
Domingo 3 de mayo de 2009
"Entrar a una tienda, mirar ropa y zapatillas es masoquismo para mí", dice Ana Godoy, de 25 años. Con ese lamento, explica que en el año que lleva cesante aprendió a renunciar a todo acto de consumo o gustito hedonista, por pequeño que sea.
Hoy, con una exigua mesada de 30 mil pesos que le dan sus padres, sus compras se reducen a lo mínimo: pasta de dientes, desodorante y champú, mientras sus ojos se pierden ansiosos entre la crema para el cuerpo y el labial.
Ana estudió Periodismo en la Universidad de Concepción y su vida cambió desde que hace tres meses terminó la práctica en un diario de la capital.
Desde entonces, su rutina para sobrellevar lo que considera el "socavón" de su vida, se sujeta a levantarse en las mañanas, hacer su cama, prepararse un café y correr al ciber de la esquina de su casa para hurgar en las páginas de empleo. Sus páginas preferidas son Zona Jobs , Job rápido y Trabajando. La búsqueda siempre ha sido infructuosa.
Ana vive con sus padres y no tiene dinero ni para andar en micro. Confiesa que le da hasta vergüenza pedirle dinero a sus padres.
"Frustración" es la primera palabra que se le viene a la cabeza para describir el sentimiento que la embarga cuando piensa que estudió cinco años y lleva un año cesante.
"Es triste ver que perdí cinco años de mi vida, cuando pude haber escogido una carrera más sencilla y al menos me alcanzaría para vivir. Cuando te das cuenta de que botaste más de 10 millones de pesos, te sientes defraudada", explica.
Según una encuesta del Instituto Nacional de Estadística (INE) de 2006, hecha entre mujeres y hombres de 15 a 29 años, la tasa de desempleo juvenil alcanzó 20, 2%. La cifra, que suele triplicar la tasa nacional, es una dura constante que no ha variado ni en los tiempos de bonanza económica.
Juan Eduardo Faúndez, director del Instituto Nacional de la Juventud (Injuv), dice que a este fenómeno lo han bautizado como "la fábrica de cesantes".
Él, como muchos, apunta con el dedo a las universidades privadas, desde donde cada año siguen egresando miles de profesionales como salchichas de fábrica que se arruman en un mercado estrecho. Faúndez comenta que si a este fenómeno se le suma la crisis económica, el panorama es realmente oscuro.
"En carreras como Ingeniería Comercial, Periodismo y Sicología egresan jóvenes preparados con cursos y diplomados y lo más grave no es sólo el desempleo, también hay 47% de jóvenes titulados que trabajan en un oficio que no tiene nada que ver con lo que estudiaron. Ni hablar de los jóvenes que se quedan haciendo nada en la casa", explica.
Faúndez aclara que la única diferencia que existe entre el desempleo juvenil chileno y el que hay en países como España es que en Chile el mercado de profesionales está aún más copado.
"Si no se puede sacar un decreto para cerrar carreras saturadas, al menos se podrían realizar campañas, como la que el año pasado realizó el Colegio de Periodistas para transparentar el problema de las universidades privadas", explica.
El director de la Injuv se refiere a la campaña "No seas un periodista frustrado", que el gremio lanzó el año pasado y que tenía como intención informar a los futuros estudiantes de la saturación del campo laboral de esta carrera.
En Chile, hay 12 mil periodistas titulados, ocho mil de ellos menores de 35 años. Ocho mil doscientos jóvenes estudiando Periodismo en 36 universidades.
El resultado final: mil periodistas al año salen al mercado. El rango del costo de la carrera va entre los 6,5 a los 18 millones de pesos.
"Podemos decir que estos jóvenes no pueden tomar decisiones como es formar una familia; tampoco pueden casarse ni convivir. Así, van retrasando todas sus decisiones y proyectos de vida. Se atrasan mucho más que la población obrera joven. Un 53,5% de los jóvenes adultos chilenos están trabajando en algo que no tiene nada que ver con su oficio, sobre todo en las clases C2 y C3; sin embargo, los jóvenes ABC1 no escapan de este porcentaje: 43% trabaja en otra profesión distinta a lo que estudió", enfatiza.
Como medida de prevención de este fenómeno que crece ascendentemente, Faúndez señala que el Injuv pretende realizar un programa con una base de datos de los miles de jóvenes que están estudiando carreras saturadas como Ingeniería Comercial, Sicología y Periodismo. Esto permitiría monitorear la información y proyectar en números la situación por carrera.
GENERACIÓN PERDIDA
Patricia Arancibia Clavel, historiadora del Centro de Investigación y Documentación en Historia de Chile Contemporáneo (Cidoc) de la Universidad Finis Terrae, asegura que la generación actual tiene un alto contraste con los jóvenes de las décadas de los 70 y la de los 80.
Según Arancibia, en la generación de los '70, los jóvenes se vieron favorecidos con la universidad gratuita y el trabajo asegurado.
En los '80, con la creación de los centros de formación técnica, llamados "institutos", hubo una democratización entre comillas con la oportunidad de estudiar otras carreras diferentes a las clásicas.
De los '90 para adelante, empezó la sobreoferta de establecimientos profesionales. "Hoy los jóvenes se casan tarde y se quedan viviendo con sus padres hasta los treinta años. Cambiaron los tiempos", enfatiza la profesora al explicar que como salen más endeudados de la universidad, atrasan todo: desde la entrega de su tesis para la titulación hasta la familia propia.
La diferencia con las otras generaciones es un punto que también destaca Jorge Gilbert, sociólogo de la Universidad de Viña del Mar.
Empezando porque antes, de la universidad, egresaba un grupo homogéneo con educación de calidad. Pero hoy la realidad es distinta debido al gran número de universidades que existen en el mercado.
Gilbert suma a ese antecedente la falta de confianza de los empleadores que, en vez de creer en los jóvenes, ponen los ojos en los baches del currículum vitae.
A aquello suma la deficiente información que se les entrega para generar su propia empleabilidad y a la cruel competencia que se genera dentro del mercado para ser competente.
"Hay una estafa mutua. Por un lado se les dice a los jóvenes que tienen miles de derechos y por el otro se les escudriña y se les pregunta ¿dónde está tu experiencia? Tampoco se les aconseja a que sean más proactivos y más exigentes consigo mismos", insiste.
LOS MÁS PERJUDICADOS
David Traslaviña, sociólogo que trabaja en la comuna de Pudahuel, comenta que si para los jóvenes de clase media la cesantía es difícil de enfrentar, el componente de la crisis profundiza las desigualdades sociales.
Con el mismo grupo etario (de 25 a 30 años) de Pudahuel ocurre un segundo fenómeno: los jóvenes tienen una educación superior incompleta porque la familia no ha podido seguir solventando la carrera.
"Esto aumenta la situación de pobreza. Estos jóvenes viven con sus padres y a veces sus progenitores no sólo tiene que mantenerlos a ellos, sino también a sus nietos. Este es el grupo invisible de la crisis", aclara.
Además, el sociólogo señala que en esa comuna buscar trabajo significa una inversión para la familia debido a la plata que se gasta en movilización y fotocopias de currículum vitae, sin embargo, la inversión no se recupera.
"Uno ve casos de jóvenes sin medios económicos, sin plata para movilizarse, cuyas familias deben elegir entre pasarles plata para la micro o comer ese día", comenta.
Traslaviña cree que la solución del problema está en la confianza que los empleadores y los empresarios deben empezar a depositar en los jóvenes.
Que no les pidan años de experiencia a los recién egresados y que les den la oportunidad de demostrar su competencia son sus propuestas.
"Falta empatía de los empleadores que sistemáticamente han ido marginando a los jóvenes del mercado laboral. El reciente subsidio al empleo juvenil es una buena forma de paliar este problema", enfatiza.
Profesora de música, esa fue la carrera que Ivonne López (30) escogió con emoción a la hora de ver sus 700 puntos en la PAA.
En 2003, comenzó a trabajar en un colegio municipal donde el director le ofreció 22 mil pesos a la semana de sueldo. Cuatro años después renunció para viajar a Francia a aprender el idioma.
Este año, cuando regresó a Chile, nunca pensó que buscar trabajo sería tan difícil. Inmediatamente trazó su plan B y comenzó a trabajar en un call center para pagar sus deudas y ayudar con algunas cuentas del departamento de su padre.
"A veces tengo que ayudar en la casa, pero a veces pienso en mis colegas profesores que ganan 200 mil pesos mensuales y no tienen posibilidad de tener una casa propia o de ahorrar. En mi caso, al menos, puedo juntar plata para mi departamento", aclara.
Ivonne confiesa que ese no es el único problema: le preocupa el Dicom universitario. Aún no termina de pagar una deuda de un millón de pesos que arrastra desde hace cinco años.
Para paliarla vende perfumes y productos por catálogo. Cuenta que prefiere arreglárselas así antes de aceptar las escuálidas remuneraciones que le ofrecen.
"Me da rabia cuando me dicen que no pueden pagar más de 200 mil pesos al mes no puedo creer que gane más trabajando en un call center, aunque trabajar como profesora de música me haría más feliz", reflexiona.
Ivonne se resigna porque reconoce que su situación es favorable, comparada con sus amigos ingenieros y profesores de música que ganan 180 mil pesos por improvisar en otro oficios: periodistas-meseros, ingenieros-cajeros y sicólogas-promotoras. Todos con sus proyectos estropeados y una gran incertidumbre sobre el futuro.