
Domingo 26 de abril de 2009
Hace poco, me vi recorriendo los pasajes y entrecalles históricos de esta pobla que se levantó hace tantos años a la ribera de Santa Rosa, la recuerdo clarito en mi torreja niñez del Zanjon de La Aguada; las carreras a media noche sobre las fonolas de los techos, los pelados apretando cueva porque se venía el allanamiento de los ratis en el callamperío barrial. Los pelados saltando los adobes, brincando sobre las tablas y nosotros los dejábamos pasar para que treparan la muralla y pudieran huir a La Legua, el único lugar seguro para escapar de la ley. Madre Legua, sembrada al sur de Santiago, en el tierral seco donde se instaló a la fuerza, a mediados de los cincuenta, por necesidad y porfía, el bravo corazón de aquella pobreza que hizo suya la patria del sitio eriazo. Doña Legua, que de ocupación de terrenos se hizo barrio, y nadie pudo desalojar sus raíces proletas. Después, la ciudad la incorporó en los censos urbanos, creció desbaratada en la mediagua, la pieza de tablas, la cancha de fútbol y el almacén de los cigarros sueltos donde brillan rojos tomates. Mama Legua, el lugar en que la historia resistió combatiente el golpe. La Legua presente en ese ayer, la oscura humareda de los neumáticos, los gritos, el tableteo de la metraca, el bombardeo brutal estallando en sus frágiles huesos de lata, los compañeros de la iglesia asesinados en su plegaria social. Todo eso y más conformaron el historial de sobrevivencia que podría servir para declarar a La Legua como patrimonio de la humanidad.
Ahora, nuevamente camino por el empolvado frescor de la tarde legüina, viendo a corta distancia el cerco permanente de carros policiales, todo el tiempo vigilando la vida, traficante o no, sencilla o no, honesta o no, de la poblada que vive sintiendo el ojo policial hasta en sus más íntimos quehaceres domésticos. Así, en la madrugada, a medio vestir, a chascones, en enaguas y calzoncillos, los sorprende la tele policial, la copuchenta tele noticia donde aparecen nuevamente los pobres humillados, esposados, tironeados, camino al furgón de pacos. Y las guaguas se rajan llorando, y los niños asustados tiritan cuando el batallón militar echa abajo la puerta y entran a las casas creyéndose el FBI en acción, pateando los platos, quebrando el sillón del mercado persa, rajando los colchones, buscando como perros babosos la merca, los pitos o simplemente una tira de alprazolam que lo filman y lo exhiben como testimonio del gran delito.
Casi siempre un equipo periodístico de la televisión, acompaña el asalto. Al igual que Honorato en la dictadura acompañaba a la CNI. La cosa es ganar raiting para una audiencia que mira atontada el matonaje de las cámaras que siempre signan, acusan y señalan a la pobreza como foco delictual. Este montaje agresivo, a lo más Calles de San Francisco, nunca lo harían en La Dehesa, Manquehue o Chicureo, donde el pirulaje cuico (también de la tele), se pega el ñatazo de coca premium mirando el programa "Aquí en vivo". Para eso los ricos tienen barrios enrejados, custodiados, donde no entra cualquiera, y menos la cámara policial, porque ellos tienen familia y conocidos en todas las áreas del poder.
Sigo caminando por La Legua y respiro sus olores familiares; una cazuela hirviendo con orégano y zapallo, en la amasandería vuelan aromas de pancito caliente, se mezclan inciensos de verdes y paraguayos fumados en una esquina. La música bailotea su trágico reggaeton en el calorcillo de este otoño, alguien me saluda, un loco hace el signo de la paz con el puño en alto, una mujer sonríe, un niño le pregunta: ¿quien es?, y sigo revoloteando como en mi casa por las veredas de Mama Legua, doy vuelta la esquina y bailoteo esa quebrada cuneta donde, a pesar de todo, y a costa de todo, flamea resistente alguna dignidad. //LND