
Domingo 7 de junio de 2009
Como cada noche, estoy frente al computador dejándome acribillar de malas nuevas que parecen venir, como ráfagas de viento negro, de todos los rincones posibles de la Tierra: un avión de Air France se pierde en la noche infinita del Atlántico, cargado de personas que ya nunca llegarán a su destino por los siglos de los siglos. Se siguen desbarrancando, en la irremisible bancarrota y su secuela de desempleo e incertidumbre, sacrosantas marcas de automóviles gringas que parecían tan eternas e inmutables como la Santísima Trinidad.
La influenza humana fulmina a un joven en Puerto Montt. Una pareja, en algún lugar que no recuerdo, salta al vacío cargando el cuerpo de su pequeño hijo muerto. La crisis, la peste, la desdicha, parecen haberse tomado el mundo en algo bien parecido al Apocalipsis de Juan.
No consigo vislumbrar ninguna luz al final de este túnel de oscuras desgracias que parpadean en la pantalla líquida del ciberoráculo cuando, sorpresivamente, golpea a las puertas de mi notebook un mail misterioso. Es el típico chistecito de internet, de esos que majaderamente nos caen de la nada. Pero este parece traer algo levemente nuevo.
Algo así como unos raros visos de parábola. Es agosto (no me pregunten por qué, pero así especifica claramente el mensaje llegado a mi correo electrónico) y sobre una pequeña ciudad costera de un país azotado por la recesión cae desde hace varios días una lluvia torrencial.
La ciudad parece desierta. Todos sus habitantes están asfixiados por las deudas y malviven a base de los rescoldos, ya fríos, de los últimos créditos que han logrado obtener. Repentinamente llega al pueblo un ruso que exuda prosperidad por todos los poros y entra en un pequeño hotel que, nos cuentan los anónimos chistólogos, ha logrado preservar, pese a todo, un cierto encanto evanescente.
Pide el ruso una habitación y pone un billete de cien dólares en la mesa del recepcionista, antes de encaminarse parsimoniosamente a evaluar las habitaciones. El dueño del hotel agarra el billete y sale corriendo a pagar sus deudas con el carnicero. Éste a su vez coge el billete y corre a pagar su deuda con el criador de cerdos.
El chanchero, a su turno, se da prisa y vuela a pagar lo que le debe, desde hace mucho, al proveedor de alimentos y forraje para animales. El de los alimentos coge el billete al vuelo y, raudo, se encamina a liquidar su deuda con la putita del pueblo a la que hace tiempo que no paga. En tiempos de crisis, hasta ella se ha visto en la obligación de ofrecer sus servicios y esmeradas atenciones a crédito. La chiquilla coge el billete y parte hacia el pequeño hotel donde había traído a sus clientes las últimas veces, y cuya cuenta todavía no había logrado cancelar, y deja el billete sobre el mostrador, delante del recepcionista.
En este momento baja el ruso, que acaba de echar un vistazo a las habitaciones, dice que no le convence ninguna, coge su billete de cien dólares y se va de la ciudad buscando un mejor destino para sus vacaciones y su verde billete.
Nadie ha ganado un mango, pero ahora toda la ciudad vive sin deudas y el futuro, pese a la lluvia torrencial y a la ausencia de visitantes, puede ser mirado por los lugareños con más confianza y optimismo que ayer. A la manera de las viejas fábulas de La Fontaine, el chistecito se cierra con una moraleja: si el dinero circula se acaba la crisis. No entendemos mucho de estos asuntos, pero algo nos dice que hay una verdad escondida bajo esa sabiduría bastardona y tosca del cibercuento, mientras cierran las industrias, y sobre la inmensidad sideral del Atlántico siguen los rastreos de una caja negra. //LND
