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  Hotel Da Vinci, la Italia de Valparaíso

  Hotel Da Vinci, la Italia de Valparaíso

Domingo 2 de agosto de 2009

Me siento junto a la chimenea del hall y me dejo fascinar un rato con las voces de los dueños de este hotel. Sostienen una enigmática conversación en italiano. Enrico es autóctono del país en forma de bota, mientras que Andrés, diseñador de profesión y santiaguino de nacimiento, vivió en Italia 5 años. Fue ahí donde aprendió el negocio de los hospedajes, frente a aquellos hermosos paisajes de las películas del director Ciro Hipólito o de Mastroianni.

Andrés Silva parece que olvida que está en Chile y se pega hablando su segundo idioma. Cosa razonable si pensamos que su hotel, por la decoración, impronta y entorno, se ve como una casa de Nápoles, circundada por un mar dulce y salvaje.

Y es que desde lugares así trajo un concepto de hotelería, forjado con el trato cariñoso que sólo el italiano le da a la familia. Se trata de un lugar íntimo, coronado en su cocina con el particular sabor del café de grano, las naranjas frescas y prontamente con comida italiana.

Tres pisos enclavados en calle Urriola 326, subiendo hacia el entramado misterioso de un Valparaíso que se expande hacia el cielo. El hermoso comedor de su tercer piso, bañado por la luminosidad de la mañana, abraza desde sus ventanales la visión de un auténtico puerto. Un puerto lejano al cliché trillado de la bohemia decadente. Alejadísimo a más no poder de esa imagen flaite de la que nos trae tanta noticia la crónica roja que sobrecarga los diarios de la quinta costa.

Si usted quiere hacer un viaje inolvidable por la faramalla más top cultural porteña, el Hotel Da Vinci es una verdadera base de operaciones. Está estratégicamente colocado en dirección hacia los cerros Alegre y Concepción. Una dato ad hoc: cuenta con estacionamiento.

En estos rincones, las enrevesadas curiosidades del puerto se abren ante la pupila del buscador ávido de un panorama único, lejano al típico bar chicha de Valparaíso. El Paseo Yugoslavo o el Atkinson están a dos pasos y vale la pena echarse a andar entre las abundantes casas de calamina y sus desatados colores. Todo esto entre interesantes cafés y bares que encantan a los turistas atrevidos. Allí están Le Filou de Monpellier, el Café con Letras, el Café de Iris, el Urriola Resto Bar, el Café Alegre, etc.

Para llegar aquí hay que ser un verdadero alpinista de la noche. Pero los tours ofrecidos contemplan recorridos a la zona patrimonial, sus restaurantes, ascensores y túneles como el del pasaje Bavestrello. Este último es una subida obligada que nos lleva por una impactante estructura que data de 1927 y que desemboca a la calle Alvaro Besa y su característica casa barco. Desde allí es posible seguir subiendo o detenerse. Es posible bajar o subir. Es posible volar pero nunca aterrizar otra vez a la realidad.

 

La Nación

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