
Desde pequeña fue curiosa: Veía a los niños subirse a los árboles y me preguntaba por qué no podía hacerlo. "Se me verían los calzones", era la respuesta. Ya de grande las diferencias eran aun más molestas: ¿por qué las mujeres teníamos que ser complacientes y delicadas? Pero en un viaje a Perú comencé a entender de qué se trataba. Fue cuando vi a una mujer expuesta en una plaza pública, mientras la pata de una gallina desfiguraba su rostro. Era la sanción otorgada por el adulterio cometido. Ese día pasé de trabajadora social por formación a feminista por convicción.