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  El monstruo uruguayo

  El monstruo uruguayo

  Juan Carlos Onetti: A 100 años de su nacimiento y a 15 de su muerte. La Viuda del escritor habla en exclusiva. Fragmentos del libro de Vargas Llosa. Su editora recuerda sus últimos días

Domingo 21 de junio de 2009

Fumaba tanto como respiraba. Sabiendo que la vida es derrota optó por la escritura, desplegando una mapa de la existencia en las páginas que tecleaba, en su juventud, desde un subterráneo bonaerense. Sus personajes fumaban tanto o más que él, y rápidamente tendió los principios de lo que debía ser un escritor. "Escribirá porque sí, porque no tendrá más remedio que hacerlo, porque es su vicio, su pasión y su desgracia".

Juan Carlos Onetti nació en Montevideo el 1 de julio de 1909 (hace cien años). Ochenta y cinco años después, el 30 de mayo de 1994 (hace quince) dejaría de respirar -nunca dejó de fumar- en un octavo piso del número 31 de la avenida de América en Madrid.

Como los valientes, Onetti abandonó el colegio a los 13 años, y desde su casa de la calle Dante, en Montevideo, dedicó su tiempo a leer, sobre todo relatos de aventuras, donde no faltaba Julio Verne. Luego, y ya con el humo del tabaco entrando y saliendo de los pulmones al compás de la máquina de escribir, esbozo sus primeras historias.

Escritores como Céline, Dostoievski, James Joyce, siempre Faulkner y Knut Hamsun, fueron su compañía. Por esa afición "le debo mi miopía", decía, y aprendió a leer en inglés y francés. En "El pozo", su primera novela, escribió en esos pequeños apartados como capítulos: "Dejé de escribir para encender la luz y refrescarme los ojos que me ardían. Debe ser el calor. Pero ahora quiero hacer algo distinto. Algo mejor que la historia de las cosas que me sucedieron".

Onetti era tímido, callado y a veces muy depresivo. Pero también un astuto mujeriego y sagaz con la estupidez y la hipocresía. Su mundo literario estuvo del lado de las putas, los analfabetos, la desesperanza, la desgracia y la pobreza, y cuando dio el discurso por la entrega del Premio Cervantes en 1980, frente a los reyes de España, partió diciendo: "Yo nunca he sabido hablar ni bien ni regular. La elocuencia, atributo muy hispánico, me ha sido vedada".

Ahora el mundo lo celebra y reconoce. En la Casa de América en Madrid, Mario Vargas Llosa lo recuerda y alaba su obra, en Uruguay se celebra el Año de Onetti y el tercer tomo de sus "Obras completas" por la editorial Galaxia Gutenberg acaba de aparecer.

¿Era realmente hosco el autor de "La vida breve"? En la década del 70 se hicieron famosas las entrevistas de Joaquín Soler Serrano en su programa "A fondo", donde el periodista español se dio el gusto de entrevista a Cortázar, Rulfo, Carpentier, Borges, entre otros autores hispanoamericanos. Hasta que llegó el turno de Onetti. Sentado, fumando, la imagen en blanco y negro, y sus palabras iniciales: "Quizá lo mío es un problema de timidez, de nerviosismo".

UNA ESQUINA SOLITARIA

Sus primeros trabajos fueron de empleado. En una empresa de neumáticos, de recepcionista de un dentista, vendedor de entradas en el Estadio Centenario, y mozo del bar del Ministerio de Salud Pública del Uruguay.

Hasta que llegó al periodismo, y junto a dos amigos sacó una revista satírica, La Tijera de Colón, que alcanzó siete números entre 1928 y 1929. La revista organizó un concurso de belleza, donde Onetti ocupaba el primer puesto en el lugar de los feos.

Ya usaba lentes -de marcos gruesos- por su miopía, y engominado como un cantor de tango ingresó, a fines de los años 30 al semanario Marcha, de cercanía con la izquierda latinoamericana, donde fue el primer secretario de redacción. Allí escribe la columna "La piedra en el charco", que firmaba como Periquito el Aguador. Luego la pluma se cambiaría de sección. Hace "Cartas al director", firmadas por un tal Groucho Marx, pero se alejaría de Marcha por diferencias políticas con su director.

Al tiempo logró un puesto más estable en la agencia de noticias Reuters. Primero en Montevideo y después en Buenos Aires, donde se quedó 14 años. Logra publicar algunos cuentos en diarios y revistas, y parte con uno titulado "Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo".

Ya en 1939 ve la luz su primera novela "El pozo" por ediciones Signo. Ahí escribirá que el surrealismo es retórica, y se pregunta: "¿Por qué los sucesos no vienen al que los espera y los está llamando con todo su corazón desde una esquina solitaria?".

Onetti comienza a leer la Biblia, no siendo religioso, y se da cuenta que en el Eclesiastés está la madre del cordero, mientras escribe acompañado de vasos de vino mezclados con agua. Su lema era "Que me dejen en paz", y decía que el principal rasgo de su carácter era la pereza y su sueño dichoso: "Whisky y una buena novela policial que todavía no he leído".

ESQUELETOS TOMANDO WHISKY

Onetti hizo su vida entre Buenos Aires y Montevideo. El río de la Plata, la llamada literatura rioplatense que, en la suya, sería universal. Hasta que llegaron los miserables de la dictadura de Juan María Bordaberry. El escritor fue encarcelado tres meses en 1974, pero las movilizaciones internacionales solidarizando con el prisionero, lograron su liberación.

Al año siguiente viaja a España con su esposa, invitado por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, ciudad en la que finalmente fija su residencia, pasando los últimos diez años de su vida en cama. Una noche larga y voluntaria, junto a rumas de tabaco, el inagotable whisky y una torre de novelas policiales.

A su llegada a la capital española estuvo dos años sin poder escribir un miserable párrafo. "Por simpatía me resigno", decía, como también que "los países felices y las mujeres honradas no tienen historia".

Pero la historia es más larga, y se extiende en una serie novelas y relatos, donde el doctor Díaz Grey, Larsen y Santa María gravitan en una órbita habitada en libros como "Los adioses", "Tiempo de abrazar", "Para una tumba sin nombre", "Dejemos hablar al viento", "El astillero", su obra más traducida, tanto al hebreo, el danés, el húngaro, como al checo.

Santa María, la ciudad donde ocurren sucesos ocultos, traiciones, amores fugaces, fue parida según cercanos al autor, recordando un breve viaje que hizo a la provincia de Entre Ríos, en Argentina.

"La vida breve" (1950) y "Juntacadáveres" (1964) han sido sus novelas más destacadas. De la primera aseguraría Onetti: "Es mi mejor novela", un juego de espejos, de identidades alteradas que, ya en la segunda, pasarán a ser un baño de alcohol, desolación y delirio.

En sus últimos años de vida el escritor rioplatense se dedicó a releer -sin dejar nunca el Eclesiastés-, hincándole el diente con ansias a las novelas policiales, como intentando descifrar algo más.

Tres años antes de morir -a veces veía a la gente que lo visitaba como esqueletos-, acostado en su cama con una sudadera, junto a paquetes de cigarrillos, y una barba blanca de bigotes amarillos, afirmó: "¿Uruguay? Los lugares comunes, la nostalgia, el saber que no voy a volver".

Un año antes de la partida se publicó por Alfaguara la que fue su última novela, "Cuando ya no importe", donde anotó: "La vida me sigue asombrando porque cada día me despierto más joven", pero también dejó claro que "la losa no protege totalmente de la lluvia y, además, como ya fue escrito, lloverá siempre". LCD

 

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