
Domingo 7 de junio de 2009
Frei está incómodo con el discurrir de los últimos días de campaña.
Algunos de sus cercanos son más drásticos y afirman que su verdadero sentimiento es de enojo.
Pero, no con el comando que, con todos sus problemas, ha ido enderezando sus piezas.
De hecho el propio abanderado intervino para morigerar los desacuerdos internos; refrendó el rol básicamente programático de Océanos Azules, incorporó a Enrique Correa en el equipo de diseño estratégico y ganó de paso un negociador probado, e instaló a Jorge Burgos en una posición de apoyo directo y constante, para las tareas políticas de Sebastián Bowen.
La molestia del presidenciable oficialista es con la Concertación. Y, si se quiere ser más preciso aún, es con los partidos, sus directivas y sus parlamentarios.
Dos frases resumen el talante del candidato respecto a su coalición: "A mí no me proclamaron para ordenar a la Concertación". "Me proclamaron para derrotar a la derecha en diciembre. Ahí está el adversario".
El reclamo es preciso y directo. A los ojos del entorno freísta, las dificultades que está viviendo la candidatura tiene sus raíces en la inercia del conglomerado, que no logra activarse como factor de movilización de la campaña, ni tampoco resuelve asuntos políticos cruciales: adhesiones cruzadas (léase cupo senatorial de Ominami), confección de plantillas parlamentarias, incluido el pacto con el Juntos Podemos.
Se entiende que no es posible transitar con éxito un camino de suyo complejo, si quienes deben ir despejando los obstáculos se ven dubitativos y desconfiados de sus propias fortalezas.
El fondo de la molestia de Frei radica en una constatación política ineludible: si los números de las encuestas siguen ratificando el ascenso de la postulación de Marco Enríquez- Ominami, será necesario un reacomodo mayor. Y, para que eso funcione, tiene que haber una sólida mixtura entre la coalición, el comando y el candidato. Cuestión que, en este instante, no es la marca registrada del estado del arte oficialista.
En ese escenario, y además de la necesidad de resolver con urgencia el punto ya indicado, se levantan dos prioridades estratégicas para el freísmo: reponer a la Concertación como el aval poderoso que garantiza, por historia y capacidad de gestión, la viabilidad de la candidatura y traspasar la popularidad de la Presidenta al abanderado actual.
El acto de proclamación programado para el 19 de junio abre los fuegos a una parte de la estrategia. Según el diseño concebido por los organizadores, ese día, en el escenario del Teatro Caupolicán deberá estar "inequívocamente representada la fuerza y extensión concertacionista". Entonces, el candidato aparecerá arropado por todos los íconos del oficialismo, "para ofrecer una señal que despeje dudas respecto a su liderazgo, de manera que la buena evaluación de Bachelet comience a engrosar el haber del candidato".
Entonces, el desafío que enfrenta la campaña oficialista es doble: por un lado reimpulsar el vuelo de la Concertación como el conglomerado capaz de dar continuidad al desarrollo de la equidad. Y, junto con eso, conseguir dar credibilidad a la promesa transformadora que pretende encarnar Frei.
Mientras tanto, en el marquismo se está viviendo un tránsito acelerado "del testimonio a la responsabilidad". Los impulsores de la candidatura, que la habían entendido como un gesto de protesta, capaz de remecer estructuras y métodos políticos que consideraban anquilosados y excluyentes, observan cómo se ha transformando en una opción que puede jugar roles impensados.
Por de pronto, todo indica que su presencia se prolongará más allá de diciembre. No porque necesariamente pase a la segunda vuelta. Sino, por el peso que puede significar una votación instalada en dos dígitos crecidos. Y ese es un escenario que "Marco y quienes lo rodean no se habían planteado con tanta crudeza cuando iniciaron esta aventura". Entonces, reflexionan en el entorno díscolo, el proceso mismo de la campaña va mutando. El tono de las críticas debe seguir siendo potente, pero no al punto de la ruptura con el mundo concertacionista; porque, a la hora decisiva, allí está, si no el domicilio, al menos el vecindario donde seguirán habitando y con el cual deberán construir acuerdos recíprocos.
En este sentido, la decisión del marquismo de congelar las negociaciones parlamentarias con los humanistas y en el MAS, en la perspectiva de haber levantado una lista alternativa, debe entenderse como un gesto que claramente se instala en esta nueva visión de responsabilidad, que incluye la mantención de contactos con el oficialismo. Porque, y lo ha reiterado Enríquez- Ominami en innumerables ocasiones, para ellos es principal la derrota de la derecha. Y eso, traducido a política concreta, significa que no puede darse una campaña de tal nivel de virulencia que complique de manera peligrosa el natural traspaso de adhesiones en la segunda vuelta presidencial.
Si ya en ambos comandos se había llegado a la convicción de que era necesario una lógica de "no agresión"; ahora, ante la emergencia de una alternativa de mayor equivalencia electoral, comienza a manifestarse una sutil pero progresiva línea de "acuerdos, más bien implícitos".
Ambos comandos tendrán que demostrar "paciencia y buena letra", si quieren articular un proceso que no deteriore la identidad de cada cual, pero que mantenga suficientes conexiones, para hacer razonables futuros apoyos ante el "adversario común".
No es poco y el tiempo sigue avanzando. //LND