
Domingo 14 de junio de 2009
"Es una cuestión encachá saber que uno es parte de una campaña", admite con una carcajada don José Luis. Enciende un cigarrillo y añade: "Pero mi vida va a seguir igual. Igual".
Esa vida vagabunda que lleva José Luis Kottmann Bustamante (60) lo convirtió en usuario y luego en "rostro" publicitario del Hogar de Cristo. Lo conocimos en un afiche, y salimos a preguntar por él.
Para el lanzamiento de la campaña con que la fundación espera conseguir 50 mil nuevos socios, don José asistió junto a su hija de 7 años, pero se fueron temprano y no hubo posibilidad de entrevistas.
Dos días más tarde, responde su celular mientras pasea con la niña en Puente Alto. De inmediato deja en claro que no da entrevistas por teléfono porque "resulta frío".
Prefiere el "cara a cara", dice mientras lanza su invitación: tomar mate en su cuartel de invierno, la hospedería y centro para el adulto mayor que mantiene el Hogar de Cristo en Estación Central. Ahí se relaja a sus anchas, rodeado de conocidos. Viéndolo en persona, notamos la huella inconfundible de la nicotina en su bigote. Prepara mate e invita a su mesa.
Es inevitable compararlo con el afiche que lo ha hecho famoso en el Transantiago y la TV. Ese donde él aparece sentado, mostrando tras de sí la huella de la evolución del homo sapiens.
Trae el cabello y la barba un poco más largos, pero las facciones son las mismas. Hasta los zapatos ("de buena calidad porque si no uno no puede caminar") y la parka son los mismos. No hay duda: es él.
-Le ha crecido el pelo, ¿no?
-Me lo estoy dejando crecer para diciembre. Trabajaré de viejo pascuero.
No está bromeando. De hecho tiene potencial físico. Cuenta que ha trabajado brevemente en muchos oficios. De hecho, ubica perfecto dónde está LND porque estuvo vendiendo huaipe frente al edificio. Afirma que le agradan las mujeres de una "manera sublime", y que tiene muchas amigas. Declara que "lo principal en la vida es hacer lo que a uno le nace" y si eso es vagabundear, entonces hay que hacerlo. Cree en Dios, pero no en doctrinas políticas porque considera que "la democracia lleva mucha demagogia". Tiene una hija grande que no ha visto en décadas, y la otra más pequeña que vive en Puente Alto con la madre y la abuela. A ésta don José Luis siempre la visita. No quiere que le pase con ella lo que sucedió con la primera por "haber sido irresponsable".
-Nunca había visto a un vagabundo con teléfono móvil.
-Lo uso poco. Tengo a mi hija chica, y tengo hartos amigos y amigas, y me gusta estar ubicable. No gasto plata en celular. Por ejemplo, a un amigo que tengo en Alemania, le dejo una llamada perdida y él me la devuelve. ¿No les molestaría que los llamara a ustedes alguna vez para saber cómo están?
-Para nada. Cuéntenos. ¿Se ha quedado o ha pensado en quedarse en un lugar definitivo?
-No. He tratado, pero no puedo. Lo más que he durado en un trabajo es una semana. Mi papá, que era de origen alemán, militar y muy ordenado, me puso a trabajar en el campo para hacerme responsable. Me mandó a plantar árboles, pero yo me iba con mi hermano mayor a torrantear, a andar a caballo. Nos arrancábamos siempre, de la escuela... de todos lados.
-¿Lo pasaban mal en la casa?
-Noooo. Yo tuve una infancia muy feliz. Estoy agradecido de mi familia. Mi papá trabajaba en el Regimiento de Caballería de Concepción. Mi mamá cuidaba la casa y a los hijos. Se habían conocido y enamorado en Famae, en Santiago, pero se fueron para allá. Con mi hermano vivíamos jugando con los caballos en el patio del regimiento. Si no era ahí, era en cualquiera de los otros tres regimientos que había en Concepción. Los militares nos cuidaban y nos dejaban jugar. Éramos desordenados, pero nadie nos retaba. Mi mamá nos retaba para que estudiáramos. Mis dos hermanas fueron las que salieron "alemanas" , le hicieron caso y ahora tienen profesiones y viven en casas. Mi mamá nos mandaba al Colegio salesiano Don Bosco, de Concepción. Nos "perdíamos" por el camino y faltábamos una semana o dos. Yo fui mal alumno, pasaba tandeando. Estudiaba para los puros exámenes y pasaba de curso. Hice hasta 4º medio, pero no di exámenes. Salí a recorrer. Cada vez pasaba menos tiempo en la casa. Fui muy irresponsable y bueno para el trago. Bueno para caminar y recorrer. Conozco de Arica a Punta Arenas. Hay partes donde no he estado, pero pienso ir. Nuestro país es lo más lindo. Su gente es maravillosa. Yo quiero recorrer.
-¿Sigue en contacto con su familia?
-Con mis tres hermanos. El mayor vive en Horcón. Salió hippie y no le trabaja un diez a nadie, pero como tiene buena pinta, le va bien (ríe). A mí también me va bien. Viajo, conozco gente, especialmente a los más pobres. Converso, vivo cada día. Soy observador, pero cauto, contesto preguntas pero no las hago. El que quiere contar que cuente.
-¿Tiene más parientes?
-Hace como 30 años tuve una relación con una niña, y ella decidió tener la guagua que es mi hija mayor. Mi señora estudiaba y trabajaba cuidando ancianos. A mi hija la criaron como una joya en la casa de su abuela. Pero yo era irresponsable y no tenía apego. No quería perder mi libertad. La mamá de mi hija me decía "cómprate un livincito pa' que no parezcái cafiche". Y yo me iba de viaje. Entonces ella decidió irse a Estados Unidos y se llevó a la niña. Algunos parientes me han contado que mi hija es dentista y vive en Estados Unidos. He tratado de ubicarla, pero no la he podido encontrar. Después que ellas se fueron, vino la crisis de los 80 y yo me fui al sur a caminar.
-¿Mucho caminar en estos años?
-Es relativo. A veces he estado tirado en el mismo lugar 4 días. Una vez me puse a tomar en San Bernardo y estuve ahí en la misma vereda varios días.
-Como en el afiche.
-Más o menos. Pasó una señora y me ofreció comida. Le dije que le agradecía mucho su ofrecimiento, pero que cuando uno se pone a tomar no da hambre. Se lo dije con toda sinceridad porque los caminantes somos así. Y yo soy caminante de huella (ver recuadro).
El patio del hospedaje recrea el ambiente de la calle que tanto atrae a sus circunstanciales pasajeros. La administración lo mantiene así a propósito: banquetas, veredas donde arrellanarse, mucho espacio para dejar equipajes o triciclos cartoneros. Palomas, gatos y quiltros también se benefician de la hospitalidad. Permiten fumar y no se acepta alcohol ni drogas.
-¿Quiénes son los demás? ¿De dónde vienen? ¿Se conocen entre sí?
-Los que vienen llegando ahora en la mañana son "angustiados". O sea, toman "pelacables" y ahora no tienen, y eso los desespera. Le llamamos pelacables a unos tragos que venden en la calle. Vienen en botellas de plástico chicas. Coñac, cacao, distintos licores. Son terribles, pura química. Uno los usa cuando quiere borrarse. Es parte del abanico de ofertas del mercado. Usted elige cualquier sabor y color. Valen 500 pesos. Lo malo viene al día siguiente. Cuando dormía en la huella, me llevaba dos de esos para pasar la noche. A medida que me despertaba, me iba tomando el primero y después el otro. Ahora llevo 6 meses en abstinencia de copete.
-O sea que estaba abstemio cuando lo invitaron a la campaña. ¿Fue muy difícil trabajar con una productora?
-Después me fui soltando. Pero el día antes de que me pasaran a buscar, para ir a las locaciones, estaba re nervioso. Quería que las fotos y la publicidad salieran bien. No estoy acostumbrado a pasar un día entero trabajando. "Siéntese, párese, dóblese, póngase acá, hagámoslo de nuevo". Para el segundo día, le pedí a un amigo de la calle que me consiguiera una pastilla. Me la dio y me la tomé. Salí con los cabros, muy profesionales ellos y empezaron a sacar fotos. De repente los escuché que se felicitaban de que tenían unas tomas muy buenas. Entonces me felicitaron. Resulta que me había quedado dormido y salí super bien. Fue mi mejor momento de actor, jajá. Durmiendo. Jajá.
-¿Y qué sintió cuando se vio?
-Me gustó porque yo estoy muy agradecido del Hogar de Cristo. Pero en el fondo, y con harto respeto, no estoy ni ahí con la publicidad. Hice mi aporte y voy a seguir mi vida igual que antes.
-Entre caminata y caminata, ¿trabaja en algo?
-Nada estable. Vendo esponjas que hago yo mismo con una herramienta que fabriqué con materiales reciclados (cargador de celular, alambre, alfiler de gancho y pila). Lo que necesito cabe en la bolsa y lo llevo a todos lados. La dueña de la fábrica de esponjas es amiga mía. Me vende los materiales baratos y yo aprovecho cada pedazo y hago formas que usan el máximo del material. Hago estos patitos, les pongo ojos. Los ojos los hago tiñendo la esponja con humo y los vendo a distintos precios según el barrio.
-Y cuando se le acaba la comida, ¿le va bien pidiendo?
-Claro. Es que hay que tener clase para pedir. Cuando llego a un lugar o paso frente a una oficina, pido hablar con el jefe, o con la autoridad. Lo hago con respeto, total no pierdo nada. Pienso que de cien personas, por lo menos una me va a recibir. ¡Y me reciben! Soy optimista porque tengo mucho tiempo y no ando apurado. Cuando hablo, soy un maestro chasquilla de la palabra. Le hago a cualquier tema.
-¿En serio?
-Me gusta conversar, invento mis historias. Una vez llegué a un pueblo donde andaba un político hablando en la calle, creando vínculos con el pueblo. El político era alto, pelo ondulado, ojos verdes. Me acerco y le digo: "Usted se equivocó de profesión". Me pregunta por qué, y le digo "usted es un artista, usted debería estar en Hollywood." Le caí bien al tiro. Así soy yo: disparo de chincol a jote.
-¿Se aburre en la huella?
-Nunca me aburro. Me cuento chistes solo. Voy inventando mis propias historias, payasadas, fantasías. A veces pienso que estoy loco, pero me entretengo. Ayer venía pensando y escribiendo un libro en mi mente. Le puse "el discípulo trece". Se trata de Judas.
Uno de sus amigos, José Parra Adarme (58), viene a sentarse a su lado. Está triste el amigo. Le prohibieron ver a sus dos hijos desde que cayó en la droga, y él solo quiere que su ex mujer lo perdone. Kottmann le hace bromas pesadas para sacarlo de su ensimismamiento. "Amo a mi mujer y a mis hijos. Me gustaría que lo leyeran en el diario", murmura Parra. "¿Lo puede publicar?". Del tejado baja un gato cojo que un anciano recibe y acaricia. Tres perros duermen cerca, docenas de palomas revolotean y huyen al abrirse el portón de ingreso al otro lado del patio.
Kottman y Parra comentan que acaba de llegar uno de los asistentes sociales.
"Pobrecito, está muy deprimido", lo compadecen.
-¿Ah, sí?
Los amigos asienten.
-Nos tiene preocupados. Es muy cabrito, y se pone a conversar con todos, quiere ayudar a todos, y eso no es posible. Se queda con eso guardado y no es bueno. Vamos a tener que hablar con él. Tenemos que decirle que se está involucrando.
Kottmann enciende otro cigarrillo.
-Nos tiene muy preocupados -reflexiona.