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  Zurita en el espejo

  Estoy contigo Zurita. Que los niñitos taimados, los geniecillos del Liguria y los viejos carcamales hagan hervir sus respuestas y réplicas ruinosas a tus dichos...

Domingo 17 de mayo de 2009


Raúl Zurita se enfrenta al espejo y en él ve reflejada la calamitosa ruina de lo que un día pudimos o quisimos ser. Ve Zurita aquella ruina humana temblando en el Parkinson e intuye tras ella un apocalíptico paisaje de ruinas que se pierden en un horizonte hecho con inútiles libros, dispuestos a modo de lápidas ruinosas en el Cementerio General de la Literatura Chilena.

Sí, Raúl, tienes razón: somos la imagen a medio morir saltando de nuestra propia derrota como escritores, más allá de los premios, los honores de baratillo y todas esas bagatelas que tú bien conoces. Lo sabes y lo dices sin miedo, porque eres un valiente. Somos el mundo que soñamos, y que se nos cae a pedazos frente a los ojos. Apostamos y perdimos, eso sería todo, mi querido Raúl. Y como los viejos jugadores que salen con los bolsillos vacíos del hipódromo, tendremos que ir aprendiendo a perdernos, despojados, en el mausoleo del olvido.

Tu obra, inmensa y poderosa, no perdurará tampoco, porque ninguna lo hace. Otros mejores que tú, que eres sin duda grande entre los grandes, ya no son recordados ni leídos por nadie. Qué demonios. No habrá más, te lo aseguro, y tú lo sabes. Conmueve, Raúl, tu lúcida sentencia: "Cada ser humano es testigo de un estado de destrucción permanente, de una violencia generalizada No es sólo la violencia de hombres contra hombres, es esa infinita violencia cósmica que se ensaña con un cuerpo, que lo tritura y que se llama vejez".

Si crees haber hecho un hallazgo, siento importunarte con este fragmento rokhiano: "Porque es terrible el seguirse a sí mismo cuando/ lo hicimos todo, lo quisimos todo,/ lo pudimos todo y se nos quebraron las manos,/ las manos y los dientes/ mordiendo hierro con fuego;/ y ahora como se desciende terriblemente de lo cotidiano a lo infinito,/ ataúd por ataúd,/ desbarrancándonos como peñascos o como caballos/ mundo abajo, vamos con extraños, paso a paso y tranco a tranco/ midiendo el derrumbamiento general".

Muchos han sentido lo mismo, salvo los imbéciles. Y a esos los dejaremos entrar en el espejismo de una "polémica" donde yo personalmente, como tú, sólo veo ruinas. O rotundos fracasos frente a los que sólo cabe reír con amarga alegría.

Estoy contigo, Zurita. Que los niñitos taimados, los geniecillos del Liguria y los viejos carcamales hagan hervir sus respuestas y réplicas ruinosas a tus dichos. Lo cierto es que hoy, roto todo referente colectivo y estirada la subjetividad, como presupuesto de profesor, para tratar de explicarnos la vida, el espejo maligno sólo nos devuelve cada vez que nos asomamos a él, un narciso marchito que se aferra a las grietas de la devastación de esos corpus a los que un día apostamos, perdiendo, los ahorros de toda una vida. Que escriban, Raúl, sus novelas los ministros, los pacos retirados, los siquiatras. Que escriban hasta los escritores si les place. Una sombra negra se ha posado sobre las cosas que amamos. Y eso sería todo. ¿Cuál es el debate? ¿Dónde cabe polémica alguna frente a hechos tan porfiados? Neruda es un fantasma cautivo de un marketing lleno de chapitas, y ya nadie se da la lata de leerlo. ¿Para qué? De Rokha sigue yéndose de espaldas en cámara lenta, con la calavera perforada por una treinta y ocho. En los Starbucks los aprendices garrapatean en sus e-books sus historietas bajas en sodio, y sólo a ti pareciera importarte, querido amigo, este naufragio de todo aquello que un día quisimos, tan ferozmente.

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