
Domingo 21 de junio de 2009
Desde la reinstalación de la democracia, las encuestas han ganado terreno en la opinión pública, en el menú de los medios y en el presupuesto de los partidos. Los consultores se han convertido en cotizados pitonisos de la política nacional, cuyos augurios más o menos precisos les han otorgado un poder omnipotente.
Las encuestas de opinión son carísimas y se pagan bien, las consultoras no son entes filantrópicos, por lo que no están ajenas a la virtual utilización de sus informes. Personalmente me cargan las encuestas, los focus group y todos los sistemas de medición de masas, porque liquidan cualquier apuesta o riesgo y se termina haciendo siempre lo que ellas mandan. La gente que responde encuestas tiene el tiempo para hacerlo y, si lo tiene, es porque no hace mucho en todo orden de cosas. Siempre lo he dicho, nunca me cayó bien Enríquez-Ominami, pero sería injusto no reconocer que varios pensamos que torcería el curso de la política en una dirección diametralmente opuesta a la del pasado, esto a pesar que en sus últimas apariciones (¿alguien vio su mensaje a los sordomudos?) parecía más un niño del clan infantil jugando a ser Presidente que una apuesta seria por la renovación política.
Más que Piñera, el gran perdedor fue él, que ya se veía entrando a La Moneda del brazo de Karen y su madre o estacionando el helicóptero de Max Marambio en el Patio de Los Naranjos. Admitámoslo: su irrupción refrescó la política y nos permitió llenar varias conversaciones de café especulando qué mierda pasaría en Chile si eventualmente fuera elegido Presidente. Pero las aguas se aquietaron y todo volvió a estar como siempre. Piñera seguirá intentando acercarse al pueblo sin ni siquiera saber cómo hablarles, tratando de explicarlo todo de un modo didáctico y soporífero. Un consejo. Candidato: por favor trate de aprender a combinar registros de voz surtidos, para que no latee como lo hace. Frei, por su parte, que no es más entretenido que Piñera. A pesar de que se las ingenió para despojarse de un exceso de seriedad, todavía le falta épica y calentar a la masa. Señores: ahora que entramos a la recta final. Lo mínimo que uno podría pedirles es que por favor no se arrepientan de lo que, aterrados por la presencia de Marquito, prometieron: legalizar las uniones homosexuales y el aborto terapéutico, pero sobre todo denle un poco más de clase a la mal llamada clase política, creando un escenario donde ojalá sea posible el trabajo del encéfalo más que el de la fotogenia y la chimuchina.