
Domingo 26 de abril de 2009
Sebastián Piñera, Alberto Espina, Guido Girardi e Iván Moreira encabezan el ranking de los políticos menos creíbles para la prensa, según un acucioso estudio de El Mostrador. El sondeo con un margen de error que podría llegar el cien por ciento, aclaró el diario electrónico se realizó durante el último mes y contó con la participación de 20 periodistas que cubren La Moneda, el Congreso y los demás recintos donde cotidianamente se desarrolla el arte de lo público. No fui consultado, porque no me dedico al noble y sacrificado oficio del reporteo, pero concuerdo plenamente con mis colegas periodistas. A diferencia de ellos, sin embargo, desconozco lo que se oculta tras las bambalinas de la política, no estoy enterado de las intrigas que se tejen en los entrañas de las sedes partidarias, no suelo enterarme de los pelambres y cahuines que flotan en los pasillos del Parlamento, y tampoco sé al dedillo cuáles son los "off" que se manejan en La Copucha, la sala de prensa del palacio presidencial. Para mí, la principal razón que explica la mala imagen de estos cuatro personeros tiene que ver simplemente con su excesivo gusto por las cámaras de TV.
Cuando le conté a un amigo cuál iba a ser el tema de esta columna, él inmediatamente se acordó de una escena de la película "Cachimba": en el momento en que comienza la inauguración de un museo que había sido remodelado gracias al esfuerzo quijotesco del personaje principal del filme, el alcalde del pueblo hace detener la caravana de vehículos que llega a la ceremonia e interpone su auto en el primer lugar de la fila. Las cámaras y micrófonos de la TV centran su atención en la autoridad edilicia, que recibe reconocimientos, aplausos y vítores que no merece. Se trata de una patética artimaña para ganar reconocimiento público, de una burda puesta en escena que carece de sustento y contenido real.
Obviamente, no todos los dirigentes políticos que aparecen habitualmente en los medios de comunicación son seres sin escrúpulos que sólo buscan sobresalir a cualquier costo. Hacer esa equivalencia muchas veces es una injusticia. Pero hay casos en que se nota demasiado que la motivación que los domina es ganar una portada de diario o figurar en el primer bloque del noticiario central.
El paso en falso que dio Sebastián Piñera la semana pasada, en una población de La Pintana, constituye el ejemplo más que claro del último tiempo. Asistir a un velatorio acompañado de una tropa de periodistas e intentar instalar un punto de prensa a la salida de la casa de una familia que está de duelo es una maniobra igual o más grosera que la protagonizada por el alcalde de la cinta de Silvio Caiozzi. ¿Si el candidato de la derecha estaba tan conmovido por la trágica muerte de la menor María José Esquivel, por qué no presentó sus condolencias en privado, ¿sin citar a los medios?, se preguntó la conductora de la edición central del modesto pero interesante noticiario del canal de la Universidad Católica de Valparaíso. La interrogante habla por sí sola de las intenciones del abanderado presidencial de la Alianza. No creo, en todo caso, que sea un hecho aislado. Piñera sufre de incontinencia mediática, y esta patología lo lleva inevitablemente a cometer acciones reñidas con el decoro y las buenas costumbres, que afectan gravemente su reputación y lo hacen puntear incómodas listas elaboradas por los sabuesos de la prensa.
Desconfío de los políticos "polillas", aquellos que despiertan sólo cuando se prenden los focos de la TV, que se desviven por salir en la pantalla chica. Me hacen acordar la historia que se contaba sobre Mario Kreutzberger durante los años ochenta, cuando "Sábados Gigantes" era el programa regalón de la familia chilena y nuestro Don Francisco aún no nos abandonaba para internacionalizar su carrera. En ese tiempo se decía que el orondo animador tenía dos caras: cuando estaba frente a las cámaras, era alegre, chispeante y verborreico; fuera de los estudios se apagaba, apenas balbuceaba una que otra palabra, su ser era dominado por el aburrimiento existencial. Siento que los parlamentarios y dirigentes partidarios mediáticos sufren de una similar disociación de personalidad. Lo que dicen ante la TV no es lo que dicen y piensan en privado. Con tal de suscitar el interés de este medio de comunicación, son capaces de hablar por hablar, de mentir, de traicionarse a sí mismos.
La televisión es una indispensable herramienta del quehacer cotidiano de los políticos, que determina el éxito y la supervivencia de muchos de ellos. Sin embargo, también es un arma de doble filo. No basta con decir frases golpeadoras y elaborar una puesta en escena sugerente; también hay que tener algo que decir. De lo contrario, la ansiedad por figurar en pantalla y ser atrayente televisivamente puede tener un costo muy alto: la pérdida de la credibilidad.
La campaña de Eduardo Frei enfrenta ese desafío. Esta semana logró construir una imagen de gran atractivo, que se hace cargo de la enraizada demanda en pos de la renovación de la política: el candidato rodeado de hombres y mujeres jóvenes, telegénicos, buenmozos, ajenos a las estructuras partidarias. Ahora, ese cuadro debe ser llenado con contenido para que no sea un mero recurso de marketing electoral. Las caras nuevas deben ser complementadas con ideas nuevas, con propuestas que den cuenta de una efectiva voluntad de hacer las reformas estructurales que este país necesita.//LND