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  Post-coitus

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  La mulata gemía. Mis dedos comenzaron a abrir su húmedo y cálido tesoro. Sentía sus labios henchidos, mientras mi boca se acercaba más y más hasta quedar a ese exquisito centímetro que permite retomar el aliento.

Domingo 21 de junio de 2009

Una tarde subí al atestado Metro. Por casualidad me pude sentar y rápidamente me venció el sueño.

Al rato percibí una agitación. Al abrir mis ojos vi que una mulata, de unas medidas que calculé en 90, 60 y 120, se sentaba a mi lado. Iba vestida de minifalda y polera ajustada. Me pasó a llevar las piernas y su derriere, como dicen los franceses, estuvo tan cerca de mi cara que terminé de despertar.

Producto de los vaivenes del carro, nuestros muslos se tocaron. Los míos, enfundados en un pantalón gris, los de ella, desnudos. Esperé otro bamboleo y apreté mi muslo contra el de ella. Se me erizaron los pelos. La verdad que todo lo que se tenía que erizar, se erizó.

La miré y me encontré con una sonrisa y unos ojos que parpadeaban intensamente. No pude más. Haciendo un esfuerzo para que mi voz no sonase meliflua, le hice una pregunta estúpida, porque veía que ella no tenía reloj.

-¿Me puedes decir la hora?

La mulata movió negativamente su linda cabeza. Sin saber qué hacer, le volví a lanzar otra estupidez.

-Hace calor...

Y ella respondió: No lo creo. Tú sí que debes estar acalorado. No sé cómo aguantas la corbata y esos pantalones.

Ya se había entablado un diálogo así es que pregunté:

-¿De dónde eres?

-Soy cubana, respondió.

-¿De vacaciones?

-No, estoy por trabajo. Soy cardióloga. -Ah, cardióloga... que suerte tengo. Mi corazón es delicado, de hecho en este momento siento severas palpitaciones- (eso era verdad, mi corazón latía como un bombo).

La quedé mirando, como esperando que mis palabras surtieran efecto, porque claramente ella no se amilanaba ante mis insinuaciones. Se rió, dejando ver sus lindos dientes blancos. Mientras nuestros muslos seguían pegados, volví a preguntar:

-¿A dónde vas?

-Me bajo en la Estación República.

-Qué casualidad. Ahí mismo bajo yo. Voy a hacer clases a la universidad.

La mentira era descarada, pero había que atinar.

Cuando descendimos del Metro juntos, le pregunté si había almorzado. Respondió que no, así es que no quedó más que proceder a la invitación correspondiente.

-Conozco un restorán por acá.

-Pero ¿y tu clase?

-No te preocupes, la postergo.

El almuerzo fue rápido. También el acuerdo al que llegamos: encaminamos a un hotelito.

Con los espejos de la habitación la mulata se multiplicaba ante mis ojos y la comencé a besar apasionadamente. Primero besé suavemente su boca y mientras ella entreabría los labios, le introduje mi lengua carnosa. Pese a que las ropas aún permanecían en su lugar, nuestros sexos se intuían. Mordisqueaba su oreja, mientras respiraba su aroma sumergido con mi nariz en su frondoso pelo negro.

Comenzamos a desvestirnos lentamente. Ella quedó apenas con su sostén y un pequeñísimo calzón. En ese momento nos lanzamos a la cama y aproveché de desnudarla por completo. Sus pezones erectos sobresalían tanto como sus senos duros y redondos. Los comencé a succionar mientras mis manos amasaban sus mamas. Cada vez que la succionaba un rayo recorría su cuerpo. Poco a poco me comencé a deslizar, bajando a su vientre tibio. Iba besando suave y pausadamente ese cuerpo de piel mate. Mientras, mi mano jugueteaba con su vello ensortijado.

La mulata gemía. Mis dedos comenzaron a abrir su húmedo y cálido tesoro. Sentía sus labios henchidos, mientras mi boca se acercaba más y más hasta quedar a ese exquisito centímetro que permite retomar el aliento. Luego seguí. Sumergí mi boca y pude sentir su corazón latiendo en su sexo. La mulata emitió otro gemido y comencé a saborearla, totalmente embriagado mientras sus gritos se transformaban en aullidos y yo la penetraba con la lengua. Con sumo cuidado yo avanzaba en mi estrategia girando lentamente mi cuerpo hasta que mi propio sexo estuvo cerca de su boca. Cuando lo apretó entre sus labios, desfallecí.

Estaba oscuro cuando desperté. Sólo en ese instante me di cuenta que ya se había ido del hotel.

No estaba su ropa. Y la mía tampoco. //lnd

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