
Domingo 14 de junio de 2009
Son las 11 de la mañana y los internos de Colina 2 conversan en los patios de los 14 módulos que tiene el penal.
En cada módulo la distribución del espacio es la misma: el primer piso para las áreas compartidas y el segundo y tercero para los dormitorios.
En éstos, los camarotes se levantan apretujados en pocos metros, mientras la ropa y artículos personales se acumulan en cada rincón. El hacinamiento se palpa.
Dormitorios, baños e instalaciones en general son mejores o peores, dependiendo de los reclusos que las ocupan.
Las condiciones más deplorables están en los módulos de los reos con mayor compromiso delictual, porque son los más refractarios a cualquier cosa que provenga de Gendarmería.
"El choro no acepta nada de nosotros; al contrario, lo destruye", dice el comandante Heriberto Muñoz, alcaide del recinto.
Pero hay una característica en común.De los dormitorios emana el mismo olor a grasa, comida, ropa "azumagada" y encierro.
Además, las paredes de los pasillos han acumulado esa grasa durante los 15 años de existencia de Colina 2, y después de tanto tiempo, una capa negra de suciedad cubre el verde original. Los mismos internos se encargan del aseo y, por lo que se puede ver, sólo el primer piso recibe una buena "baldeada".
También la rutina diaria es la misma para los mil 610 reclusos que allí se encuentran (su capacidad máxima es de 1.317).
El desayuno se sirve a las 9 de la mañana, luego los reos se asean y bajan al patio para esperar el "rancho" de mediodía, ya sea el almuerzo que proporciona Gendarmería o el que preparan ellos mismos.
A las 17 horas todos los internos deben estar en sus colectivos y a las 12 de la noche se apaga la luz.
LND recorrió la cárcel más cuestionada de Chile por las mortales riñas que se han registrado en los últimos meses y los supuestos privilegios que favorecerían a los condenados por narcotráfico.
Gendarmería no niega el primer problema, pero rechaza tajantemente la segunda acusación. Por lo mismo abre las puertas del controvertido módulo de seguridad Nº 2 o "Beta", para mostrar cómo viven los 104 reos por ley de drogas.
EL MÍTICO MÓDULO BETA
En rigor, en el módulo "Beta" no hay sólo narcotraficantes, también algunos homicidas y violadores que fueron segregados para evitar que los maten.
Cupertino Andaur, el ladrón que en 1992 acuchilló y ultrajó al niño Víctor Zamorano Jones, es uno de ellos. Este tipo de asesinos es de los más odiados en el mundo del hampa y en cualquier momento se la pueden cobrar.
En este módulo, Andaur corre menos peligro (La Nación publicará mañana una entrevista a Cupertino Andaur).
Los traficantes también son apartados del resto del penal, pero por otro motivo. "Si no los separamos, debido a que tienen mayores recursos, en poco tiempo reclutarían soldados y se producirían guerras para controlar el recinto. Con este sistema de segregación, no tienen contacto con los otros módulos. Por tanto, es falso que las últimas riñas en que ha habido muertos se deban a los narcos", afirma el coronel Carlos Muñoz, jefe del Departamento de Seguridad de Gendarmería
El "Beta" se creó como módulo de castigo y, por lo mismo, los colectivos tienen celdas de 2 metros de largo por 3 de ancho y 3,5 de altura.
Fueron pensadas para un solo reo, pero ahora las ocupan tres. Los camarotes llegan a medio metro de la losa superior y en todas las celdas hay un televisor de 14 pulgadas y un reproductor de DVD económico.
El espacio es ínfimo y en todos lados se ve ropa amontonada y vasos con cepillos de dientes.
En cada colectivo del "Beta" (dos por piso) tienen cocina a gas de cuatro platos y horno, además de un refrigerador bien provisto de carne y embutidos.
El coronel Muñoz afirma que no constituyen un privilegio, porque los internos pueden costearse estos artefactos de línea blanca. Los baños se encuentran en buenas condiciones, gracias al aseo y la mantención.
EL GIMNASIO DE LOS NARCOS
En el patio del módulo "Beta" está el supuesto gimnasio en que los narcotraficantes practicarían artes marciales, según una denuncia del año 2008 de la fiscal de la Corte Suprema, Marta Pinto.
Los reos tienen tres bancas de abdominales y otra para pecho, a las que se agregan una barra, algunos discos de pesas y unas mancuernas. Pero las bancas no son de acero reluciente, sino de perfiles de fierro sobrantes. Bastante toscas.
El "personal trainer" de los narcos es David Carter (45), un sujeto condenado a 33 años por tráfico, que recién ha cumplido diez.
"Lo único que nos ha dado Gendarmería es la autorización para tener discos, todo lo demás lo hemos hecho con material sobrante. Y no sé de dónde sacaron eso de las clases de artes marciales. Acá la mayoría tiene ponchera y no es capaz de levantar la pierna más arriba de la cintura", asegura este reo que está a cargo del "gimnasio".
Según el coronel Carlos Muñoz, los reclusos del módulo "Beta" no tienen cómo traficar al interior del penal, justamente por el mismo sistema de segregación.
"Sin embargo, eso no significa que no puedan dirigir la venta de droga en el exterior mediante celulares, como se ha descubierto en las investigaciones coordinadas entre el Ministerio Público, la PDI y Gendarmería. Y seguimos allanando para detectar más celulares", advierte.
Además, desmiente que los narcos tengan un régimen de visitas sin límite de horario. Afirma que sólo los jueves pueden recibirlas en un pasillo ancho y largo en el que llaman la atención unas estructuras de madera con ruedas y colchones.
"Son los venusterios móviles. Si usted se los quita provoca de inmediato un motín", señala el coronel Muñoz.
"LA CRÈME DE LA CRÈME"
Son las 12 del día y se acerca la hora del "rancho". Un recluso empuja un carro lleno de paquetes con prietas que reparte en cada módulo.
Se detiene en el Nº 5 a hacer la entrega y desde el interior, al ver cámaras fotográficas, algunos reos gritan: "¡Es pa' la tele, es pa' la teleeeee! No le compre a Gendarmería, caallero, las prietas son de puro grupo". El alcaide Heriberto Muñoz los mira y dice que "aquí está la cr me de la cr me".
En el módulo Nº 5 cumplen condenas 133 internos con grave compromiso delictual. Son asesinos y asaltantes que se pasean por el patio sin hacer nada durante horas.
Rechazan la rehabilitación y todo lo que provenga de Gendarmería, "porque esa es su cultura, los choros destruyen las instalaciones, por ejemplo, los baños. Y cuando los reparamos, a la semana ya están destruidos nuevamente", explica el alcaide Muñoz.
Los colectivos de este módulo no tienen celdas, sino que unas divisiones más amplias llamadas cuadrantes. En los camarotes y en el piso se amontonan la ropa y los objetos personales.
No tienen cocina a gas ni refrigeradores, sólo cocinillas a parafina o eléctricas. Incluso muchas de éstas últimas son artesanales: en un ladrillo fiscal encajan una resistencia de alambre enroscado que conectan a un enchufe. Un verdadero anafe.
Esta habilidad de los reclusos tiene otras aplicaciones. Son famosos por destruir paredes y marcos de ventanas para obtener metales y fabricar estoques.
También pueden elaborar alcohol con cualquier vegetal que fermente, incluso con arroz cocido. "El sake, licor japonés, está hecho con arroz, así que no es muy difícil. Por lo mismo, constantemente hacemos allanamientos para incautar alcohol", explica el alcaide.
La angustia por drogas también despierta la imaginación de los internos. Los gendarmes ya conocen los trucos para ocultarlas en encomiendas o en el cuerpo de los visitantes, por eso los reos y sus familiares han inventado otros sistemas.
Por ejemplo, se descubrió que desde el exterior les lanzaban pelotas de tenis rellenas con droga.
Pero lo peor del módulo 5 y otros similares son las riñas. Como la del domingo 26 de abril pasado, cuando murieron diez reclusos en un incendio provocado por el volcamiento de una cocinilla a parafina, en el módulo Nº 6.
"No podemos prohibirles las cocinillas a parafina, porque son parte de su cultura. Sin embargo, están ahí y sabemos que pueden convertirse en un arma", indica el alcaide. Actualmente, el módulo 6 permanece clausurado por orden de la Fiscalía de Colina, que investiga las muertes.
LA REHABILITACIÓN FUNCIONA
Pero en Colina 2 también hay ejemplos de rehabilitación y reinserción social. En el módulo Nº 11 cumplen condena 130 internos que están en la recta final para recibir beneficios penitenciarios.
Gracias a un proyecto del Ministerio del Interior, acceden a talleres laborales de mueblería, talabartería, vitrofusión, cerámica y confección de bolsos. Incluso, algunos reos ya trabajan en medio libre de lunes a viernes. Salen en la mañana y vuelven a las 10 de la noche.
Manuel Soto (39) ha cumplido cinco años de una sentencia de ocho por hurto. Junto a otros ocho reos instaló el taller de hechura de bolsos "Dios con nosotros" y poco a poco se transformó en una microempresa.
"Empezamos con tres máquinas de coser y 500 bolsos mensuales y ya estamos entregando 6.750 bolsos al mes. Cuando salga me voy a instalar con una sucursal en Colina, voy a vivir de esto, se acabó el delito para mí, porque es muy dura la vida en la 'cana'. No se lo doy a nadie".