
Jueves 9 de julio de 2009
Parecía que los golpes de Estado en América Latina eran cosa del pasado. Sin embargo, la nota la puso Honduras, el tercer país más pobre del hemisferio. Un golpe sacudió ese territorio y los militares quitaron un Presidente y eligieron a otro como quien cambia una rueda. A Manuel Zelaya lo subieron a un avión a Costa Rica y el Congreso nombró como Mandatario interino a su presidente, Roberto Micheletti, hasta que se cumpla el período de gobierno para el que fue elegido el depuesto gobernante.
Según los golpistas, Zelaya insistía en una consulta para reformar la Constitución, lo que le abriría el camino a la reelección, pese a que el Congreso y el Tribunal Supremo la habían declarado ilegal. Sea cual fuere la explicación, hubo un quiebre en el sistema y se expulsó a un Presidente elegido por voluntad popular. Poco tardó el mundo en rechazar lo ocurrido. El gobierno chileno lo hizo a través de la Presidenta Michelle Bachelet, que solicitó el regreso del Presidente destituido y el restablecimiento del orden democrático. También la OEA, a través del secretario general, José Miguel Insulza, y también la ONU, por una resolución en que insta a los países miembros a no reconocer a otro gobierno que no sea el constitucional. Un discurso similar tuvo el Presidente Obama.
No es posible aceptar que más de alguien les tome el gustito a las culturas golpistas, no es posible dictar un precedente para que después otros quieran hacer lo mismo. No se puede permitir que vuelvan los nostálgicos a revivir prácticas del pasado que costaron la vida de miles, que significaron el exilio de muchos y la violación sistemática de los derechos humanos.
Hoy, los hombres libres dicen nunca más a la represión y a cualquier intento de reemplazar por la fuerza la voluntad soberana. Llaman la atención los dichos del cardenal hondureño y presidente de la Conferencia Episcopal, que junto con apoyar el golpe invitó a Zelaya a no volver y evitar derramamiento de sangre. En mi humilde opinión, sus dichos no se condicen con el rol que debería tener la Iglesia, que debería ser un referente de cordura en estos difíciles momentos.
Claro está que Honduras, con más de siete y medio millones de habitantes, es un país pobre, con una larga historia de gobiernos fallidos y una delincuencia de temer, con sectas que amenazan a diario sus calles y barrios. Si en algún pasillo de la ONU algún colega extranjero le dijera a Zelaya: "Hombre, Mel, aprovecha y cuéntame cómo está tu país después de casi cuatro años gobernándolo" , la única respuesta sincera tendría que ser algo sobre un enfermo crónico, con el suero de la cooperación extranjera. Si no fuese por eso
Y esa ayuda, a causa a la amenaza de romper toda la colaboración con un gobierno golpista, puede quedarse vacía. Es la realidad de un país centroamericano que no ha podido ver la esperanza, al que aún le queda mucho para dignificar la vida humana y que ha tenido la amenaza permanente de unas Fuerzas Armadas corruptas. Quizás es la hora de preocuparnos más de Centroamérica, de defender sus democracias y dar un real estímulo a sus economías, débiles y de poco dinamismo. En este contexto, celebro las elecciones democráticas en El Salvador y Panamá, procesos limpios y transparentes, donde la izquierda y la centroderecha fueron los grandes triunfadores.
No sé qué pasará en las próximas semanas en Honduras. Me quedo con las palabras del Presidente Zelaya, que recuerda lo sucedido en Chile con el golpe de 1973: "Más temprano que tarde, y tal como lo dijera el Presidente Salvador Allende, se volverán a abrir las grandes alamedas donde camine el hondureño libre y demócrata". Ojalá ocurra pronto: el mundo así lo exige.