Por eso me duele que algún crítico me haya puesto ahora perdidita... No lo entiendo.
-Es que no sabe leerla, Corín.
-No sé, pero... pero... ¡será mamarracho el tipo ese! ¡Es un idiota!
-Déjelo que siga revoloteando.
-¡Majadero! Si yo ya no necesito escribir, lo hago porque me gusta y porque me leen. Si a mí me decía Cabrera Infante, mi corrector de estilo en Cuba, que él había aprendido a escribir corrigiéndome.
-¿Le han pagado bien?
-No me quejo. Yo puedo decir que he vivido y bien, muy bien, de lo que escribo.
-¡Es usted el primer autor en cinco años que confiesa aquí esa enormidad!
-Es que quien no escriba para vender y para que le lean es un idiota o miente. He vendido más de cuatrocientos millones de ejemplares de mis cuatro mil novelas. He salido en el "Guinness" de los récords y tengo unos terrenitos, sí, y ahorros, y durante años yo era la única que pagaba a Hacienda en todo Asturias.
-Corín, a mí no me importa que su última novela transcurra en Malibú, pero... ¡que el único español que salga sea un cornudo...!
-¡Eso es la modernidad, hombre! ¡Hay cornudos a montones! La mujer de ahora es muy lista y hace lo que quiere sin que se entere el hombre.
-Por lo general, un mal bicho...
-¡No! ¡No estoy de acuerdo! El hombre bueno es una rara joya. Se entrega de verdad y sabe amar más que la mujer incluso, pero, ¿dónde están esos hombres buenos? ¡Son tan pocos! La mujer siempre domina mejor sus sentimientos y con ellos a los hombres.
-¿Usted encontró alguno? ¿Se enamoró?
-Sólo una vez. Me casé con él y descubrí que no era mi hombre ni mi compañero ni mi amigo.
-Lo siento.
-Fue una separación traumática. Yo no fui a su entierro, mi hijo tampoco, pero mi hija sí, y me contó que tenía su habitación llena de nuestras fotos y recuerdos y cartas dirigidas a mí sin enviar... Ya ve, después de todo nos quiso.
-¿Qué ha aprendido de sus protagonistas?
-Que la sicología femenina se va a comer el mercado. La mujer tendrá al fin el lugar que le corresponde, pero eso, no nos engañemos, no lo verán mis nietas, sino tal vez las nietas de mis nietas.
-Siempre el amor...
-También he escrito novelas eróticas. Me rechazaron una por subida de tono.
La Vanguardia