Alguna vez, en terrenos que hoy ocupa un peladero olvidado del progreso, existió el Gimnasio Manuel Plaza.
Cualquier metalero lo sabe: desde finales de los años 80, el recinto de Ñuñoa fue una de las catedrales de la música extrema hecha en Chile, junto a otra "meca" capitalina, la Sala Lautaro de Gran Avenida.
Pero al momento de su muerte, ningún cabeceo se puso delante de la grúa. Ningún grito gutural se alzó contra los camiones tolva.
"La verdad es que a nadie le importó mucho parece", dice Andrés Padilla (37), metalero, fundador de la revista "Grinder", y próximamente, primer cronista de la historia del metal en el país. Y esa actitud reflexiona más tarde dice mucho sobre el género.
Padilla recibió un Fondo de la Música para escribir sobre una escena escondida por opción propia.
El volumen aparecerá en librerías en diciembre de este año y ya suma cerca de dos años de investigación, al tiempo que las bandas no dejan de motivar cabeceo en el extranjero y retoman armas para inyectar experiencia en una escena hiperactiva: veteranos como Warpath, Pentagram, Kingdom of Hate (surgido desde la división de Necrosis) y Dorso se encontrarán el 14 de junio en el Teatro Caupolicán, para celebrar la Cumbre del Metal Chileno.
Y ocurre justo cuando el mundo se repliega a estudiar sobre una escena global, con respetables documentales como "Metal: A Headbanger’s Journey" o "Get Trashed" (2007). "Es una tendencia internacional", confirma Anton Reisenegger, vocalista de Criminal y de los reactivados Pentagram, que vuelven a tocar a Chile el próximo mes, en la Cumbre del Metal Chileno, para luego dirigirse a Europa a cosechar el culto creciente al thrash sudamericano (ver recuadro).
"El metal extremo sudamericano es absolutamente de culto en el underground europeo", comenta el fundador de Criminal desde su residencia en España. Padilla, a cargo del sello Corvus Discos, también ha supervisado la reedición y exportación para bandas como Warpath, Totten Korps y Death Yell. Todos, hijos de un cuento subterráneo, lleno de mitos y prejuicios, casi nacido por generación espontánea.
"Lamentablemente, el mayor mal de la escena metalera fueron los mismos metaleros", aventura el hombre a cargo del libro.
HAZ ALGO
Punto cero: 1983. Y para entenderlo, vale una máxima: "Si eras metalero en los ochenta, o tenías una banda o un fanzine, pero algo tenías que hacer", dice Padilla. Y según el estudio, así partió todo: Anton Reisenegger armó el primer fanzine de Chile, "Censored Heavy Metal", una revistilla escrita a máquina, con recortes de revistas extranjeras pegados al lado de los textos, letras de canciones, entrevistas de traducción casera; a tiempo que más hacia el centro de Santiago, emergía Massacre, la primera banda "seria", describe el autor, derechamente thrash y con carnet chileno.
¿Y qué hay de los antecedentes, de Feedback, Panzer, Tumulto? "Las conclusiones que va a llegar el libro es que el rock chileno no es responsable del thrash", responde Padilla.
"No tuvo ninguna influencia sobre bandas como Massacre o Pentragram. En esos años, los thrashers miraban muy en menos a esos grupos porque los encontraban hippies, y los metaleros, aparte estar contra todo, eran como sanos, no querían drogadictos ni nada".
Y comenzó todo. Se armó una tienda donde se congregaban los incipientes thrashers: Rock Shop, "por dos gallos que no eran ni metaleros, pero que uno de ellos tenía una polola azafata que traía los encargos", relata Padilla; se armó el primer festival metalero en calle El Aguilucho; colonizaron lugares como Sammy Shop de Las Condes o el Caracol de Ñuñoa; hasta que Yanco Tolic, fundador de Massacre, consiguió el Manuel Plaza para su iniciación en los "headbangers", en diciembre de 1987.
La convivencia era dura. Estaba la lluvia de escupos que recibían a las bandas, para lo cual Padilla tiene una teoría: "Massacre, en esos años, tenía un personaje externo al grupo que se llamaba Bestial Fucker, que se paraba con un bate en el escenario pegándole al que subía. Le tiraban muchos pollos, y mucho pendejo comenzó a tomarlo como norma. Es curioso cómo esta escena generó tantos códigos de comportamiento, considerando que no había un dirigente o líder".
Y luego estaban los colegas: "La escena no creció sólo por factores externos -la década de la dictadura-; pasó también que la idiosincrasia chilena creó a un metalero demasiado competitivo. A Necrosis, por ejemplo, lo reventaron cuando estuvo en Sábados Gigantes", recuerda.
"Como en todos lados, había cahuines", aporta Rodrigo "Pera" Cuadra, vocalista de Dorso. "Pero siempre hubo buena onda. Teníamos nuestros propios medios, revistas, locales y como era chiquitito, lo cuidábamos. Lo queríamos".
EL ÚLTIMO MOSH
Llegados los noventa, el metal se fundió en otras aleaciones. Las nuevas bandas de death metal, más agresivas, más producidas -Atomic Agressor, Totten Korps- "se comieron" a sus padres thrash.
Y las bandas de hoy, muchas con discos editados en el extranjero, caminan por sobre la ruta cadavérica de los fundadores. Hasta ahí llegará el libro de Padilla. Y hasta ahí les llegó el entusiasmo a varias bandas:
"Las retribuciones que uno tiene por hacer esto son más bien pocas", explica Anton Riesenegger. "Ha sido súper ingrata esta cuestión. Pero el reconocimiento social nunca fue algo que hayamos buscado: Pentagram nació como reacción hacia la Iglesia, los milicos, los padres, los colegios, que eran todas figuras de autoridad que cuestionamos y enfrentamos. Y todas esas tribus urbanas de ahora tienen la libertad que tienen porque nosotros nos mamamos, en su momento, pasar por afuera de una construcción y que nos gritaran de todo".
"Hoy hay una cantidad considerable de trabajos buenísimos, que no los vamos a ver en la radio, ni en los Altazor u otros premios chaqueteros. Es una cantidad de aporte al arte chileno al que no se le ha tomado el peso, como cualquier disco de Los Tres o La Ley, a los que viven tirándoles flores", dice el "Pera" Cuadra.
Padilla despliega unos mapas, taconeados de nombres de fanzines, de Arica a Punta Arenas. También otros gráficos con la distribución de las bandas, "porque una de las cosas más impresionantes, que estará en el libro, es la cantidad de bandas y revistas, de escenas, que se armaron en cada ciudad, en pueblos".
Y escarbando entre los miles no es un decir: miles de fanzines y flyers que recolectó, el investigador rescata unas paginas fotocopiadas, escritas a máquina, donde una notita de tres líneas dice: "Parece que van a echar abajo el Manuel Plaza para construir una huevá de supermercado". La revista está fechada en 1987. Y tampoco, a nadie le importaba mucho. Hasta que sea historia.