
Domingo 7 de junio de 2009
No fue linda ni glamorosa la ceremonia en la casa de Alberto Hurtado. Quizás la mejor definición sea "efectiva". Como un revés en el tejido blando de la conciencia. Por más que encarparon de blanco su sede en Estación Central, pusieron música y regalaron souvenires, y pese a que había gente taquillera y "rostros" como Amaro y Karen, Tonka y Camiroaga; la Ceci Rovaretti de Cooperativa y su pareja, el infaltable Ricarte, era difícil aplaudir.
Entre voluntarios de camiseta puesta pululaban promotores arregladitos y niñas esculturales que repartían bombones a cuenta de los sponsors. Como si fuera poco, había un señor de Telefónica disfrazado de oso panda que celebraba todo y regalaba peluches panda. Pero no se alegraba uno. Ni siquiera ante la cercanía del gerente de Telefónica y la posibilidad incierta de hacernos oír por él ¿Sabe? Su call center es una pesadilla. ¿Tendría un minutito para escuchar mi reclamo de cliente? Riiiiing. Las blackberry interrumpían. Más se notaba que estábamos parados sobre algo como la falla de Nazca. ¿Qué cota sería aquella? ¿Cómo se define eso de tener un pie en una placa y otro en otra, y que ambas se zarandeen?
Terremoto grado ocho en la escala social.
Así me sentí. Y no culpo al Hogar de Cristo por organizar semejante cruce de situaciones y mezcolanza de gente, tipo chupilca del diablo pero benéfica. Al fin y al cabo los ingredientes estaban de antes, y los pusimos nosotros. Pero eso no hacía la combinación más digerible. Estaba para perder el apetito; para repasar nuestra carta de deberes ciudadanos; hacer memoria y tratar de entender cuándo fue que perdimos la brújula; caímos en cesación de pagos y nos fuimos a la quiebra ética. Demasiado grande nuestra brecha. Única, grande, nuestra. Da vértigo.Imposible escuchar estadísticas de indigencia y saborear canapés al mismo tiempo. O se camina o se mastica. Quizá por eso, la señora Maruja no comió. Guardó el pan y la empanada que le trajeron y, sin probar la Sprite, me resumió su vida. Setenta años, cuatro hermanos dispersos, una vivienda, una cama, algunas deudas, ninguna estufa. Cierta enfermedad infantil la dejó pequeñita, metro veinte para ser exactos, pero no tan chica como para que ella no trabajara años de empleada doméstica reemplazante y le ayudara a su mamá "de profesión lavandera" a escobillar la ropa de un sinnúmero de patrones. Cuidó a su mamá hasta el último día. Ahora que es huérfana, su consuelo son los gatos. Convive con seis en su departamento del block 0987 de La Pintana. Tiene una cocinilla a parafina, querría tener una lavadora. Desayuna, almuerza y se recrea en el Hogar de Cristo.
Un poco más allá, estaba José Luis. Otro "rostro" ¿Quién ha visto ese anuncio en que un venerable caballero involuciona en la calle, achicándose, en sucesión opuesta a los primates de Darwin? El aviso pone: "Sin tu ayuda volvemos atrás. Hazte socio". ¿Lo ubican? Bueno. El protagonista no es un actor. Es genuino. Se llama José Luis Kottman, tiene 60 años y es según el manual del vagabundeo caminante de huella. Recorrió de Arica a Punta Arenas, y aceptó ser rostro de campaña para que nadie involucione. Y eso nos incluye a nosotros: quien firme por José, contribuirá a juntar esos 34 mil millones que el Hogar de Cristo necesita este año para no retroceder. Eso, asumiendo que atenderá a las mismas 57 mil personas al mes que atendía el año pasado.
Cuando se fueron los de la tele, encontré a María Cornejo Galaz, quien también compartió con nosotros sus estadísticas. Su madre tiene 96 años, su padre 98. María los cuida a ambos, y además a su hijo menor que nació con síndrome de Down y que sigue dependiendo de ella a los 30 años. Cuenta que la llaman "María Ayuda" como la fundación. Las vecinas saben que pueden contar con su apoyo. "Ayúdame María, le dice su hermano separado. Y ella lo ayuda: lava, plancha y cocina para él. "Ayúdame, María", le solicitan. Y ella va al Hogar de Cristo a ser "rostro" de campaña para convocar 50 mil nuevos socios. ¿No será una meta demasiado alta? María no se hace esas preguntas, porque está ocupada pensando respuestas. Las preguntas son para el ocio de los periodistas. Ella debe planchar la jornada cada noche, dejándola presentable para la mañana siguiente.
María tuvo, hace tiempo, una vida fuera de su casa. "¿Qué echa de menos?", preguntamos. "Mi trabajo" responde nostálgica. Auxiliar de enfermería, atendía enfermos en el hospital de la Universidad Católica. Entonces ahorró y repartió plata a hijos, nueras, parientes. Con su primer sueldo compró unas botas negras, preciosas, el lujo de una época. Aún las tiene en un cajón, para acordarse de los inviernos en que tuvo "mucha, mucha plata". Ella también fue socia del Hogar de Cristo y se sintió orgullosa de dar su aporte mensual. Ahora es ella la que necesita. "La vida da muchas vueltas", reflexiona.
La ceremonia continúa. Al escenario suben representantes de empresas para la foto oficial. A ver, miren para acá. Todos con Benito Baranda, con Susana Tonda y el padre Moreira. Sonrisas. Clic. Ahí en la foto, está simbólicamente hablando una fracción del presupuesto de la fundación. La otra parte, la que no se ve, proviene de bolsillos de gente común y corriente, como María. Un tercio proviene de subvenciones y convenios con el Estado, otro 16 por ciento de fuentes propias de la fundación. O sea, los que más ponen, no salieron en esa foto.
Los habitúes de la hospedería masculina reclamaron a viva voz. "Oiga amigo. ¿Por qué ellos sí y nosotros no?" Toda la razón. Mi colega fotógrafo los apuntó con el lente y, en un dos por tres, capturó sus almas. Bien buenas quedaron las fotos, y las deben estar viendo ahora mismo. ¡Salud, caminantes de huella! Que no se diga que LND no cumple con sus lectores. //LND