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Jueves 6 de agosto de 2009
"Conocí a Bolaño porque estaba de moda. Me enteré de él porque los medios me lo trajeron. Francamente no estoy ni ahí con los esnobs que dicen 'ahora se preocupan de Bolaño'. Pero hay un montón de escritores que me los han mostrado los medios y no tienen sustancia. Bolaño sí la tenía y se me ocurre que ahí hay un gigante".
El dramaturgo Luis Barrales se suma al boom del fallecido escritor chileno con "Rota", versión libre de "Una novelita lumpen" (Mondadori, 2002), último libro en vida de Bolaño, quien ya ha sido homenajeado con versiones teatrales de "2666" (Teatro Lliure de Barcelona, 2007) y "Putas asesinas" (del chileno Rodrigo Cabello, 2008).
La obra, dirigida por Mario Horton, se estrena el 13 de agosto en Lastarria 90 con un elenco compuesto por Julio Jung, Nathalia Aragonese, Rodrigo Soto, Daniel Antivilo y Manuel Sáez. Allí se presentará la historia de dos hermanos huérfanos que se introducen en los bajos fondos y terminan armando un plan de explotación sexual para sobrevivir. El dramaturgo reconoce lo dificultoso de llevarla al teatro en términos prácticos. "Por ejemplo cómo traducir la inmensa riqueza del mundo interno de la protagonista, sin escribir grandes parrafadas. Mejor lees la novela. Vivimos momentos de profunda desolación".
CHILE PASADO
Aunque en la novela y en la obra la relación de la adolescente Bianca (Aragonese) con un viejo (Jung) es central, el dramaturgo se apura en aclarar que el tema no es la pedofilia. "No hay violencia, es pura seducción. Tiene que ver con el encuentro de soledades donde menos se espera", dice, "no sólo en 'La novelita lumpen' Bolaño tiene la maestría de prescindir de juicios de valor. Es uno el que se enfrenta a sus propios fantasmas".
Para el dramaturgo, un obsesivo de la chilenidad profunda que ha traducido la voz de las capas bajas de la sociedad en obras imprescindibles del último tiempo como "H.P. Hans Pozo" y "Niñas araña", fue novedoso trabajar con una poética que se aleja de la chilenidad, desde el léxico hasta los contenidos.
"La novela ocurre en Roma y propone una universalidad bastante abstracta. Sin embargo, en el tercer y último acto, se empieza a reconocer nuestro país y aprovechamos la voz de Julio para hablar de un Chile medio olvidado, el Chile precapitalista, con una especie de proyecto país, donde no existía la posibilidad de ser feliz si el otro no lo era", explica, "Bolaño a veces no se sentía chileno, pero inevitablemente muestra la hilacha. Son los momentos más bellos de la obra".