El milagro ocurrió una tarde de los años 40, en la calle Reconquista de Buenos Aires. Ella, una argentina con la altura de un armario, caminaba a pasos firmes con un violín en la mano. Su pelo arremolinado y rubio fue una revelación que Juan Carlos Onetti llegó a escribir como solía, a mano y a paso de tortuga, mientras fumaba cigarrillos rubios y paría con sorbos de vino su libro "La vida breve".
"Te metiste en mi novela", le diría más tarde el escritor a Dorotea Muhr ("Dolly"), evocando el pasaje en que el entrañable doctor Díaz Grey golpea la puerta de míster Gleason y se encuentra, de golpe, con una muchacha haciendo "sonar en el violín una interminable frase nostálgica que trataba de imponer, sin violencias, el prestigio de un recuerdo".
"Luego, en el 55, empezamos nuestra vida en común en Montevideo", rememora la mujer que se convirtió, durante más de treinta años, en la cuarta y definitiva esposa del autor de "Los adioses". Al teléfono y desde el departamento que compartieron durante 19 años en Madrid, su voz suena íntima como una sinfonía de Brahms. "Teníamos un pequeño piso de dos habitaciones que era (suspira) éramos muy pobres, no teníamos heladera ni casi nada. Pero fue una época muy hermosa, porque Uruguay además estaba muy lindo. Juan tenía muchos amigos intelectuales, escritores, pintores y como era chico, se conocía a todo el mundo", dice probablemente con la mirada perdida en aquel mueble de madera que sonríe desde el comedor del departamento de Avenida América, el que conserva las fotos y manuscritos de "Dejemos hablar al viento" o "Cuando ya no importe", considerado una especie de testamento literario.
TABACO Y NERUDA
A ese edificio fatigado por el sol, "Dolly" y Onetti llegaron por accidente. Tras la encarcelación del escritor en 1974, durante la dictadura de Juan María Bordaberry, no les quedó otra alternativa que el exilio. El uruguayo ya había tenido tres esposas antes, entre ellas su prima (María Amalia Onetti) y la hermana de ésta (María Julia). Tímido y de voz ronca según los que lo conocieron, su vida y sus libros serían incomprensibles sin la presencia femenina. Esas mujeres jóvenes, adultas o prostitutas que con halo misterioso, se manifiestan en sus historias como en sueños, plagadas de ternura y sensualidad, despojadas de una inocencia que Onetti les intentó devolver con una pluma piadosa y melancólica, como su viejo Montevideo.
"Era un conquistador", confirma ‘Dolly’. Y entonces desempolva un verso de Pablo Neruda, autor que el uruguayo admiraba al nivel de Shakespeare. "Mujer, nada me has dado y sin embargo / a través de tu ser siento las cosas: / estoy alegre de mirar la tierra / en que tu corazón tiembla y reposa", le recitó para seducirla. "Es muy hermoso, aunque después Juan me confesó que lo había usado con otras chicas. En un momento, cuando estuvo en Nueva York y estaba Neruda, le dijo: ‘Gracias por tu poema, porque me ha servido de mucho’. Yo me reí muchísimo, nunca fui celosa", cuenta la violinista.
-"Soy un hombre solitario que fuma en un sitio cualquiera de la ciudad", dice en "El pozo". ¿Así era él también?
-Era un solitario, sí. Aunque él hacía una diferencia entre él -el ciudadano solitario que leía y vivía sus amores- y el Onetti, que era el personaje público. ¡Quién es este Onetti!, decía Juan, ¡cómo molesta! Porque Onetti era el que tenía que hacer todas las entrevistas, lo cual lo fastidiaba mucho.
-Él siempre quiso desmarcarse de su leyenda
-Sí, porque él no era el escritor pesimista, sino el hombre que escribía. Tenía un presente lleno de felicidad y de goce. Él sentía un gran placer escribiendo y vivía el presente. Nunca releía su obra tampoco. Lo que amaba era aprovechar ese momento de creatividad. Era un hombre muy tierno, le gustaban los niños y los animales. Tuvimos una fox terrier durante 14 años (Bice, el diminutivo de Beatrice) y vivía su vida amorosa muy intensamente. Le gustaba fumar, tomar, salir con los amigos, los cafés, ése era el Juan verdadero. El escritor, que estaba ahí entre las candilejas, no le interesaba.
-Onetti escribe mucho sobre Santa María, esta ciudad mítica donde acontecen varias de sus novelas. ¿Cree que después de muerto haya podido reencontrarse con ese lugar?
-Me parece muy lindo imaginarlo así. Quién sabe a lo mejor está en el cementerio junto con El Chivo. Es muy hermoso eso. Juan decía "me gustaría saber lo que pasa con mis libros después de muerto". Era por sobre todo un curioso.
-También era un apasionado por las novelas policiales. En los años 30 las escribió bajo seudónimos y en los últimos de su vida las leyó como un poseso. ¿Qué significaban para él?
-Ahora mismo estoy mirando dos bibliotecas enteras. A él le gustaban mucho, era un experto, especialmente en la novela policial norteamericana. Leía Hadley Chase. Lo que le gustaban eran los argumentos. Y tenía mucha bronca cuando trampeaban. Cuando no coincidía el principio con el fin, se enojaba.
-¿Los quemaba con el cigarrillo?
-No, esos eran los grandes dictadores. Los quemaba mientras leía el periódico. Era muy pasional.
-Cristina Peri Rossi dice que "Onetti es uno de los pocos existencialistas de la lengua castellana" y Vargas Llosa que no recibió todo el reconocimiento que se merecía. ¿Le quedamos debiendo el Nobel?
-No. Juan siempre decía, "a mí nunca me lo van a dar". Y la verdad es que el Cervantes ya había sido muy maravilloso. Sobre si era un existencialista, claro que sí. Por ejemplo en "Tierra de nadie" hay un personaje que está en la estación y mira su mano y siente que ésta es una araña. Y eso fue antes de Camus y de Sartre, dos autores que por cierto leía mucho.
-Hace un mes que partió Benedetti. Ustedes fueron vecinos de él en algún momento
-Sí. Estábamos a cinco cuadras aquí en Madrid. Nos veíamos mucho, venía aquí cuando volvía de Montevideo y le contaba a Juan cuáles eran las últimas novedades. Pobre Mario, se vino abajo. Cuando murió su mujer perdió interés en la vida. Aunque siguió escribiendo hasta el último. A mí me dolió mucho su muerte.
-En 1969 Onetti vino al Encuentro Latinoamericano de Escritores en Chile. ¿Usted vino también?
-Para mí fue uno de los momentos más maravillosos de mi vida, porque fuimos con una cantidad de escritores y todos nos alojábamos en un tren. Íbamos hacia el sur, empezando por Santiago, fuimos a Valdivia y llegamos hasta Puerto Montt. Era la época antes de Pinochet obviamente, entonces casi todos los escritores que iban eran de izquierda. Después de Puerto Montt nos llevaron en barco a una isla en la punta. Fue muy bonito, porque convivimos durante un largo viaje.
-Él echaba chistes sobre su apariencia. ¿Es verdad que se encontraba feo?
-Era el oso feo como dice el dicho. "El hombre como el oso más feo es más hermoso" (se ríe). La verdad es que era muy interesante, muy guapo, pero de una manera distinta, muy rara. No es el guapo clásico. Era un conquistador. Sabía tratar a las mujeres.
-¿Cómo fueron los últimos cinco años? ¿Es cierto que estuvo postrado, bebiendo whisky y leyendo?
-Él siempre leía en cama. Por lo que no significaba que estuviera mal. Después, cuando recién se sentía mal, se quedó del todo. Pero esa leyenda no es verdad. Yo le pasaba a máquina todo lo que escribía. Lo hacía encantada. Él escribía muy lento y no corregía casi nada. Era muy perezoso.
A metros de ese mítico dormitorio es que "Dolly" habla hoy. Con 84 años, acaba de volver a casa en Metro. Vital, la mañana del martes estuvo inaugurando una exposición en el Centro de Arte Moderno de Madrid. Asimismo, participará en un ciclo de mesas redondas que organiza Casa de América. "Es importantísimo lo que está pasando, porque con todos los festejos y los homenajes que se hacen (el libro de Vargas Llosa, el tercer tomo de las ‘Obras completas’ y la obra que va a salir ahora con las cartas que él escribió al famoso crítico de arte argentino Julio E. Payró en la época de ‘El pozo’) se logra lo que siempre espero, que más gente lea a Juan, porque sigue siendo muy inaccesible. Estoy recordándolo mucho, es difícil a ratos, pero emotivo", confiesa la argentina que acompañó al cronista del fracaso. Ese hombre que en una vieja fotografía, en blanco y negro, aparece de perfil, contemplándola como se reconocen los amores de toda una vida. En ella "Dolly" aparece de espaldas y con el violín contra el hombro izquierdo, bañada por la luz virginal de la ventana. Desenfadada y dulce como esa milagrosa tarde en Buenos Aires y tal vez repasando aquel verso de Neruda, "nada me has dado y todo te lo debo". LCD