
Domingo 14 de junio de 2009
En un colectivo artístico de mi barrio filmaban una película. Su director decidió incluirme a última hora en ella. Fui a ver qué onda, porque yo nunca he sido actor.
La cosa era simple, había escenas de sexo que no las haría el protagonista, pues en pelotas, tenía una facha horrible. Yo hago gimnasia todos los días y tiro a rubio. Me apodan Di Caprio.
Es que el italiano se parece mucho a mí. Tengo una coraza de fibra muscular de miedo, y el poto redondo y duro como se lo piden las minas a Hotuiti.
Pero no sé si me la podré, el narcisismo me tiene castrado sicológicamente. Panchito, el dire del filme, alumno de cine de la universidad no sé cuánto, me convenció para hacer las escenas "cochinas" que faltaban.
Mi partner sería su hermana que estudiaba actuación. Yo la conocía de vista, le había tirado el churro dos veces, a lo más, pero nunca la topé sola, siempre la escoltaba Panchito.
Miraba de soslayo y sonreía. El día "D" del encuentro, vestía un pantalón apretadísimo, fue fácil figurársela pilucha. Del escote de la blusa asomaban tímidamente dos pechos modelados a mano. En un galpón industrial estaba el set, una pieza amononada, estilo "Toi et moi".
A la carrera apareció el protagonista de la película, venía a expresarme su odio. "Desvístete", me gritó Panchito. Alegué un poco por vergüenza, pero me empeloté igual. Hablaron, miraron bastante, finalmente asintieron.
La hermana del dire se ruborizó al ver el elemento que yo ponía amablemente a su disposición. Panchito optó por confidenciarme que su hermana era virgen y que a mí la inexperiencia, tal vez, me jugaría una mala pasada, pero que habían maneras seguras, si se encendía mi infierno interior, de bloquear la embestida del demonio.
Las noches siguientes soñé sólo con ella, la imaginaba mostrando el pellejo en la serie "Infieles", opacando a las culonas argentinas, unas puntudas que dicen "cáchame" en lugar de "hazme callar".
En los días previos, nos cruzamos dos veces, la saludé, pero ella se incomodaba, señal de que la cosa no era tan glacial como parecía. Panchito nos hizo repetir varias veces las escenas previas a la empiluchada.
Nos besamos no sé cuántas veces, le metía la rodilla entre las piernas, ya cortaba las huinchas. Como ella hacía todo mecánicamente, le puse el toque de calentura necesario.
La acaricié por encima y luego le metí la mano por debajo de las polleras, con amorosa impaciencia. Su actitud cambió de inmediato.
Me clavaba las uñas cuando la tocaba, y se encogía para que Panchito no advirtiera sus espasmos. Hasta que pasamos al momento culminante de la actuación.
Hicimos lo mismo que las parejas en la tele, que van a echar un polvito de mentira que tiene que parecer de verdad. Ella empezó a desabrocharme la camisa y le brillaban los ojos, los labios y una de sus comisuras saltaba involuntariamente. Brotaban gotitas de sudor en la punta de su nariz.
No le costó nada sacarse la blusa, desabrocharse la falda y patearla lejos. Yo tenía atascada una pierna del pantalón en el pie izquierdo. Ella la pisó y liberé el zapato.
Panchito estaba fuera de sí, movía los brazos para que continuáramos tal cual. Hasta que por fin quedamos desnudos. "¡Corten, corten! La cinta adhesiva, ponte la cinta, hermanita", gritaba, apurándonos. Mi compañera cortó un trozo y se lo pegó entremedio de las piernas.
Inmediatamente continuamos el merequetengue. Claro, el dire tuvo razón, se me pusieron los nervios de punta y ahora su pobre hermanita debía soportar mis mandobles. Ni D'Artagnan blandía tan mal su espada, pero ese era el trato, "la puntita ni nada".
A ella parecía enardecerle mi atolondramiento quinceañero. Tal vez no, quizás fuera una metida de dedo en la boca, o es que estaba haciendo su pega, su mentira cinematográfica.
O idealizaba su rol en beneficio de aquella ópera prima. Comencé a bajar el ritmo, porque además el sello genital me estaba despellejando el contorno del meato.
Un apretón repentino y su lengua salivosa penetrando mi boca, me hicieron reaccionar. "Se salió el scotch", dijo a punta de rodillazos en las costillas. Mi otro yo buscó a ciegas y tientos, en aquella viscosa oscuridad, guiado sólo con el control inalámbrico mental, el camino a la felicidad finaaaaaaaaaaal.
Cuando Panchito exclamó: "¡Corten, corten! Acabamos", casi grito: "¡Chóquela, cumpa!". Su hermana echó la cintura hacia atrás, suave, muy suavemente y salió corriendo, sujetando algo. El trozo de scotch no, ése lo despegué con disimulo de la sábana.
El filme les sirvió para ganar un premio Fondart al año siguiente.