
Martes 4 de agosto de 2009
El caso del niño al que se ha apodado "El Cisarro" ha motivado amplios comentarios y análisis de todos los sectores, todas las disciplinas y todos los ángulos. Cada uno, matizado según sus propias experiencias y prejuicios, ha tratado de demostrar dos cosas: una, que el pequeño que recae en el delito "no tiene vuelta"; y dos, que siempre "alguien" tiene la culpa. Ambas explicaciones caen en el facilismo y en el error de sostener el sistema de estigmatizaciones que mantiene a aquellos con conductas marginales fuera del cuerpo social.
El primer mito, que se refiere a la imposibilidad de recuperar a menores que están en la condición de "El Cisarro" o su amigo "Loquín", se cae por su propio peso. Hay numerosos ejemplos que muestran a niños reinsertados en la sociedad en situaciones incluso peores, mediante terapias, educación, actividades deportivas o artísticas. Niños que habiendo cambiado su entorno y advirtiendo oportunidades, las aprovechan y salen adelante con nuevas esperanzas que forjan su resiliencia.
El segundo mito, acerca de que "alguien" tiene la culpa, no se sostiene por lo indefinido del pronombre. En realidad, porque no es un "alguien" abstracto: somos todos, la sociedad en su conjunto, lo que se debe reconocer pese a los innumerables esfuerzos de las autoridades y funcionarios dedicados al tema. Tiene una cuota el sistema de justicia juvenil y familiar, pues no ha podido asentar una forma de articular las ayudas sociales, las redes que soportarán a los menores en riesgo cuando caen, y la labor de los centros de acogida y rehabilitación. Tienen su parte las familias, que muchas veces ponen a los niños en la senda del delito tanto por necesidad y marginalidad como por indiferencia. Tienen un porcentaje los medios de comunicación, que festinan con los estereotipos, lo que se traduce en un lenguaje de alias (el Cisarro, el Loquín, el Miguelito, el Martillo, los hermanos Coca Cola, las Arañitas, etc.) y en pautas centradas en los delitos que cometen, logrando que los menores se sientan incluso orgullosos porque aparecen en la tele o en el diario.
También son responsables los jueces cuando no revisan con detención el caso de cada niño y "marcan" su futuro al encerrarlos tempranamente. Otra parte del problema puede estar relacionada con el estado de la infraestructura que recibe a los menores. Una tajada no menos importante está relacionada con nuestra formación cultural discriminadora, que cierra las puertas a los niños justo cuando están definiendo el camino que seguirán para convertirse en adultos. La lista puede continuar.
Nuestra sociedad crea "Cisarros" y "Loquines" conjugando todo lo anterior. Se convierte, por tanto, en un desafío nacional tomar el tema con altura, apoyando las políticas públicas que pueden tener un efecto positivo en el desarrollo de los niños en riesgo social, y corrigiendo o modificando conductas institucionales que sólo contribuyen a marginar a los menores.