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  En las cuerdas

  En las cuerdas

Domingo 26 de abril de 2009

Es cierto, una película es la suma de todas las decisiones que hace su director, pero no siempre el resultado final es la suma de sus partes. Una película puede tener todo en orden y así y todo no provocar ningún interés, en cambio las imperfectas, cuando son honestas, pueden hacer olvidar los baches y emerger por sobre las malas decisiones.

"El luchador", de Darren Aronofsky, es un buen ejemplo de ese misterio que son las películas que aun fallando logran emocionar. En la cinta, Mickey Rourke es Randy "El Carnero" Robinson, un luchador que vive de la fama que alcanzó en los años ochenta. Pero que hoy, débil, viejo y solo, debe enfrentar un ataque cardíaco y ver que ha perdido vínculo con su hija, las mujeres y, de alguna manera, con la realidad. Pero más allá de la gran historia, lo interesante en "El luchador" es justamente revisar las decisiones con las que Aronofsky arma su relato.

Elige mostrarnos a un hombre en decadencia, de voz ronca, un cuerpo gigante y dañado, y lo hace cámara en mano, muy cerca, trepidando. Esta decisión no es casualidad, algo nos dice de un luchador cuyos golpes no duelen, y que a pesar de la corpulencia y de la rudeza no resulta violento.

Aronofsky decide también hacer de este personaje una bisagra entre épocas. Si los años ochenta fueron el espacio donde se aceptan los pantalones apretados, el brillo y las peleas coreográficas en la que los luchadores podían llamarse Ayatolah o Carnero; los años 90 son sólo pesimismo, el mismo Randy dice "y luego llega Kurt Cobain y lo arruina todo", dejando claro que un hombre como él ya no pertenece a este tiempo.

Si "El luchador" resulta tan conmovedora e interesante es porque su director sabe mostrar una especie de doblez del tiempo, Randy habla desde teléfonos públicos, bebe en bares que ya desaparecieron; ama, aparentemente, a una prostituta amable (Marisa Tomei) pero envejecida, intenta reencontrarse con su hija perdida y es consciente que su tiempo acabó.

Pero a su vez, falla en el cierre, ablanda a su personaje, se apura por dar un final y se desdice de su naturaleza. Dos escenas son clave para entender que en un punto a la cinta la realidad le pasa la cuenta. Si durante buena parte vimos a este tipo arrojado a las circunstancias, un desadaptado que debe enfrentar las reglas de su tiempo: desde pagar el arriendo a tiempo hasta reconocer que su personaje que ya no existe, el director lo lleva por terrenos fáciles y cursis, como en la escena donde baila con su hija, o el diálogo en el que Marisa Tomei le dice "yo estoy acá" para evitar que luche en la última gran pelea.

Pero incluso con estos deslices, "El luchador" muestra una crudeza que nada tiene que ver con golpes bajos. No es casualidad y acá está el alma de la cinta, que en la primera escena Aronofsky muestre a un hombre de espaldas, que todavía tiene fe que su cuerpo aguante, mientras que en la última escena lo vemos de frente, saltando al vacío, pero consiente que después de ese salto, quizás no haya más. Esa transformación, que se muestra con dos o tres escenas en las que Rourke aparece en pantalla sin necesidad de palabras, valen su peso en oro.

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