
Domingo 26 de abril de 2009
"Farrah no está en 39 kilos perdió peso, pero no tanto. No, no" Por medio de esta declaración, una amiga de Farrah Fawcett desmintió los rumores que circulan acerca del evidente deterioro de la actriz. Imaginar a Jill Munroe, el ángel más vigoroso del inolvidable trío de fines de los setenta, en estas condiciones resulta tan ajeno como posible. Porque con la misma potencia que el paso del tiempo fija esa imagen femenina que desborda energía y atractivo sexual, la enfermedad arrasa con ella borrando de un plumazo los rasgos corporales que la significan. Hoy, a los 62 años, han desaparecido su envidiable musculatura y su abundante cabellera. El ícono de la moda, el símbolo de la mujer moderna inscrita en la norma, se diluyen en el retrato donde ella rescata del olvido el traje baño de una pieza y exhibe con desenfado un pelo cuidadosamente revuelto.
El peinado de la Fawcett encarna una verdadera revolución. Llega de la mano del brushing que va formando las ondas a partir de un secador de pelo manual y una escobilla redonda. La técnica se masifica rápidamente porque puede ser ejecutada en casa con relativa facilidad. Claro que ninguna chica luce como Farrah, porque lo de ella pasa también por el corte de pelo y la actitud. El efecto final se instala a medio camino entre el desorden hippie y el escarmenado con laca de los sesenta.
La indumentaria es la de la mujer media de esos años. Farrah actualiza el polémico pantalón femenino. En la primera mitad de la década, luego de su vinculación con el estilo unisex, éste se encuentra en vías de extinción. Cuando reaparece lo hace inscrito en un estilo casual, deportivo, cuyas fronteras son extremadamente nítidas, definidas por el mercado. Ocio, tiempo libre, entorno natural pautean su adopción. Además del pantalón, abundan buzos, zapatillas, polerones con capucha; prendas que acompañan a la actriz cuando practica jogging, huye o persigue a algún criminal. Los bañadores, muy escotados, destacan un físico modelado sobre la base de ejercicios todavía convencionales. Aquí la intervención tecnológica a partir de máquinas que fragmentan el cuerpo para tratarlo de modo especializado, optimizando la apariencia de las zonas más débiles, resulta impensable.
"Desde siempre supe que era hermosa", confiesa Farrah Fawcett a la prensa explicando su repentino éxito. Todavía lo es. De lo contrario, su paradigmática fotografía impresa en el afiche que la popularizó no se habría transformado en obsesión de coleccionista.