
Domingo 7 de junio de 2009
Grandes eventos marcan hitos históricos. La caída del muro de Berlín, en 1989, señaló el fin de la guerra fría y el desplome del campo socialista. ¿La quiebra de General Motors (GM), el 1 de junio de 2009, es acaso un hecho de magnitud semejante? El tiempo dirá.
Por lo pronto, el gobierno de Estados Unidos y la empresa se desviven por minimizar las consecuencias. Dicen que la compañía hará las reformas necesarias para volver reforzada al mercado. Semejante optimismo es cuestionable.
El hasta hace poco mayor fabricante automotor en 2008 fue superado por Toyota se estrelló contra la tormenta perfecta. Luego de más de un siglo de operaciones, fue agobiado por la actual crisis económica. La baja de valores de las casas, producto del colapso del mercado subprime, redujo el crédito bancario.
El precio del barril de petróleo llegó bordear los 150 dólares. Y, claro, los consumidores buscaron los modelos de menor consumo de combustible. Algo que no era el fuerte de los vehículos GM. La compra de autos cayó en 2008 en 35 por ciento. Esto, en pleno proceso de reestructuración industrial que, en el curso de cuatro años, costó a la empresa 80 mil millones de dólares. Las cifras hablan por sí solas: la compañía tiene activos por unos 82 mil millones de dólares, mientras sus deudas alcanzan a los 172 mil millones. La única posibilidad de impedir su desaparición era recurrir al gobierno. No faltan estadounidenses, con fe en el mercado, que exigen que GM sea abandonada a su suerte. Si no es capaz de competir, no hay razón por la cual los contribuyentes deban rescatarla.
La caída de GM, mirada desde una perspectiva histórica, es un hecho trascendental que va mucho más allá de su impacto industrial. La compañía emplea casi a un cuarto de millón de personas. Hasta hace algunas décadas se solía decir: "Lo que es bueno para GM es bueno para Estados Unidos". Más tarde la presuntuosa afirmación de uno de sus presidentes, fue ampliada: "Cuando GM estornuda, Estados Unidos se agripa". La pregunta hoy es: "Cuando GM está con pulmonía ¿qué le pasa a Estados Unidos?". Así de representativa se la ha considerado.
La quiebra de GM es emblemática de un modelo de sociedad consumista en crisis. Los grandes vehículos como los Sport Utility Vehicles (SUV) y una variedad de 4x4, al igual que en Chile, son grandes tragadores de bencina o diésel, además de emisores de CO2 y otros gases contaminantes. Casi todos los estadounidenses con edad para conducir disponen de su auto. De cada mil conductores potenciales, 981 están motorizados. Es, por lejos, el porcentaje más alto del mundo.
La lamentable planificación urbana, con extensos suburbios y pobre transporte público, hacen que el auto a menudo sea indispensable. Los malls y los discount outlets son, en la práctica, islas rodeadas de enormes estacionamientos. Es un estilo de vida y de consumo copiado por muchos países, y Chile destaca entre ellos.
Un modelo que hace agua porque no es sustentable desde un punto de vista energético y medioambiental. La planificación urbana, como ocurre en Europa, vela por mantener a raya la expansión de las ciudades.
Los planos reguladores son estrictos y no hay blanqueos periódicos. Estados Unidos emite una cuarta parte del CO2 a nivel mundial y la reducción pasa, entre otras cosas, por transformar a las automotrices en industrias eficientes y responsables ante el medio ambiente. Es un viraje difícil y costoso, pero hoy el presidente Barack Obama tiene, en forma excepcional, la sartén por el mango. En estos momentos, luego de las ayudas otorgadas, contará con más de 60 por ciento del paquete accionario de GM.
Los norteamericanos, como el resto del mundo, deberán adaptarse en forma gradual a prescindir de los combustibles fósiles.
Los precios del petróleo, ya se sabe, asemejan en los últimos tiempos a una montaña rusa. Pero no hay que equivocarse, como lo hizo GM, pues en el mediano plazo la tendencia será al alza. A ello habrá que sumar los costos que ya se perfilan para todas las fuentes emisoras de CO2. Las empresas exitosas serán aquellas capaces de entrar a los nuevos tiempos post petróleo. Una señal es el auge del ferrocarril eléctrico: Obama ya ha anunciado inversiones para la construcción de trenes rápidos. En concreto ofrece 13 mil millones de dólares para los próximos cinco años. Se queda corto, pues Francia está duplicando su red ferroviaria, de dos a cuatro mil kilómetros, para 2020.
España se ha fijado el objetivo que 90 por ciento de los españoles no esté a más de 50 kilómetros de alguna estación por la cual circulen los trenes de alta velocidad. Los nueve países de la Unión Europea que operan trenes que viajan a más de 300 kilómetros por hora han considerado inversiones por 200 mil millones de euros para la próxima década.
Así triplicarán sus redes de cinco a quince mil kilómetros. El propósito es reducir el uso de aviones y automóviles y así bajar las emisiones. Es posible que la quiebra de GM quede como uno de los hitos del ocaso de la preeminencia del automóvil. Podría ser un hecho emblemático del comienzo del fin del siglo del petróleo. //LND
