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  Honduras: una crisis a fuego lento

  Honduras: una crisis a fuego lento

  El golpe de Estado en Honduras, cosa que se niegan a reconocer las actuales autoridades de facto, no se gestó en la última semana de junio, sino en 2005, cuando Manuel Zelaya fue elegido como Presidente de Honduras y desafió a los llamados "poderes fácticos" del país, que controlan el Poder Judicial y el Congreso.

Domingo 5 de julio de 2009

En cada una de las manifestaciones a favor de Manuel Zelaya hay incienso preparado especialmente por la comunidad afroamericana de Honduras. Una mezcla de elementos aromáticos que busca atraer los buenos espíritus y la paz al país, hoy profundamente dividido entre los que quieren el regreso de "Mel" -como llaman al depuesto Presidente- y de los que prefieren que permanezca fuera del país. Ese olor también estuvo presente en las manifestaciones frente a la OEA en Tegucigalpa para respaldar las fallidas gestiones de José Miguel Insulza con las autoridades de facto locales, con miras a restaurar la democracia. Pero es un asunto que no parece pronto a resolverse. Porque la crisis que detonó justo hace una semana no fue más que el resultado de un proceso que se cocinó a fuego lento, pero que ninguna autoridad internacional supo prever en sus consecuencias.

El viernes, Insulza llegó a un país que vive a su manera el golpe de Estado. Para quienes creían llegar a Honduras y ver una nación sitiada por militares, con una economía paralizada y con el resurgimiento de una tenebrosa policía secreta al estilo de la década del 70 y 80, la realidad ha sido distinta. Tras el derrocamiento de Zelaya y la fuerte presión internacional, el gobierno de facto de Micheletti ha tomado medidas para dar una imagen de cierta normalidad. El comercio, incluidos los malls, permanece abierto y los ciudadanos concurren a sus actividades de trabajo, salvo los profesores que se mantienen en huelga a raíz de la situación política. El toque de queda ha sido lo más fuerte para esta sociedad, ya que entre las 22 horas y las 6 de la mañana, está prohibida la circulación de personas. La fuerza militar está desplegada en sitios clave como el palacio de gobierno y los edificios públicos y las marchas ciudadanas de uno y otro bando -nítida expresión de la crisis- son custodiadas en la capital por la llamada policía preventiva. Pero ello no ha sido impedimento para la represión a las marchas organizadas por la oposición en otros sitios, como ha ocurrido en San Pedro Sula.

Esa normalidad es sólo la apariencia. La embajada de Estados Unidos en Honduras mantiene como refugiados a la esposa e hijo menor de Zelaya, como también a Eduardo Maldonado, ex director de Radio Globo, un crítico de Micheletti. Esta estación sólo puede funcionar algunas horas del día, por orden del gobierno.

La asonada que sorprendió al mundo hace una semana y que rememora los peores episodios de golpes de Estado del último tercio del siglo XX, en realidad comenzó a gestarse desde 2005, cuando Zelaya fue elegido Presidente con la anuencia de Estados Unidos, que incluso lo proclamó antes de tiempo, según explicó a LND la presidenta del Comité de Familiares de Derechos Humanos de Honduras, Bertha Oliva. "Antes de tener el conteo más acabado de los votos, se presentó a las 12:15 minutos el embajador norteamericano Charles Ford a declarar victorioso a Manuel Zelaya. Entendemos que para la embajada, creían que él iba a ser más dócil que Porfirio Lobos", dice. Zelaya postuló por el Partido Liberal, cuyos líderes estuvieron involucrados, durante la década del 80, en violaciones de los derechos humanos y la desaparición de los opositores. Hasta noviembre pasado, el partido estaba dividido en siete facciones. Lobos, en tanto, era el candidato del Partido Nacional, de tendencia conservadora.

La dirigenta de los derechos humanos explicó que desde el momento de su proclamación, Zelaya comenzó a ser cuestionado en su gobierno, sobre todo porque él no viene de las grandes familias de Honduras, a los que ella llama "poderes fácticos", que han gobernado detrás de bambalinas en el país. "La clase política, dominante en este país, clasista, no lo aceptó en el gobierno. No le perdona que no sea de su clan, porque viene del área rural. Aunque su familia es adinerada, él es de origen provinciano. No pertenece a la oligarquía dura y ellos se dieron cuenta de que Zelaya no les estaba obedeciendo", explica.

A los pocos meses de iniciado su mandato, algunos colaboradores de Zeyala fueron acusados de corrupción, hechos profusamente difundidos por la prensa local, que es controlada por los grandes grupos económicos en Honduras. Estos actos corruptos han sido parte de las justificaciones para sacarlo del poder. Además, el depuesto Mandatario comenzó a implementar una serie de medidas que encontraron fuerte resistencia en la población, sobre todo en la clase dirigente: trató, sin resultado, de establecer una restricción vehicular; aumentar el salario mínimo, medida con la cual los empresarios presentaron ante la justicia 38 recursos de amparo, aduciendo que el plan significaba el desplome de la industria.

Pese a estos problemas internos, Zelaya era visto como un buen amigo de Estados Unidos y no representaba un obstáculo a la cooperación en materia de inversión, combate al narcotráfico y otras operaciones humanitarias, a diferencia de lo que estaba ocurriendo en Ecuador o Bolivia. De hecho, Zelaya no es visto por EEUU como un ideólogo izquierdista, sino como "un populista extremadamente nacionalista, que entendía que EEUU era un socio", como refiere una alta fuente de gobierno en Washington. Sin embargo, hace dos años Zelaya comenzó a abrirse hacia Venezuela, primero con un plan de cooperación económica para la obtención de petróleo a bajo precio. El acercamiento del Mandatario hondureño fue haciéndose más notorio, al punto que Chávez lo llama "comandante vaquero". Para la clase dirigente, la paciencia se fue agotando cuando Zelaya se unió en agosto pasado a la Alianza Bolivariana para la Solidaridad de los Pueblos de América (ALBA), que reúne a Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Cuba y otras naciones caribeñas.

Las cosas empezaron a tensionarse aun más a principios de este año, con el proceso de nominación de magistrados para la Corte Suprema. Pese a que se había creado una comisión para nominar los cargos, Zelaya intentó colocar a sus propios magistrados, fuera de dicha comisión. El proyecto originó un escándalo político, e incluso el diputado del Partido Liberal Wenceslao Lara llegó a denunciar que el gobierno de Zelaya estaba "promoviendo un autogolpe" en caso de que no fueran elegidos los magistrados propuestos por el Ejecutivo.

En defensa de la democracia

El proyecto que precipitó la salida de Zelaya fue el llamado "cuarta urna". En el contexto de las elecciones presidenciales de este año, Zelaya pretendió establecer una "cuarta urna" con el fin de consultar a los ciudadanos la modificación de la Constitución. Uno de los puntos más cuestionados de la modificación de la Carta Fundamental era la posibilidad de reelección presidencial, lo que fue visto por el Congreso y el Poder Judicial como una extensión de las redes de Chávez en Honduras. A fines de mayo, la Fiscalía General inició una acción judicial con lo cual logró que la justicia considerara dicha cuarta urna como un acto ilegal. Zelaya, sin embargo, persistió en su proyecto y dictó un nuevo decreto ordenando una consulta sobre la creación de una asamblea constituyente con miras a la modificación de la Constitución. Dicho proyecto fue anunciado el 26 de mayo pasado, pero sólo fue publicado el 25 de junio con miras a efectuar la "encuesta" o consulta el 28 de junio. La publicación de ese decreto fue la sentencia de muerte del gobierno de Zelaya.

El depuesto Mandatario se agenció varios opositores, pero no todos respaldan el golpe en su contra. Así lo explica a LND Rafael Alegría, dirigente de la agrupación Vida Campesina. "Hemos sido críticos y no somos gobiernistas de Zelaya. Sí somos institucionalistas, queremos democracia. Hemos venido luchando por 54 años por mayor democracia participativa, por mejores leyes y ahora, que hay un golpe de Estado, dejamos las diferencias con el Presidente y vamos a defender la institucionalidad y a él lo reconocemos como el único Presidente de Honduras. No se trata de Zelaya, sino del retorno a la democracia", sentencia.

Juan Barahona, coordinador nacional del Bloque Popular, cree que el conflicto irá escalando. "Se han cumplido siete días de resistencia en contra del golpe. Hemos ido en crecimiento, a partir del domingo a las 7 de la mañana, nos concentramos frente a la casa de gobierno. El lunes fuimos reprimidos, desalojados brutalmente. El pueblo ha estado desafiando la represión, se implantó el estado de sitio, el toque de queda, pero el pueblo ha salido a las calles masivamente. El pueblo está desconociendo al gobierno golpista y mantendrá la resistencia hasta que caiga el gobierno golpista y represor", sostiene.

"Si el Presidente Zelaya llega a Honduras, a cualquier punto de la tierra hondureña, tendrá que ser recibido por el pueblo hondureño y tendremos que evitar a cualquier costo que sea capturado y los golpistas han usurpado el poder a través de las armas", agrega.

Un error

La expulsión del Primer Mandatario el domingo pasado, que fue puesto arriba de un avión con rumbo a Costa Rica en pijama, no tiene hasta ahora un origen claro. De hecho, altas fuentes de Estados Unidos admitieron que "la participación de los militares en este asunto nos pilló completamente desprevenidos". La misma fuente indica que, si bien estaban al tanto de los serios conflictos entre el Poder Judicial, el Congreso y el Ministerio Público con el gobierno de Zelaya, jamás se imaginaron que iban a llamar a los militares para sacar al Mandatario del poder. Más aun: la participación del Ejército fue una tremenda decepción a nivel diplomático, porque se creía que había pasado de ser una fuerza causante de las peores violaciones de los derechos humanos durante la década del 80 a ser un cuerpo profesional y respetuoso de la democracia. Pero por sobre todo, había aprendido a mantener alejado de la política contingente.

Tras la expulsión de Zelaya, Roberto Micheletti, que ejercía como presidente del Congreso, asumió como gobernante de Honduras y, con ello, una fuerte ofensiva para dejar establecido que el Ejército obedeció órdenes de la Corte Suprema de Justicia y de la Fiscalía General para el arresto de Zelaya, acusado de "traición a la patria" y por actos de corrupción. De hecho, a raíz de los cuestionamientos sobre la participación del Ejército, El Heraldo, el diario de la coalición de facto, publicó los documentos y una extensa explicación sobre el rol del Ejército en esta crisis. En todo caso, Micheletti ha desconocido cualquier responsabilidad en la abrupta salida de Zelaya.

La expulsión de Zelaya ha sido vista como un error, incluso por parte de los partidarios del actual gobierno. Así lo dijeron el pasado jueves el presidente de la Asociación Nacional de Industriales, Adolfo Facuse, y el presidente del Colegio de Abogados, Óscar García. Facuse recordó que la Constitución -la misma que el gobierno de facto dice defender- prohíbe extraditar a ciudadanos hondureños. "Incluso tuvimos el caso de la extradición de un narcotraficante y aquí hubo críticas. Alguien va a tener que pagar por esa decisión, porque Zelaya tendría que haber ido a juicio y haber sido recluido", recordó. El presidente del Colegio de Abogados, en tanto, aclaró que "efectivamente (para sacar a Zelaya) tenía que ser una decisión de autoridad competente. Si no la hay, entonces, deberán haber responsables por haber hecho algo que, a todas luces, es ilegal".

El embajador de Honduras en Estados Unidos, Roberto Flores Bermúdez, explicó la razón su expulsión, como un aporte a la tranquilidad del país, pues "se preveía que podía ser un elemento de inestabilidad nacional mantenerlo dentro del territorio". El diplomático fue enfático al señalar a LND que "el gobierno actual de Honduras no es un gobierno de facto, sino un gobierno de derecho. El orden constitucional no se rompió en ningún momento y sí vamos a procurar tener las conversaciones más amplias para dar a conocer qué fue lo que sucedió".

Pero pese a la campaña comunicacional emprendida por los golpistas para hacer entender al mundo que no hubo rompimiento institucional, por ahora, el embajador de EEUU en Honduras, Hugo Llorens, se mantiene en su puesto, pero sin contacto alguno con los representantes de Micheletti. El objetivo de ese silencio, según explica un analista conocedor de los pasillos de Washington, "es un poderoso mensaje de que se desea el restablecimiento del orden constitucional en Honduras". La embajada se ha mantenido en estricto silencio y sólo fue roto el viernes con la visita de Insulza a Tegucigalpa, donde el mismo Llorens acompañó a Insulza en algunas gestiones.

Al cierre de esta edición, la tensión en Honduras sigue latente. Insulza se fue con las manos vacías, mientras que las autoridades han dicho en todos los tonos que si Zelaya pone un pie en Honduras, será arrestado por actos de corrupción. Hoy domingo, precisamente, podría intentar volver al país y abrir un capítulo, quizás más doloroso, del primer golpe de Estado en América Latina en el siglo XXI. //LND

 

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