
Domingo 28 de junio de 2009
La ruda derrota de los partidos socialistas y socialdemócratas en las elecciones europeas es más bien un misterio. La razón más evidente para que la izquierda hubiese emergido victoriosa es, por supuesto, el fracaso de la ideología neoliberal, según la cual los mercados funcionaban mejor sin regulación. El desplome del sistema financiero permitía a todo el mundo comprender que esta ideología, dominante desde hacía un cuarto de siglo, está ahora terminada. El programa socialista tradicional (economía keynesiana y regulación social de los mercados) debiera entonces haber traído por lógica una victoria electoral de las formaciones de izquierda. Ello no se produjo. La razón de esa paradoja es simplemente que los líderes europeos de derecha (por ejemplo el Presidente francés, la Canciller alemana y los primeros ministros sueco y danés) se embarcaron de inmediato en esta vía cuando la crisis golpeó a sus países; se apropiaron así del programa de los socialistas, dejándoles poco margen de maniobra.
Es aún más difícil entender el fracaso de la izquierda cuando se sabe que todas las investigaciones en epidemiología social coinciden hoy en decir que las desigualdades sociales y económicas amenazan globalmente el bienestar de la sociedad. Según los trabajos ampliamente difundidos de Richard Wilkinson y Kate Pickett, por ejemplo, mientras más desigual es una sociedad, más numerosos y devastadores son los problemas sociales. Una de las enseñanzas más interesantes de su última obra, "The spirit level", es que la desigualdad no afecta únicamente a las capas menos acomodadas de la sociedad, sino también a la clase media. Por ejemplo, es bien conocido que los niños cuyos padres tienen un buen nivel educacional tienen todas las posibilidades de que les vaya mejor en la escuela. Al mismo tiempo, esos estudios muestran que, incluso entre los niños salidos de las familias más instruidas, aquellos que viven en los países más igualitarios son más cultos. Del mismo modo, el riesgo de tener una enfermedad mental es cinco veces más alto en los países más desiguales de la OCDE que en los países menos desiguales. Para todas las clases sociales, la esperanza de vida es más larga en las sociedades más igualitarias. Wilkinson y Pickett muestran que la expectativa de vida, la mortalidad infantil, el poco peso al nacer y la autoevaluación de la salud se revelan a menudo desfavorables en las sociedades más desiguales. La lista podría alargarse. El problema de fondo consiste en que no solamente los pobres, sino todo el mundo, parece tener interés en vivir en una sociedad menos desigual cuando se trata de salud y de bienestar social. Asimismo, la desigualdad en el trabajo constituye un importante mal social. La falta de responsabilidades y de medios de acción en el trabajo es, por evidencia, perjudicial para la salud y reduce la esperanza de vida en varios años. Se puede agregar que el programa neoliberal, según el cual un exceso de desigualdades se traduciría en un crecimiento económico, se ha revelado inexacto. Incluso si se excluye a Noruega, país rico en petróleo, los otros tres países nórdicos, que tienen programas de protección social comparativamente extendidos y altos niveles impositivos, tienen buenos resultados en materia de crecimiento económico. El enigma es por lo tanto total: ¿Por qué los partidos de izquierda han sido incapaces de transformar en una cuestión política estas constataciones empíricas? La reducción de las desigualdades sociales y económicas mediante diversos sistemas de protección social, servicios sociales y una enseñanza pública de calidad parece pagar. Esa fue tradicionalmente la estrategia de la izquierda y los críticos neoliberales de esta ideología política hoy fracasan. Habida cuenta del hundimiento de los mercados financieros, de la derrota ideológica del programa neoliberal y de las múltiples investigaciones que ponen en evidencia las ventajas de una mayor igualdad social y económica, la izquierda debiera haber ganado.
La razón de este fracaso no es tan evidente. Una posibilidad es el abandono por la izquierda en Europa de su más antiguo y mejor aliado, a saber, el proyecto de una política que se apoye sobre la idea de la Ilustración, y su idea concomitante de la existencia del hombre universal, y de allá los derechos humanos universales. En lugar de eso, las prioridades políticas de los partidos de izquierda se han hallado dominadas por un pensamiento posmodernista, antiempirista e intelectualmente oscuro. Este pensamiento parece incapaz de imaginar que una política pueda reposar en una combinación de visiones ideológicas de lo que es normativamente bueno y de estudios empíricos sobre lo que es posible en el plano práctico. Del mismo modo, la izquierda en gran parte ha abandonado la idea de una política fundada en los derechos humanos universales y ha sido sobrepasada por lo que llaman la política identitaria. En lugar de impulsar una política para todos, la izquierda se ha convertido en un conglomerado de fuerzas que se esmera en poner por delante los intereses de diversos grupos cuyos miembros se consideran oprimidos debido a su identidad común y marginalizada, trátese de raza, de religión, de orientación sexual, de especificidad de sexos, de intereses culturales, de handicaps físicos y mentales, etc.
Casi por definición, la política identitaria es antimayoritaria y factor de divisiones. Así es como esta forma de política creó de facto una mayoría contra ella misma, pues se apoya en una ideología que pone en primera línea la movilización política contra la mayoría. Es igualmente muy difícil constituir una mayoría política sobre la adición de políticas identitarias, ya que, en realidad, esos grupos diversos tienen muy pocas cosas en común. Así, los homosexuales tienen poco que compartir con la mayoría de los inmigrantes de los países del Medio Oriente, que tienen a su vez pocas posibilidades de comprender las políticas formuladas por personas afectadas, por ejemplo, de obesidad. Las injusticias y la marginalización resentidas por los diferentes grupos son específicas de cada uno de ellos y no pueden ser generalizadas a los otros.
La consecuencia práctica de esto es que la prioridad otorgada previamente por la izquierda a programas sociales universales ha sido reemplazada por programas que se dirigen a grupos identitarios específicos. De esta manera, la política de izquierda, más que agrupar, se ha hecho antimayoritaria. En conclusión, el giro posmodernista del pensamiento político de izquierda ha marginado su proyecto político tradicional; y eso ha desembocado en esta sorprendente derrota electoral.