
Domingo 26 de abril de 2009
El miércoles en la noche, el notable enólogo Pablo Morandé presentó a la prensa lo que ya puede llamarse una degustación "vertical" del vino ícono de la viña que lleva su nombre, House of Morandé, ahora bajo el control económico de la familia Yarur.
Una vertical es usualmente una serie consecutiva de seis o más vinos de la misma etiqueta y de similar forma de elaboración, en la que el cambio principal es el año de producción del vino, lo que en la jerga enológica se llama añada y en Francia, referente obligado, "millesimme".
Que los vinos sean varios y que las añadas sean consecutivas es parte importante de la gracia de una vertical. Pero en nuestro país en el que el arte de hacer vinos de alta calidad y con criterio de permanencia y seguimiento en el tiempo es un esfuerzo relativamente reciente las verticales o no existen, o son breves e incompletas como la que reseñamos.
Pablo Morandé y su colaboradora más cercana, su hija Macarena, presentaron sólo cinco vinos con la etiqueta de House of Morandé, los de las añadas 1999, 2001, 2003, 2004 y 2005. Al igual que otras etiquetas importantes, como Carmen Gold Reserve, que también ha intentado verticales, faltan los vinos de años pares, que por distintas condicionantes meteorológicas no entregaron vinos de la excelencia que se requiere para dejarlos como vinos de antología.
Un enólogo serio y riguroso como Morandé prefirió al igual en su tiempo lo hizo Álvaro Espinoza en Carmen dejar la vertical trunca en vez de incluir un vino que no entregó todo lo que el enólogo le exigía en calidad.
Sin embargo, los vinos que se mostraron fueron una verdadera sorpresa por su calidad, y la explicación acerca de cómo se elaboraron, paso a paso, abre una alentadora perspectiva para la consolidación del House of Morandé, en un futuro próximo, como uno de los grandes productos de la vitivinicultura chilena.
La primera sorpresa es el extraordinario estado en que llega a la copa un vino ya con diez años de vida como, el House de 1999. En palabras simples, un vino verdaderamente delicioso, firme en boca, equilibrado de acidez y madurez y muy lleno en el paladar en el retrogusto. Las notas aromáticas y gustativas son, en general a cerezas y ciruelas rojas, con maderas finas entremezcladas. Los taninos finales ya son muy suaves, pero la sorpresa principal es que el vino está muy vivo, entero y firme, y previsiblemente puede vivir bien tres o cuatro años más, todo un récord.
La base de este vino, como casi todos los House, son ensamblajes de Cabernet Sauvignon, Carmenére, Cabernet Franc y Carignan, una cepa muy particular y sabrosa, en la que Pablo Morandé se ha especializado, de nuevo como un pionero.
Similar factura tiene el House 2001, un vino que es perfectamente hermano de su antecesor. Las notas también frutales y la influencia de la barrica francesa enriquecen y no obstruyen sus sabores. También está firme, levemente más alcohólico que el 1999 y algo balsámico, por la influencia total de Cabernet Sauvignon, y tiene todo lo que se le puede pedir a un vino. Moderado aroma, muy rico sabor, firmeza y elegancia.
El 2003 es otro vinazo, al igual que el 2004. Y el 2005, delicioso, casi femenino, goloso y elegante, está en otro canon y todavía no es un vino de gran guarda. Pero ya es más grato de lo que fueron sus hermanos House a su misma edad. Está listo para beber y es muy rico.
Estos cuatro vinos son muy buenos, pero lo más interesante que muestran es una evolución sorprendente en botella, que los pone en la senda de los grandes vinos franceses, demasiado austeros, unidimensionales en el momento del embotellado y ricos, amplios, multidireccionales, complejos y sabrosos con su desarrollo en botella ya vivido.
Si Pablo Morandé apostó a la larga vida y calidad de sus vinos íconos, cuidando el viñedo con acuciosidad de orfebre, vinificando con extremo cuidado y dejando los vinos hasta 18 meses en barrica francesa, para finalmente embotellarlos sin filtrar, la degustación de esta semana mostró que acertó plenamente.
Por lo demás, casi todos los otros vinos de la marca están en similar senda de calidad y la viña tiene futuro cierto. Se ha trabajado e invertido mucho en Morandé, pero los frutos ya se ven. Y ésa es la única forma de perdurar y dejar huella, más allá de crisis eventuales.//LND