
Domingo 17 de mayo de 2009
Para muchos de nosotros, el fallecimiento de Claudio Huepe es un golpe sorpresivo y demasiado fuerte.
Estuvimos juntos a pocas horas de su muerte.
Hemos hecho política con él durante muchos años. Fuimos camaradas en la Cámara de Diputados como parte de la primera hornada democrática y, de ahí en adelante, trabajamos codo a codo en el sustento a nuestros gobiernos y a la conducción de la Democracia Cristiana y de la Concertación.
Tuvimos años buenos y malos, que son los tiempos que permiten cultivar una verdadera amistad.
Lo acompañamos en su última campaña parlamentaria en su querido Chillán.
Supimos de sus dolores y frustraciones políticas, aquella parte de la pequeña historia que ayuda a entender y conocer en plenitud a un líder político.
Convivimos con un grupo de amigos, que en torno a una mesa hemos vivido los años de la democracia. Junto a otros trabajamos semanalmente analizando la política y proponiendo caminos a seguir.
En conclusión, Claudio Huepe es un amigo y político muy cercano, cuya partida nos duele y acongoja profundamente.
En estos días, se perfila su testimonio y su legado, el cual está marcado por la autenticidad de su comportamiento, por la sencillez del mismo y por la tremenda calidad humana de su persona.
Auténtico y valiente en su participación en la primera declaración de rechazo a la dictadura de un grupo de democratacristianos, en su reacción frente a lo que era el poder omnipotente del jefe de la policía secreta y represiva del régimen de Pinochet y en sus tareas de jefatura en la Cámara, el partido o el Ministerio Secretaría General de Gobierno.
Sencillo en su forma de ser, en su vida y en su querer. Nunca una ostentación y nunca parte de ningún segmento con actitudes oligárquicas de cualquier orientación. Distante de toda farándula mediática.
Podía estar cerca o lejos del poder y siempre seguía siendo el mismo.
Humano como pocos, todo el día y en todo lugar.
Humano para expresar la discrepancia, la solidaridad, el afecto y la lealtad. Humano para confiar hasta el final en las personas y humano para sentir el dolor de algún engaño.
Capaz de reír y de llorar.
De reírse de sí mismo y de colocar la alegría como parte de su quehacer.
Un político que siempre tenía el tiempo para dialogar o escuchar a otros.
Así construyó amistades en Chile y en muchos otros países.
Lo echaremos mucho de menos.
En lo personal, sentiré una ausencia muy profunda, Con su partida pierdo un amigo de siempre y por ende pierdo una parte de mí.