
Domingo 23 de agosto de 2009
Era joven, demasiado joven, nos separaban un par de generaciones. Sin embargo, algo me atrajo en él, tal vez cómo me miraba, o bromeaba. Tal vez cómo jugueteaba, cómo reía o cómo se me acercaba.
La soledad a veces te hace sentir lo imposible: un adulto joven y una mujer madura, es una experiencia estimulante.
Esa noche me acosté temprano, rendida. Una extraña y placentera inquietud recorría mi cuerpo y sentí mis manos deslizarse hacia la humedad de mi sexo.
No supe del tiempo transcurrido, cuando sentí aproximarse su potente virilidad. Percibiendo su aliento, supe que era él. Mientras mi mente lo rechazaba, todo mi ser lo deseaba. Sus manos expertas reemplazaron las mías.
Primero fueron mis senos, luego mi vientre, mi sexo, mis piernas. Quise protestar, decirle que no siguiera, pero no pude. Me besaba la espalda, las caderas, las nalgas. Sudaba. Siguió su recorrido hasta llegar a mi boca. Mis labios lo recibieron ansioso. Fue un beso ardiente y prolongado hasta dejarnos sin aliento.
Desperté sobresaltada, bañada en sudor, con la respiración entrecortada, sintiéndolo. No estaba segura de haber soñado.
Mientras almorzábamos, no me atreví a mirarlo de frente. Temí que mi rostro reflejara la noche de pasión que habíamos vivido sin que él se hubiera enterado.
Debíamos asistir al baile de graduación de su hermana menor. Me resistí una y otra vez. Inventé una serie de excusas, pero al final fui. A medida que terminaba la ceremonia, empecé a sentir una angustia que casi me hace huir.
Algo me detuvo. Su mirada me penetraba diciéndome quédate. Permanecí clavada en mi asiento, sin respirar. Mientras nos ubicábamos en las mesas, mi nerviosismo iba en aumento, estoy a punto de desmayarme como una quinceañera... bailemos?, preciosa; estás loco, no sé bailar estos ritmos; es cosa de moverse... me arrastró suavemente y sin proponérmelo estaba presa de un ritmo que me contagiaba.
Cuando tomé conciencia de la real situación, intenté desasirme, pero sus manos me atrajeron más hacia él: no te escaparás, ahora estás en mi poder, escuché que me susurraba al oído. Sus labios tocaban los míos.
La seguridad de sus brazos hizo desaparecer mis aprensiones y me sentí feliz y sensual. Sus labios besaron los míos y sus manos se posaron en mis caderas.
Vámonos de aquí, fueron las palabras.
Esta vez no fue sueño, esta vez fue real, una noche de pasión desbordante. Hicimos el amor una y otra vez, con ternura primero, con desesperación después, como si no tuviéramos tiempo.
La fantasía de que un hombre joven me amara se había cumplido en una noche que debió acabarse antes de empezar.
Esto no puede volver a ocurrir, debo partir de inmediato antes que alguien me recrimine por lo sucedido, pero cómo arrancar.
Los dueños de casa no aceptaron mis justificaciones para partir enseguida... debes esperar un par de actividades que te encantarán; ¿de qué tipo?; ya verás. Me enteré con espanto que él la organizaba y sentí nuevamente el pánico.
Volvió a buscarme sorpresivamente, abrazándome, besando mis labios, recorriendo mi cuerpo. Intenté detenerlo, pero no pude. Despertaba en mí un deseo incontrolable, una entrega total que me hacía gemir. Nuestros encuentros eran cada vez más apasionados, pero también más arriesgados.
Me di cuenta de que la situación no podía seguir, que estaba traicionando a mis anfitriones y a mí misma. El deseo de estar entre sus brazos, amándonos, iba en aumento.
Era como una droga. Sin proponérmelo, comencé a buscarlo, incitándolo a reunirnos con más frecuencia. Ya no eran sólo las noches, sino también las tardes y las mañanas. Necesitaba la cercanía de su cuerpo.
Esa noche no llegó a buscarme. Tuve malos sueños. Lo veía alejarse, sin mirar atrás; lo llamaba, pero no me escuchaba. Desperté gritando, un mal presentimiento me invadió.
Corrí a buscarlo. Su cama sin tocar me indicó que no había llegado durante la noche. A la mañana siguiente lo encontré desayunando con un grupo de amigos. Celebraban el cumpleaños de una de las chicas. Sus risas juveniles resonaban en toda la estancia. Esa tarde sí abandoné la casa.