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  Madres del mundo

Domingo 21 de junio de 2009

"Conocí a una hermosa niña de 14 años, de largas trenzas doradas y de cuya extraordinaria belleza quedé súbitamente prendado". Así relata el ex Presidente Gabriel González Videla el primer encuentro con Rosa Markmann, más conocida como Mitty. La trenza en cuestión, convertida en moño o tiara, acompañará a su dueña hasta el fin de sus días.

En la década de los cuarenta, desde su rol de primera dama, Rosa deviene un ícono de la moda chilena. Coronada por su ya característica trenza, representa a la perfección el papel de madre de Chile. Incluso cuando presiona para que se apruebe en el Congreso el voto femenino, sin restricciones, haciéndose cargo de la demanda de sus congéneres que desde hace años luchan por esta causa. Mitty adhiere impecablemente al libreto de la época, en materia de feminidad. Adicta a los trajes sastre, que neutralizan el cuerpo, los prefiere blancos en épocas cálidas y oscuros en invierno. Las joyas se reducen al clásico collar de perlas de dos vueltas, los aros haciendo juego y prendedores en las solapas de las chaquetas. Reluce la rectangular placa de brillantes, un lugar común entre las damas chilenas de los cuarenta y cincuenta. Los sombreros, más exóticos, aportan el desenfado necesario para contrarrestar la rigurosidad de los conjuntos de dos piezas.

El guardarropa de Rosita es tan amable que puede ser reproducido con relativa facilidad por un sector nada despreciable de señoras. Desde la posguerra, el desarrollo de la industria textil nacional pone a disposición de las consumidoras lanas y algodones, a precios razonables, que permiten imitar el look de las famosas. Los confeccionistas comparten esta misma lógica reforzando el carácter práctico y multifuncional de la vestimenta.

La belleza y garbo de Markmann son elogiados en Estados Unidos cuando recibe el título de Madre del Mundo, otorgado por el Comité de Mujeres Norteamericanas. Allí, decide honrar a la mujer chilena relevando "su lucha por mantener su hogar, pedestal de la familia y de la patria".

Muchos años después, Mitty inspira a Lucía Hiriart de Pinochet, la otra madre de Chile, quien adopta con bastante menos gracia los virginales trajes sastres blancos e intenta, a como dé lugar, poner de moda los sombreros. Sin embargo, lo que visibiliza a la "señora Lucía" es una masa de voluntarias que la idolatran, uniformadas con un doméstico delantal institucional, color burdeo. Lucía concurre al funeral de Rosa Markmann. Destaca su gentileza y gran entrega a la patria.

 

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