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  El tesoro de Manuel Rodríguez

  El tesoro de Manuel Rodríguez

  Llaman la atención del curioso unos localuchos que en sus frontis, bajo el dejo del aburrimiento y el calor, están adornados por muebles antiguos y una serie de chucherías como viejas cómodas o sillas y mesas que -al mirar con detención- ofrecen una puerta reveladora a la sorpresa.

Domingo 26 de abril de 2009

Al acercarnos por el intrincado puente que cruza desde Mapocho poniente por la carretera hacia el centro, llaman la atención del curioso unos localuchos que en sus frontis, bajo el dejo del aburrimiento y el calor, están adornados por muebles antiguos y una serie de chucherías como viejas cómodas o sillas y mesas que al mirar con detención ofrecen una puerta reveladora a la sorpresa. Una sorpresa que empuja a escudriñar en un mar de objetos que van adquiriendo el halo de un tesoro enterrado. La construcción del paso sobre nivel de la carretera tapó el ingreso hace ya unos años a estas tiendas de antigüedades, que otrora, junto a un mercado persa que estaba en el suelo y que fue la génesis del Persa Bío Bío rebasaban de ávidos mirones en busca de gangas. Hoy, después de su masivo cierre, aún sobreviven los dos locales más antiguos que hacen de este rincón algo maravilloso. Don Sergio Salomón tiene su tienda y taller de restauraciones por el lado de la carretera y está aquí desde hace medio siglo. Vende fotos antiguas, espadas de la época de la Independencia, preciosos estribos y espuelas de colección, sombreros, lámparas, monedas y rarezas que hacen al curioso encontrarse con una verdadera cueva del tesoro. Y si se trata de descubrir un nicho de valiosa historia, doblar la esquina y entrar a la tienda de Osvaldo Carroza y sus hijos es lo imprescindible. Don Osvaldo tiene la tienda de antigüedades más grande de todo Santiago y esconde la magia de un gran secreto: su bodega llena de misteriosas ofertas, y que se extiende casi por la mitad interior de aquella manzana. Se prolonga a través de cuartos y cuartos llenos de victrolas, radios, mesas de la colonia, ídolos orientales, autos a cuerda del año veinte, juguetes, butacas de cine, baúles, publicidad antigua, vitrinas con monedas, muñecas y chucherías, fotos y medallas que varían desde piezas históricas de la Guerra del Pacífico hasta de la Segunda Guerra Mundial. Y la lista sigue: relojes, raras máquinas de escribir, figuras religiosas, arte prehispánico y una larga, larga enumeración esperando el regateo y el éxtasis del descubrimiento. Revivir este rincón como un paseo que de lunes a domingo recibe al cachurero, parece ser hoy, algo fundamental.

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