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  La tentación tiene cura

  La tentación tiene cura

Domingo 26 de abril de 2009

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41 kb¿Cuantos hijos tiene Fernando Lugo, el actual presidente paraguayo? ¿Uno, dos tres, diecisiete? Qué importa. Y no es porque el mandatario sea soltero, el problema es que era cura, obispo por más señas. Y aunque su popularidad caiga de 64 a 48 por ciento en unos pocos días, aunque el imaginario católico se escandalice y aunque la oposición paraguaya busque reunir los dos tercios del Congreso necesarios para destituirlo, lo de Lugo palidece frente a otros insignes políticos de ese país.

No hay que olvidar al dictador Alfredo Stroessner, que después de décadas de gobierno fue sacado del poder por un golpe de Estado liderado por su yerno, quien lo dejó amablemente en Brasil, donde disfrutó de un exilio dorado mientras vivió. Y en la galería no puede faltar Lino Oviedo, un golpista reconvertido en demócrata que recibió asilo político en la Argentina de Carlos Menem, aunque terminó arrancándose de una clínica ante las mismas narices de los agentes que debían custodiarlo. O Raúl Cubas, o Juan Carlos Wasmosy y varios otros, cada uno con cuentas harto turbias. Sin embargo, el caso Lugo plantea otras interrogantes que van mucho más allá de Paraguay.

¿Qué tienen en común Fernando Lugo y Marcial Maciel? Muy poco. Uno proviene de una extracción de izquierda mientras que Maciel es un ícono de la derecha política. El presidente paraguayo ha cimentado su carrera situándose junto a las clases populares, mientras que el fundador de los Legionarios de Cristo hizo de su apostolado un constante flirteo y seducción con las clases privilegiadas. El mexicano es un conservador de tomo y lomo, que permaneció hasta el fin de sus días en el seno de una iglesia que incluso lo protegió de posibles acciones judiciales en su contra. El paraguayo cabe perfectamente dentro de lo que se llama un liberal que recibió la dispensa papal para abandonar su ministerio.

La similitud entonces se reduce a su condición de sacerdotes; pastores de la feligresía a quienes deben guiarlos en el terreno moral y espiritual, además de dar el ejemplo dentro de lo posible en un mundo de tentaciones. Y algo más, deben mantenerse célibes. Una norma que hasta ahora no logra ser explicada convincentemente por la Iglesia Católica. Primero porque, hasta donde yo sé, la Biblia no dice nada al respecto, y debo aclarar que fui un asiduo lector del libro sagrado en mi lejana niñez, cuando peregriné por numerosos colegios católicos. Segundo, porque tras el cisma provocado por Lutero, los protestantes abandonaron esa costumbre y ni el mundo se ha desplomado ni sus sacerdotes se han vuelto una plaga inmoral ni mucho menos. Antes bien, han honrado su misión pastoral con la misma devoción que sus pares católicos. Tercero, porque diga lo que diga el mundo conservador religioso, no fornicar es el quinto o sexto mandamiento y no el primero. Y convengámoslo el más difícil de cumplir. Y cuarto, porque es un invento de la Iglesia Católica, que data del siglo XII, destinado a impedir que los hijos de los curas pudiesen reclamar para sí bienes de la iglesia. O sea, para evitarnos problemas con la herencia, se prohíbe tener hijos y así se arregla el asunto de raíz. No fuera a ser que algún hijo de un Papa reclamara para sí el Vaticano entero, la Capilla Sixtina, el David o la Pietá de Miguel Angel Buonarrotti.

Ahora bien, el ser sacerdote no es per se una causa de depravación, de libertinaje o de ligereza moral. De hecho está lleno por ahí de hombres de iglesia que nunca se han mandado un desliz. Pero también es cierto que la prohibición colabora. El hecho de prohibirle a alguien que niegue, que reprima, que haga oídos sordos a uno de los instintos más fuertes probablemente el más fuerte después del instinto de conservación no puede no traer consecuencias. En el caso de Fernando Lugo, esa actitud perversa y antinatural estalló y se convirtió en uno o más hijos, producto de relaciones sexuales mantenidas durante el tiempo en que él era obispo, emérito o no. Algo por demás reprobable, según el código moral de cualquier ya no católico, sino cristiano. En el caso de Maciel, esa actitud perversa y antinatural estalló si hemos de creerle a todos aquellos que lo han denunciado sin que sus plegarias sean escuchadas y tomó la forma de abusos sexuales, cuando no violación de seminaristas y otros menores sobre los cuales él tenía un fuerte ascendiente moral, espiritual y jerárquico. Algo no reprobable sino francamente repugnante para cualquier persona medianamente decente.

La solución parece fácil, aunque no logro explicarme por qué la Iglesia Católica no lo asume, ponerle un punto final a esta inexplicable norma sobre el celibato sacerdotal ya mismo.

Mientras la Iglesia Católica siga haciendo oídos sordos a esta muy razonable solicitud, más que seguro que muchos sacerdotes por ahí seguirán prestando oído y rindiéndose sin mucha oposición ante los muy tentadores placeres de la pecaminosa carne. //LND

 

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