
Lunes 25 de mayo de 2009
LOS RECIENTES debates que se han producido a propósito del anuncio del Gobierno de una nueva compra de aviones de combate F-16, me parece que repiten varios lugares comunes que evitan someter a una crítica contemporánea el tipo de relaciones vecinales que nuestro país ha llevado adelante, y su consiguiente configuración en el diseño de una política internacional y de defensa.
Por lo menos me quiero referir a algunos de ellos:
A. Cada vez más las condiciones de seguridad vecinal, en contextos en los cuales nosotros nos encontramos imbuidos, destacan los factores políticos como los más determinantes, tanto de los países involucrados directamente como de aquellos que configuran la arquitectura subregional. En esta dirección sería bueno destacar y tener en mayor consideración los enormes avances en la plataforma política de los países de la subregión y que se han consolidado en torno a las declaraciones sobre zona de paz y resolución pacífica de los conflictos; en la estrategia de cumbres como instancias de los líderes de la subregión; en los notables avances de una unión suramericana en el plano político que quiere asentar una relación basada en la democracia, la paz y el desarrollo de nuestros países. Por tanto, y a propósito del creciente y complejo tramado de las relaciones vecinales y subregionales, cada vez más el conflicto aparece subsumido en organismos, instancias y definiciones que no requieren del "factor fuerza", sino de las iniciativas políticas y de una diplomacia proactiva, coherente y sustanciosa, tanto de los países involucrados directamente como del conjunto de países de la comunidad suramericana. Los casos recientes, tanto a nivel vecinal (Colombia y Ecuador) como de asuntos internos de los países (Bolivia), han demostrado el accionar de esta diplomacia, pero por sobre todo de la decisión política basada en valores e intereses compartidos. Y finalmente en un conjunto creciente de instrumentos jurídicos internacionales que ponen en el centro una resolución mediada y pacífica de los conflictos (los casos de La Haya de Guatemala-Nicaragua; Uruguay-Argentina, etcétera).
B. Por consiguiente "armarse no es una necesidad", sino una opción, y en la medida que existan muchos otros factores (políticos, económicos, culturales, etcétera) que operan objetivamente en contra de la escalada de conflictos, más oportunidades tenemos que éstos se circunscriban a los mecanismos de negociación.
C. Los mejores gestos de cordura y de fortaleza política interna hacia una vecindad compleja, de la cual Chile no está exento de responsabilidad en su constitución, es incentivar y no decaer en los esfuerzos de la diplomacia política y militar, de las cuales tenemos muy ricas experiencias y han demostrado con el desarrollo del tiempo que han podido generar instrumentos eficientes para despejar las desconfianzas y aunar visiones en un desarrollo común.
D. Tampoco es muy objetivo desconocer que el potencial militar chileno en la última década sobrepasa con creces el de los países vecinos, y establece una asimetría que es leída como un acto agresivo. Hasta ahora, en nuestro país, no se ha hecho un debate profundo sobre lo que nuestra política de Defensa requiere realmente en sistemas de armas y, en cambio, ha sido reemplazada por una frase hecha en cuanto a que "sólo se está reemplazando material", la que no satisface ni da cuenta de la magnitud de tal cuestionamiento.
E. Lamentablemente, el viejo adagio romano de "si quieres la paz, prepárate para la guerra", ha sido la piedra filosofal de los belicistas, y sigue siendo repetida al margen de que hoy día no resiste una crítica histórica. Las decisiones políticas que llevaron al armamentismo siempre terminaron en la tragedia humana de la guerra, donde los costos han corrido por cuenta de las personas comunes y corrientes.
* Director Centro de Estudios Estratégicos (CEE-Chile)