
Domingo 7 de junio de 2009
* Director de la carrera de Literatura de la Universidad Finis Terrae.
Aquí estoy, sacándome el jet lag de la visita relámpago a París, el París que nunca se acaba según dice Enrique Vila-Matas. De todos los encuentros y reuniones queda el recuerdo del fuerte hallazgo de la delegación cultural con los programadores de los más importantes festivales teatrales de toda Francia.
Encuentro viejos amigos y estrecho las manos de gente con mucho poder. Ese poder necesario para saltar la cordillera y cruzar el Atlántico, ese poder que ha permitido a La Negra Ester o Gemelos viajar por Europa, esa fuerza que tiene Francia en el teatro y que puedo y pude comprobar en sus librerías, donde los estantes dedicados a las publicaciones de la escena son sólidos y muy bien nutridos.
La conversación se centra en el bicentenario, en el lanzamiento de la gran programación del Festival Santiago a Mil, donde se pondrán en escena las obras teatrales más importantes de la historia de doscientos años de teatro chileno, tras una larga discusión.
Poder mostrar a todo Chile, no sólo a Santiago, la potencia de nuestro teatro, en pleno, con toda su intensidad, con lo mejor de lo mejor de sus artistas. El teatro chileno ha sido desde la Independencia instrumento libertario, fundación de la patria, espacio de reflexión.
En la dictadura militar territorio privilegiado de resistencia, hoy fiesta, hoy crítica, hoy alboroto, hoy debate, hoy denuncia y también festejo. A ese encuentro vendrán todos estos programadores franceses y más de muchos otros países. A eso se viajó, a hablar de las publicaciones que se están preparando para cubrir estos doscientos años, las ediciones de lujo, las ediciones populares, el recuento que no cesa de años de una actividad febril.
Algo nos convirtió en un país teatrero. País de poetas pero también, nos dimos cuenta, país de intensa y agitada dramaturgia. De actores y escritores, de directores y escenógrafos.
Contamos cómo el Consejo Nacional de la Cultura está trabajando con cerca de cien jóvenes dramaturgos en talleres en seis ciudades, bajo la guía de un cruce de maestros viejos me incluyo y jóvenes, detectando un potencial inmenso.
Me tocó Concepción, veo la huella del taller que hizo Juan Radrigán y constato la capacidad de soñar para nuestro teatro y también, y no me extraña, para nuestro cine. Se esbozan historias, guionistas, escritores de tomo y lomo, dispuestos a jugársela con coraje y a todo pulmón por este teatro que tiene doscientos años, que no lo envejecen sino que son la incubadora de un crecimiento exponencial y que va a tener la oportunidad de releerse, sentir esos doscientos años de furia, de pasión, de amor y odio, de terror y temblor.
Con Radrigán caminamos por París pateando la calle, dándole vueltas a cómo sacar más jugo de un país al que queremos entrañablemente y pudiendo constatar la sorpresa de los programadores ante la actividad de un país como el nuestro, donde la cartelera crece y mejora año a año y donde la fiesta del bicentenario va a ser inmensamente teatral.
Podrán ver lo mejor de lo mejor y será cierto. Y podrán sentirse orgullosos y henchidos de pasión porque el teatro siempre se ha hecho en este país contra viento y marea y por Chile y con Chile y para Chile, para rebautizar este país, para darle aliento boca a boca, para sacarle trote, para que no se nos duerma, para que no se nos ponga autocomplaciente, para retorcer sus cicatrices mal cerradas. Teatro cirujano, teatro asesino, teatro sacerdote, teatro madre y padre y espíritu santo. Teatro vida, que eso celebramos, doscientos años de vida y muerte de la pasión del teatro chileno. //LND
