
Sábado 2 de mayo de 2009
No siempre ha sido fácil encontrarle el punto a Bielorrusia. Contrariamente a sus vecinos, no ha pasado los últimos 18 años celebrando su singularidad, librando guerras o reinventándose como aliado de la OTAN o un lugar donde ir en fines de semana largos.
Ha hecho todo lo contrario. Después de la independencia en 1991 y tres años de caótico liderazgo nacionalista, sus diez millones de ciudadanos decidieron permanecer tan rusos y soviéticos como fuera posible, y eligieron a Alexander Lukashenko, un administrador agrícola y activista anticorrupción, para mantener las cosas como lo fueron cuando el país era la rama fabricante de televisores y computadores de la URSS.
Desde entonces, Bielorrusia ha hecho todo lo que ha podido por desaparecer como una entidad separada.
El bielorruso, adoptado por un breve período como el idioma nacional, fue abandonado en las escuelas a favor del ruso y el país se convirtió en una especie de Estado cliente del Kremlin, con una economía planificada y, también, con elecciones planificadas.
El cierre de Bielorrusia (quebrado sólo por escasas protestas contra Lukashenko, ahora en su tercer período presidencial, y por extraños eventos como el campeonato anual de tejido en trigo de Minsk) ha sido tan efectivo que, en Occidente, la mayoría sólo sabe dos cosas sobre el país: es una dictadura y que está junto al mar (pese a que, de hecho, no está junto al mar).
Es difícil entonces saber cómo interpretar los últimos nueve meses, durante los cuales Bielorrusia ha hecho más por abrirse económicamente que en ningún momento desde comienzos de los '90.
Lukashenko le ha hecho antes guiños a la Unión Europea, prometiendo reformas, sólo para acercarse todavía más a Moscú. Pero las fuerzas que están golpeando ahora las puertas del último régimen autoritario de Europa son considerables.
PETRÓLEO Y GAS
La necesidad de liberalizar la economía de Bielorrusia quedó de manifiesto después de una dañina discusión con Rusia sobre los precios del petróleo y el gas a comienzos de 2007.
Hasta entonces, el milagro económico bielorruso (8% de crecimiento anual desde 2002) había consistido en importar petróleo ruso y refinarlo para su exportación y recibir gas con descuentos que alimentó a una economía industrial cuyos productos se vendían de vuelta, en gran parte, a Rusia.
En 2006, la energía barata representó un subsidio de 30% a la economía bielorrusa, un subsidio que Moscú ha dicho que terminará en 2011.
Sacudido políticamente y necesitando dinero, el régimen de Lukashenko tenía poca opción, salvo comenzar a reunir inversiones extranjeras y vender empresas estatales.
En 2007, Gazprom compró la mitad de Beltransgaz, la compañía de gasoductos bielorrusa, por 2,5 mil millones de dólares. Cuatro de los mayores bancos fueron puestos en venta y se marcaron otros 140 activos estatales para ser privatizados.
Lukashenko hasta contrató el año pasado al experto británico en relaciones públicas Tim Bell para pulir la imagen de Bielorrusia, una decisión que fue seguida por la liberación de los últimos disidentes políticos encarcelados del país.
Pero entonces golpeó la crisis financiera global y ésta, junto a muchos otros países de la franja oriental de Europa, dejó a Bielorrusia tambaleándose.
Bielorrusia no está sobrecargada con deuda externa, pero su dependencia del comercio y de los precios del petróleo hace urgente la ayuda externa.
A fines del año pasado, el país gastó una cuarta parte de sus reservas en divisa extranjera de 5 mil millones de dólares en apuntalar al rublo bielorruso antes de acudir al FMI.
El 1 de enero se le acordó un préstamo de emergencia de 2,5 mil millones de dólares a cambio de una devaluación de 20% de su moneda. Mientras tanto, los precios del petróleo siguieron cayendo.
Un analista me dijo que Bielorrusia necesita que el precio del petróleo permanezca por sobre los 82 dólares el barril para que sus refinerías cubran sus gastos.
El precio es hoy la mitad de eso. Con las bodegas repletas de productos no vendidos, muchas fábricas han recurrido a una semana laboral de cuatro días.
Standard & Poor's ha rebajado la calificación del país a negativa. En este clima, la liberalización bielorrusa ha seguido con terrible decisión.
En noviembre, realizó su primer foro de inversión extranjera, en Londres, e invitó a periodistas a Minsk. Llegamos un día después que el FMI.
Yo había estado antes en Minsk, un sitio limpio y sobrecogedor, durante el primer aniversario de la abortada "revolución del denim" (fracasadas protestas contra la amañada elección presidencial de 2006).
Mis recuerdos de Minsk, que fue casi enteramente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida por prisioneros de guerra alemanes, consistían en parques húmedos y clubes de jazz, y los fríos departamentos de disidentes deprimidos por el persistente poder de Lukashenko.
CAPITAL RENOVADA
Esta vez fue diferente. Nos alojamos en buenos hoteles y visitamos ministerios, bancos, fábricas de tractores y de sostenes. Se nos mostraron fotos del Bel AZ-75600, el camión tolva más poderoso del mundo y se nos contó que Bielorrusia iba a ser uno de los 30 países más fáciles para hacer negocios.
El Gobierno está eliminando regulaciones y el paquete de 39 impuestos, que hasta ahora han desanimado y ahuyentado a los inversionistas.
Escuché el mismo entusiasmo, pero mezclado con ansiedad, lejos de nuestros guías de prensa. En la oficina del Movimiento por la Libertad, principal partido opositor de Bielorrusia, todos dijeron que apoyaban el acercamiento de Lukashenko.
Es el mismo Lukashenko que arregló las elecciones parlamentarias de septiembre último y que viste a su hijo de cinco años, Nikolai, con el uniforme de comandante en jefe de las FFAA bielorrusas.
Por cada persona que hallé que estaba convencida de que las reformas iban a alterar irreversiblemente a Bielorrusia, me encontré otra que me explicaba que nada cambiaría.
Parte de la razón es histórica. Aunque el bielorruso ha existido como lenguaje e identidad durante cientos de años, rara vez tuvo expresión política antes de 1991.
Siglos de subyugación a manos de polacos, lituanos, rusos, alemanes y otra vez rusos, han hecho a los bielorrusos suspicaces respecto de la política.
Lukashenko no es Stalin, que mató a miles de intelectuales y opositores políticos bielorrusos, pero muchas personas me recordaron lo persistente que puede ser el autoritarismo y que la política estuvo una vez prohibida: está a la vez en todas partes y en ninguna parte.
Aquellos con quienes me reuní, y que han permanecido en Bielorrusia durante los últimos quince años tratando de articular cómo sería una versión democrática, me hablaron del estrés de esperar que la vida cambie.
En mi última noche en Minsk fui testigo de cómo el estrés se encarnaba en Misha Pashkevich, estudiante de historia de 20 años, suspendido de su universidad por participar en protestas.
Cenando juntos, habló sobre la libertad y el líder militar británico del siglo XVII Oliver Cromwell, Pashkevich parecía una polilla inagotable que termina por hacerse quemar.
El día antes había sido arrestado por aplaudir sarcásticamente en las celebraciones del aniversario 90º del Komsomol. Me pareció que Pashkevich se daba cuenta de que estaba creciendo y le aterraba no poder ser la clase de hombre que quería ser.
EL ÚLTIMO ENCUESTADOR
Después de la cena, fui a ver a Andrei Vardematski, profesor de sociología de algo más de 50 años, el único encuestador que queda en Bielorrusia.
Durante las recientes elecciones parlamentarias, dos funcionarios del KGB se instalaron en su oficina para asegurarse de que no efectuara encuestas a boca de urna.
Pero cuando hace investigaciones de opinión (descubrió por ejemplo que 47% de los bielorrusos no harían nada si descubrieran que su voto ha sido falsificado) sabe que el régimen absorbe ávidamente sus hallazgos.
Me dijo que Lukashenko y su elite estaban en lo que llamó "un estado de inercia", ni popular ni impopular. Dijo que la apatía del pueblo es profunda.
Le pregunté si pensaba que a la gente no le importaba o no había aprendido a pensar sobre Lukashenko. Respondió calmadamente: "Todo bielorruso piensa mucho sobre él".
Cuando dejamos su oficina y caminábamos al Metro, pasó una mujer joven en una chaqueta de cuero roja. Vardematski vio una ocasión de elogiar a su país.
Abriendo de par en par sus brazos, jugó al guía turístico. "Venga a Minsk. Tenemos buenos cerebros. Personal bien calificado. Hermosas muchachas", dijo, dirigiéndose a las desiertas calles nocturnas.
*Prospect
Derechos exclusivos para La Nación